El enterrador

Francisco AyalaTodavía era de noche y Manuel se despertó. Parecía una momia desenterrada del tiempo y el olvido, envuelto en las sábanas blancas, recién cambiadas. Siempre parecía otra cama cuando se cambiaban las sábanas. Otras veces el que se sentía distinto era él mismo. En la translúcida lógica del sueño recién interrumpido deseó ser un bebé, volver a ser pequeño, una bola de carne pegada al pecho de su madre, bebiendo de sus pezones nevados.

Se llevó el pulgar a la boca. “Menos mal que nadie me ve”. Juraría haber soñado con eso: con él, de bebé, bebiendo la leche de los pechos de su madre. No lo recordaba exactamente, pero le parecía que cada vez mordía con más fruición y deseo, y su madre le intentaba apartar con dificultad, cogiéndolo con los brazos sin ninguna dulzura. “Quita, que me haces daño”. Al final, mordía tanto que se le quedaban los dientes pegados al pezón, y su madre se dormía. No podía ser un recuerdo real. Nadie se acuerda de lo que hizo cuando era un bebé. “Yo no me acuerdo”. Hablaba solo. Mentalmente, y eso no era un signo de locura.

Buscó a tientas las gafas, palpando con la mano, que daba saltitos de gorrión por la madera de la mesita de noche. Se las puso y, en calzoncillos como estaba, se levantó y se fue al cuarto de baño. Ese día tenía varios entierros.

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-Lo siento.

Otra mujer.

-Lo siento -le dio la mano. Cada vez que le iba a dar la mano a alguien se la limpiaba con la camisa. Era una de las muchas camisas sucias que se ponía para enterrar. Una de las muchas camisas, con tristes jirones colgando de las mangas. Otra mujer. “Vaya tío”-. Lo siento.

Eran todas muchachas jóvenes. El hombre muerto se fue con ochenta y tres años. Se lo imaginaba viviendo en una mansión, rodeado de mujeres. Se acordó de Hugh Hefner, y se lo imaginó enterrándolo, y se imaginó a las plañideras de silicona diciéndole que muchas gracias, que con lo bueno que era, que si más tarde tienes algo que hacer, que estoy muy sola… Era lo malo de ser enterrador: tenía que tener cuidado con lo que hablaba consigo mismo. Podía ser inmoral a la situación.

Más de una vez se le había escapado una risa incontenible, pero no por ello incomprensible, que le había convertido en planeta, pues las miradas de los que acudían al entierro le rodeaban como satélites de ceño fruncido.

-Lo siento.

El último era un hombre.

-Muchas gracias.

-De nada, señor. Que les sea leve -dijo Manuel. Era una frase hueca, una fórmula. Cuántas veces podía haber pronunciado la frase, y cuánto significado había perdido ya para él. La primera vez no fue así. “Que… les sea… leve”. Le caían dos lagrimones por la cara, pesados como mármol, muerto de pena por un desconocido. Tanto contacto con la muerte tiene sus ventajas. La vuelve neutral-. Que les sea leve.

Hundió la pala en la tierra y empezó a cubrir el ataúd. El sonido le recordaba al de la lluvia cayendo en el techo del coche cuando iba con sus padres a la casa del campo. Se miró las uñas. Estaban rayadas, roñosas. Un día se tendría que lavar las uñas. Como si se pudieran cambiar… ¿Se podían cambiar? Se imaginó la carne bajo la uña, virgen de luz, pura pero informe, inane a la imaginación. Le dio un escalofrío. Siguió tapando al muerto.

-Señor.

Tiró la pala con un respingo, convencido de que el ruido salía directamente del atáud que estaba enterrando. La pala, que se había quedado suspendida con la mitad del mango sobre la tumba, perdió el equilibrio y se cayó sobre la caja de pino.

-Señor… ¡ay!

Manuel, se quedó mudo. Eso no venía en los manuales. Era una frase hecha, claro. Los enterradores no tienen manual. Al menos él no se leyó ninguno. “Cómo enterrar”. Se imaginó leyéndolo. “Paso 1: coja una pala”. “Paso 2: busque una tumba vacía”. Se imaginó riéndose. “Paso 3: asegúrese de que el ataúd está ocupado”. Paso 4: “En caso de estar ocupado, asegúrese de que el muerto no está vivo”. Qué fallo. Se reía macabramente. Estaba asustado de sí mismo. Debería haberse leído el manual.

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Manuel le llevó una tila a Emilio.

-Bueno, cálmese, ande. Que a cualquiera le puede pasar eso.

El viejo sollozaba como un bebé. Era como si hubiera vuelto a nacer. Manuel se lo iba a decir, pero prefirió callarse. Emilio bebió un trémulo sorbo de la tila.

-Pero cómo pueden haberme hecho esto…

-Hombre, si le metieron ahí es porque se hizo usted muy bien el muerto -menuda cagada. Tenía que aprender a pensar las cosas antes de decirlas. O a no decirlas. O a no pensar tanto. Cava y calla. Se había tirado a la tumba, con cuidado de no golpear el ataúd, aunque después de que le golpeara una pala, no creía que el viejo se quejara demasiado si le daba sin querer con la pierna. Se había quedado mirando el ataúd, pero después de oír dos gritos más implorando a un señor desconocido, decidió abrir, con cuidado de no caerse él también en el ataúd. “Ande, cójase de la mano, así”. Era de esas cosas de las que te ríes después de que te hayan pasado-. Ya verá lo que se va a reír cuando se enteren. Verá la cara que ponen.

-Yo no quiero volver con esa gente.

-Que sí, hombre, ande, que yo sé lo que me digo. Un fallo lo tiene cualquiera. Lo suyo… Vale, pudieron haberse equivocado el médico, la familia entera… Pero bueno, no somos máquinas. Vivimos y morimos. Y también cometemos errores. Como usted, que se ha ido a morir cuando no le tocaba -esperaba que el viejo se riera. Pero se había quedado completamente serio-. Venga, hombre, deles una segunda oportunidad -le dio una palmadita en la espalda. Justo después de hacerlo, en una milésima de segundo, recordó una serie en la que un tío mataba y revivía a la gente tocándola. Pensó que tendría ese poder, así que temió haber matado a Emilio. Pero el viejo se quedó igual-. Uf.

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-Abre el paraguas, hazme el favor.

-Vaya día para llover.

-La voluntad de Dios es a veces incomprensible, pero todo tiene su razón. Gracias a esta lluvia, saldrán adelante muchas cosechas.

-Y yo qué -Manuel no era muy religioso. No se llevaba muy bien con los sacerdotes desde aquel incidente con el incensario, el cura y la policía. “¡Ese niño está poseído!”. En cuanto la policía posaba su mirada sobre él, Manuel ponía carita de ángel. El ángel exterminador. Como la película de Buñuel. Se rió-. Padre Pío, ¿no podríamos dejar esto para mañana?

-No, tienes una obligación, y debes cumplirla. Debes huir de la pereza.

-Si no es pereza, padre, si es que me voy a poner hasta arriba de fango.

-Pero esta buena gente necesita de tu ayuda para enterrar dignamente a sus familiares -hablaba lentamente, como todos los curas. Los de las películas. No conocía a muchos curas en la vida real, sólo al padre Pío y a un primo lejano de su madre que una vez santificó la cena en una comida familiar en Navidad. “Et in nomine patre… ¡Manuel, espérate!”. Un día organizaría una cena para el padre Pío. Era un poco cansino a veces, pero eso lo compensaba con su gran corazón, como jugosa bola de carne sanguinolenta. La verdad es que el símil no era exactamente el adecuado-. Tome el paraguas, me iré entonces a seguir enterrando.

-Así es, hijo. El Señor sabrá recompensarte.

Que fuera con otro paraguas. O con unas botas nuevas. Lo único bueno de la lluvia es que la tierra se humedecía, y era más fácil hundir la pala. El de ahora era un joven de unos veinte años de edad, pelirrojo. Pero ahora siempre hacía lo mismo. Esperaba a quedarse solo, cogía la pala, echaba un poco de tierra sobre el ataúd, y lo abría para dejar salir al vivo. Al muerto. Era difícil especificarlo. Ya había devuelto a la vida a treinta y tres hombres y mujeres, que después de despertar confusos y apolillados, le agradecían con amargos vahídos el favor que les hacía. “De nada, de nada. Tómese esta tila, ande”. Y luego tapaba el hueco con tierra, dejando el ataúd vacío para que los gusanos se lo comiesen, si es que los gusanos pueden comer madera. El caso es que tan vana necrópolis no creaba suspicacias en los habitantes del pueblo. Más bien lo que sorprendía era la llegada masiva de muertos desde el más allá, llamando a las casas, abrazando a sus familiares, devolviendo antiguas deudas de las que no pudieron escaparse. Llegaron al pueblo investigadores, adivinos, zahoríes, geólogos, biólogos, médicos, alcaldes, curiosos. La noticia del curioso fenómeno comenzó a expandirse por toda la zona, hasta que sus ondas se propagaron por todo el mundo. Nadie sabía el por qué de esa repentina tregua de la muerte en el pueblo. Y Manuel, claro, callado como una tumba.

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Despierto, en la oscuridad, Manuel meditaba. ¿Qué pasaría si se enteran? ¿Y si soy yo el que se muere? ¿Podré revivirme? ¿Acaso seré inmortal? Se hacía esas y otras preguntas sobre el arcano misterio de la vida y la muerte, imaginándose a veces el ataúd abierto como una puerta hacia otro mundo, saliendo de su madre en cuanto tocara la fría superficie de pino.

Parecía un capullo. De rosa. Estaba replegado sobre sí mismo, bajo las sábanas, nuevas otra vez. Las solía cambiar cada poco. Éstas le volvían a parecer extrañas. Buscó las gafas en la mesita de noche, pero su mano no palpó nada. Extrañado, se incorporó, y buscó el interruptor de la habitación con el dedo. Tampoco. Se sentía desorientado en una oscuridad tan imperturbable. Se levantó. El suelo estaba muy frío. Las babuchas tampoco estaban bajo la cama. Echó los brazos hacia delante. Parecía una momia.

Recordó cómo de pequeño jugaba a la gallinita ciega. A él encantaba ser el que la quedaba. Se movía lo más rápido posible para pillar a sus amigos que, desequilibrados por el repentino ataque, se caían al suelo. Todo eran risas. A lo mejor era un sueño. Otro sueño de cuando era niño, era eso. Le parecía escuchar las voces de los que jugaban con él. Parecían un tanto lejanas, como veladas. Avanzó, rozando con las manos lo que parecían ser sábanas, hasta chocarse con una pared. Intentó abrir los ojos para salir del sueño, que poco a poco estaba empezando a dejar de gustarle.

Escuchó algo.

-Oye.

-¿Quién habla?

-Alfredo Ruipérez Calderón, de ochenta y siete años de edad -se oyeron unos golpes secos-. Bueno, creo que ya me van a recoger. Encantado.

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El padre Pío acompañó a la policía, que abrió la puerta. La luz llenó de vida la húmeda sala, que olía a cerrado y a muerte. A lo que sea que huela la muerte. Todas las camas donde los muertos esperaban a ser recogidos para ser metidos en sus respectivos ataúdes daban testimonio de la suciedad y el olvido acumulado entre sus cuatro patas.

Manuel estaba quieto. Tumbado sobre la cama. Se lo habían encontrado muerto, al lado de una tumba vacía. “Hay que hacerle un entierro digno a este pobre hombre”. Todo el pueblo vio cómo sacaban su cuerpo, lo metían en un ataúd, y lo metían en la tumba. Después del correspondiente responso, el nuevo enterrador se quedó esperando para darle el pésame a los conocidos de Manuel.

-Lo siento -el joven enterrador se rascó la media melena pelirroja, que siempre parecía recién salida de una tormenta-. Que les sea leve. Que les sea leve.

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