La muerte de la dualidad

Der Steppenwolf (Hermann Hesse)Friedrich Nietzsche, de joven (1864)La mala suerte no existe. Existe la suerte peor de la que esperábamos. Después de leer El lobo estepario, de Hermann Hesse, me he quedado tibio; que no se entienda esto como la ausencia de frío o de calor. Todo lo contrario, era algo de extremos; será que no me atrevo a experimentar tanto con las palabras como otras veces, pero lo cierto es que muchos pasajes eran del material de los espejos, no eran papel, eran Harry Haller y eran yo mismo. Tan desarraigado del mundo exterior -o arraigado en su mundo interior, porque con esto del relativismo en suerte y temperatura, no me atrevo a tirarme a la piscina-, con la clara certeza de su dualidad interior, de dos yoes antagónicos luchando el uno contra el otro… para luego ver que somos uno y somos miles. No sólo yo, Harry Haller que desde hace algún tiempo vuelve a sonreír, sino todos, sea Armanda, sea Pablo, sean Demian o Emil Sinclair. El mundo que Hesse creó acudió en mi ayuda, fue la carne cruda que necesitaba este pétreo lobo estepario. Es cierto que Hesse se apoya en Freud, en Nietzsche, y por lo que he leído en su libro, tal vez también en Goethe. Tirando para casa. Pero también hay que reconocer que él mismo aplicó su método. Estoy seguro de que ni Hesse ni cualquier otra persona que use espejos para verse el alma sabría desde la primera consciencia resolver sus contradicciones, sus dilemas existenciales, sus problemas vitales. Los he tenido, a montones. No soy un vencedor. Pero después de todo no me acabo de caer de ningún sitio. Llevo varios desprendimientos de suelo y algún que otro abismo -todos ellos creados por mí mismo-. El tiempo me ayudó a valorar lo que está oculto en la literatura… o en el arte. Las dos Marías de Metrópolis, la madre de Demian, las pacientes de Freud. Todo está relacionado en esta mixtura alemana, creando un cuadro de sombras ocres… y volvemos a lo lírico.

Max Beckmann (La nuit; 1918-1919)Este cuadro de Max Beckmann es la angustia, es el no saber adónde ir, la lucha entre tantos y tantos semejantes que comparten la misma habitación. Una gallina con la cabeza cortada, un pollo asado que sangra bajo la robótica sonrisa del suegro de Jack Nance en Eraserhead. Bufff, será que yo lo interpreto a mi manera, pero ese tío no acaba con sus problemas. Él intenta evadirlos, y la muchacha le canta en sueños: In heaven everything is fine, y deja escapar la “ai” como un suspiro, para acabar posándose en una ene que atora la garganta. El lobo estepario y el hombre racional son dos gigantes, son Gargantúa y Pantagruel, turnándose los papeles. Rabelais, suena a ramalazo, a calambre, a cabreo. A veces me gustaría ser como Rimbaud y que todo me importara una puta mierda. Pero hay que seguir. Ya me cansaré cuando me muera, como dijo aquél -y nadie se pregunta quién lo dijo; total, todos saben que lo he dicho yo, pero es ya una frase tan manida…-. Muchas frases manidas he usado en mi vida, y ha tenido que llegar la poesía para darme cuenta de que no era sólo yo, que no, enano, que sí va a resultar que te acabas de caer del guindo, que muchos otros han intentado expresarlo. Se hablaba en Una historia del Bronx del wasted talent. ¿Cuánto talento se está perdiendo en mi generación? ¿Acaso somos una generación? ¿Acaso compartimos…? Déjame que te lo muestre. Mostrar; no contar, dice el precepto literario. La RAE, tan emperifollada y, empero, aturdida por la torrencial realidad, dice: “Conjunto de personas que por haber nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, reaccionan ante algún estímulo común de manera comparable”. Como la Generación del 98 o del 27. Cuánto me gustaría pertenecer a algo así. Pero -y empiezo a ver demasiados peros en esta entrada, con el poco hambre que tengo- somos tan imbéciles a la hora de pensar con perspectiva…

María, de MetrópolisLa perspectiva es un mal endémico. El cisne negro, de Nassim Nicholas Taleb. Leedlo. Aunque añado: ninguna época fue mejor que la nuestra. El problema es que sólo recordamos a los mejores de cada época, y por eso cada época se filtra, y lo hacemos sin querer, pero somos así. Época época época época. Dicho muchas veces pierde el significado. Digámoslo, pues. Repitamos esa fórmula mágica. Época época época epocaepocapoecaecapoa. Que pierda las tildes, el orden, el canal. ¡Que desborde! ¡Viva Nietzsche entre sonidos! Como el microrrelato que afirmaba que en el principio todo era mejor. No lo recuerdo, pero decía algo así como que, para hablar de tu hogar, decías “casa”. Cuando querías a alguien, simplemente decías “amor”. No lo recuerdo, pero decía algo así como eso. Repito la frase para que se entienda la idea. Hablar sin palabras, sin la estructura que nos atenaza. ¿Entender hablar así? Pues entonces, para qué queremos más. Para qué queremos pensamientos artificiales, pensamientos que tanto sobran. Quedémonos con los fundamentales, con los pensamientos que nos ayudan a vivir, no esos de autoayuda que tanto egoísmo rezuman, tanto desprecio por el otro. Si no aprendemos a salir del bache, no saldremos. Si necesitamos la ayuda del otro, enterremos el orgullo. Pero no lo abandonemos. Cada cosa a su tiempo y en su justa medida. Un pellizco allí, un puñetazo allá, un abrazo o una reconciliación entre pieles que susurran sobre la cama. Ahí está el truco. All you need is love. Veo que te vas dando cuenta, Harry Haller. Las pieles suspiran.
-¿Qué suspiran?
-¿Acaso no lo ves? Suspiran… y eso es lo que cuenta.

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2 comentarios en “La muerte de la dualidad

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