Los ídolos de barro

Berlusconi, Gadafi y EllaViven en castillos aéreos. Viven en fortalezas. Ahora son la chusma, la basura, pero creen seguir viviendo en un calor de focos y flashes. Sólo los flashes de las cámaras muestran su verdad. Nunca más volverán a importarle al mundo que antaño les consideraba dioses, estrellas, astros, habitantes de grandes fortalezas de papel verde, reyes de reyes, barones, condes, duques, marqueses, presidentes, directores… toda la comitiva que rodea al Poderoso Caballero y a la Negra Dama, la Fama.

Hoy he visto El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder. Su título original es Sunset Boulevard. Por una vez, me quedo con la traducción española. Puede ser un título grandilocuente, que busque repercusión, que intente meterse en el espectador antes de que éste se convierta en espectador. Sin embargo, no habría hecho falta intentar aportarle grandeza a una película en la que brilla con luz especial Gloria Swanson, que encarna a la actriz en crisis Norma Desmond.

He visto a Norma Desmond jugar al bridge con Buster Keaton. He visto abrirse las puertas de la Paramount para que esa estrella en el ocaso de los dioses juguetee con las últimas briznas de hierba de su desierto. Cada vez queda menos agua, menos nubes: ahora sólo cielo y polvo. El terrorífico temblor que origina en las masas se ha vuelto pena y condescendencia. El sí de los productores se ha convertido en el sí de los locos. El dinero tiene una poderosa cualidad: es el imán de los oportunistas. Y el alma desbaratada balbucea con una sonrisa maníaca, palpando con manos ciegas los cuerpos que nos adoran no por nuestros contrastes, sino por nuestro brillo.

No, aún no he visto cosas que no creeríais. Pero he visto la decadencia de la humanidad dejando paso a litros de óxido. He visto cárceles de cristal, escaparates en los que los más bajos espíritus se extasían bajo campanas de lámparas gigantes. Acabo de enterarme de que Megan Fox ha sido vapuleada por todo el reparto de Transformers. Acabo de enterarme de que Flavio Briatore ha abandonado Renault. Seguiré diciéndolo. El tiempo acabará con el poder del dinero. No saben convertir su desierto en un jardín zen. No saben ver lo bueno de las piedras, de lo humilde. Buda dijo: “Los hombres, que pierden la salud para juntar dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud, y que por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma que acaban por no vivir ni el presente ni el futuro, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido”. Nunca merecerán palabras de elogio en el futuro de los hijos.

Los poderosos, como Gloria Swanson, matarán al que los rechace. Pero estallará la burbuja, y volverán a balbucear, a palpar con manos ciegas, preguntando dónde estaban sus castillos y sus arcas y sus predios (con otros nombres ahora, pero siempre ha sido así). Preguntando por qué les pasa todo eso. La respuesta es eterna. La respuesta está en el viento, como diría Bob Dylan.
-Pasa porque es justo.

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2 comentarios en “Los ídolos de barro

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