Música, simplemente

Carlos GardelHoy he estado en Argentina.

He visitado bares, paseado por avenidas llenas de humo y colores del tiempo pasado. Viejos marrones sentados en las aceras. Un hálito de luz me ha cruzado la espalda, y mis dedos han despertado para tararear sobre una silla de madera. Al principio, los sentimientos. Lo más simple, lo más hermoso. Notas sobre notas, jugando a crear mundos. Realmente soy yo quien crea nuevos mundos. Si escucho música, me veo en un antro llorando amargamente por amores perdidos junto a otro que, como yo, vacía alcohol en su garganta. Un whisky, camarero; ardo en deseos de contártelo.

Más tarde algunos vaivenes, una bossanova oculta en un tango de tintes jazzísticos. Es la música de las hormigas, de la lluvia, de las cosas pequeñas que marcan el ritmo y sostienen la enormidad, los aspectos basales de la vida, los pilares que, enmohecidos, siguen burbujeando sin errar el paso.

Ha sido música, simplemente. Y en cambio no he escuchado los dedos rasgueando la guitarra, ni la boca soplando en la boquilla de la flauta travesera, ni las manos y los pies tocando la percusión. He estado en el mundo de la niebla, ululando por las avenidas que me reciben de madrugada. Y, durante ese paseo, sentado en la silla de madera, no me paro a pensar en los mundos en que acabo de estar. Soy yo el que los crea. Lejos de mí, lejos de allí, mis dedos han seguido tamborileando.

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