Sigue soñando

Me encantan las chucherías, los globos, las palomitas, especialmente las gomitas. Mi padre ha dicho que traería una bolsa. Le vi coger dos euros del recibidor. Una fortuna si hablamos de chucherías. Esperé mucho tiempo. Aunque dicen que la felicidad radica en el deseo de lo que aún no tenemos, me empecé a sentir mal.

Eso pasó justo cuando la tormenta. Fuera luz, y mamá enciende unas cuantas velas. Las va dejando por ahí, puestas sobre hojas de periódico. Desde el patio interior, llamas caprichosas de trompetas. Anochece.

Me aburro y me quedo mirando por la ventana. Reloj y segundero. Gotas de lluvia. La calle, fría y abandonada desde mi fortaleza de cielo. Mi madre, supongo que para distraerme, empieza con eso de qué bien está uno metido en casa cuando llueve, pero sé que ella también piensa en la llegada de papá.

Los dos son muy pasionales. Les gusta follar, aunque no sé si sus trece polvos semanales son más o menos la media nacional. La cera de las velas se va aburriendo también: un momento de deseo y se enfrían como… Como cera. La toco. No quema, aunque aún conserva algo de calor.

Me imaginé a mi padre intentando volver a casa, metido en el coche y rodeado de agua. El torrente de barro se precipita en dirección contraria. Mi padre lucha, aprieta el acelerador, ve que no puede avanzar, mete el freno de mano. Finalmente la corriente se lo lleva hasta el Mar de los Escombros.

El cristal de la ventana empieza a temblar. A más de uno se le rompe el paraguas. Cenamos. Venga que mañana madrugas. Yo le espeto algo, no recuerdo qué, y ella a callar, y yo callo. Le pido que deje la ventana abierta: quiero escuchar la lluvia caer. Cuando llegue se fumarán un porro, yo me iré tranquilo a mi cuarto con una bolsa llena de gomitas, y el gañido de los muelles de la cama en celo me templará los ojos como una caricia en los oídos. Soñaré con días de lluvia en los que mi padre regresa a casa, porque va andando y no tiene que depender del coche. Me vuelvo a la estufa. Miro por la ventana. Veo llegar el coche. Es él. Coche negro. Entre la lluvia veo su silueta. Trae muchas gomitas. Mira arriba, alza la mano de la bolsa, la agita bajo el paragüas. Ya he comido, así que tendré que esperar hasta mañana, de noche y de día, hasta que me llegue la hora del festín.

Llaman a la puerta. El hombre sigue allí, alzando su brazo. Cómo te has puesto, quítate los zapatos. ¿Y eso?

-Gomitas.

Se ríen. Son felices porque yo lo soy. Oigo cómo se esconde la bolsa en un bolsillo de la cazadora. Me acuestan, se acuestan. Yo sonrío, ellos ríen. Luego, silencio. La bolsa que se abre. El chirrido que me acuna.

Cómo me voy a poner mañana.

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