El relato

Massimo Troisi y Philippe Noiret (Il postino)Es lunes, y Paco y Jose están sentados en la cafetería Kubrick. Hace mucha luz. En el escaparate, una imagen de Hal 9000 mancha con su silueta el rostro de Jose. Paco bebe un té. Jose un café. Se mira abajo, a las rodillas. Paco termina de doblar un folio, lo deja en la mesa, y levanta la vista hacia Jose, hablando:

-¿Y bien?

Jose sigue mirándose a las rodillas.

-¿Y bien qué?

-Explícate -lo dice serio, aunque con un extraño brillo en los ojillos glaucos-.

-Bueno, yo me explico -alza la vista-. Yo ya le dije al profesor que no sabría hacerlo.

-Cuéntame.

-A ver, es que si me dan una semana para hacer el relato…

-Me parece un tiempo más que suficiente.

-Ya, pero… -hace una pausa-. Bueno, yo te lo digo -se coloca mejor en la silla, bebe un poco de la taza-. Yo, en cuanto el profesor de Lengua lo dijo, me quedé pensando toda la mañana de qué iba a escribir. Me quedé en clase todo el recreo. Pensando. De qué iba a escribir, los personajes, la historia… todo.

-¿El tono?

-El tono también. Todo, te lo he dicho. Fui parte por parte. Yo te lo digo. Esa tarde estuve pensando en lo mismo. Y el resto de la semana, lo mismo. Todas las horas con el relato en la cabeza. Yo te repito lo que le dije al profesor.

-¿Fuiste a hablar con el profesor?

-Sí. Yo te cuento y ya me dices. Nunca había ido a hablar con él. Yo entré en el despacho (porque también es el director), y te juro que era como los despachos que salen en las películas. Todo madera. Parecía el de una cárcel. A mí, evidentemente, eso me echó un poco para atrás, pero cuando pensaba irme, me dijo: “Siéntate” y yo, como buen alumno que soy, pues me senté.

-Menos cuentos.

Jose se hace un poco el sueco. Se rasca el cuello con movimiento perruno.

-Me senté, y empecé a hablar. A mí me daba rabia tener que ir, pero más impotente me habría sentido de no haber podido darle ni siquiera una explicación.

-Bueno, ¿qué le dijiste?

-Le dije: “Profesor, no he podido entregarle otra cosa mejor que ésta”, y saqué el folio del bolsillo del pantalón. Arrugado como lo tenía, porque a punto estuvo de ser carne de papelera, lo desdoblé un poco y se lo enseñé desde mi sitio, aunque no se lo llegué a dar. Lo miró y lo requetemiró, y me dijo “Jose, explícame esto”. Igual que tú. Total, que empecé a contarle todo.

>>Le dije: “Me han surgido muchas dudas. He pensado mucho sobre los personajes, la trama, el tono, el tiempo…”, y él soltó: “las dudas son normales”. Yo seguí hablando. Empecé por los personajes: “Por ejemplo”, le dije, “barajé unos cuantos personajes. Al principio pensé que estaría bien poner a una sola persona como protagonista, que va andando y va pensando. Aquí no sabía si hablar de un hombre o de una mujer, porque cada cual tiene sus cosas interesantes. Como no quería favorecer a uno u otro…”

-Perdona que te interrumpa -dice Paco-. ¿Favoritismo?

-Sí, por si parecía que no le daba importancia a uno de los dos.

-Es que es normal, no lo puedes tener todo.

-Bueno, yo sigo y ya me cuentas. Total, que le dije: “Así que pensé poner una pareja, y pensé que estaría bien que aparecieran una mujer y un hombre hablando de sus cosas, tan tranquilamente. Pero no me convencía”. “¿Por qué?”, me preguntó el profesor. Y le dije: “Bueno, ya sabe, ¿son pareja o sólo amigos?”. Soltó: “Eso lo puedes contar al principio o durante el relato. O incluso puedes no decirlo”. “Precisamente”, le respondí, “y por eso al final opté por no poner a dos personas, porque podía ser una cosa u otra, y si me centraba en uno me gustaba más la otra opción, y al revés. Por eso, añadí una tercera persona”.

>>En ese momento, el profesor me interrumpió para decirme que si iba a añadir muchas personas más al relato, porque se veía cenando en el colegio. Yo le dije: “En resumidas cuentas, fui añadiendo personajes, pero a medida que lo pensaba, la historia se volvía cada vez más compleja. Llegó un punto en el que no tenía suficiente espacio para darle a cada personaje aunque fuera sólo una frasecilla, como un <<Buenos días>> o un <<¿Tiene hora?>>. El profesor me dijo que no hacía falta que todos los personajes hablaran, que eso ayudaba a distinguir a los personajes según su importancia. Yo le dije que no me parecía justo, y le dije que nadie se merece pasar por ninguna historia sin hacer nada.

-¿Eso le dijiste? -dice Paco, severo, aunque con el mismo brillo en los ojos-. ¿Cómo reaccionó?

-Se quedó callado, dando golpecitos en la mesa con el puño así -Jose golpea suavemente la mesa sobre la que tienen las bebidas-.

>>Total, que le dije eso, y luego me dijo algo así como: “Ya veo que con los personajes has tenido problemas”. Yo seguí hablando, no fuera a ser que pareciera que no había hecho nada: “El lugar. No sabía dónde poner a los personajes. Al principio pensé en un bar, porque normalmente están hablando en un bar, o en una cafetería. Claro, de ser así, luego está elegir el nombre. Porque hay muchos tipos de nombre. Está el clásico, estilo “Casa Pepe” o “La taberna de Paco”. Luego está el moderno, que suele estar en inglés, como “Coffee Time” o “Food Valley”. También podría haberle puesto un nombre raro, tipo “Coco Moloco” o “Yarboles”. Como me daba muchos problemas, deseché esa opción. Luego pensé que podrían estar en una casa”. Pero eso era meterse en un marrón, abuelo, porque dime tú ahora cuántas habitaciones tiene, que si es grande o pequeña, que si es de uno o de otro, que si está pintada de verde pistacho o de amarillo limón…

-Podría haber sido una casa cualquiera. O una simple habitación -dice Paco-.

-No, si también pensé sobre eso. Pero por partes. ¿Por dónde iba? -mira a la mesa, y levanta la cabeza al acordarse. Paco bebió té-. Vale; le dije entonces: “un espacio abierto podía ser mejor. Al principio lo vi como un buen escenario, pero ahora tenía que elegir si había mucha gente o poca, si era un parque, una playa, un monte, un acantilado, la torre de un castillo, un campo…”. “Jose”, me dijo, “ya veo que también has tenido problemas con el escenario. ¿No me irás a decir que le diste muchas vueltas al tono…?

-Creo que adivinaría tu respuesta -suelta Paco-.

Jose mira, entre avergonzado y enfadado, a la barra, donde el camarero lee el periódico.

-Sí, también le di muchas vueltas. Yo, claro, quería demostrar que me había tomado en serio el trabajo, así que le dije la verdad; le respondí: “Claro, profesor” (lo decía queriendo que se diera cuenta de lo mal que lo había pasado intentando escribir). “Podía contar la historia de muchas maneras. Podía decirlo de broma, o con muchas metáforas, o totalmente seco, o muy expresivo, o muy breve… Podía contarlo de muchas maneras”. Eso lo repetí; me habían estado atormentando esa y otras ideas. Seguí planteándole mis dudas: “Al principio pensé: <<Intentaré que sea un relato de humor, así medio en broma, que sea gracioso y divertido>>. Pero claro, eso le quitaba seriedad. Parecía que me tomaba a broma lo que escribía. Quiero decir, profesor, que a mí me daba la sensación de que lo se hace de broma no tiene importancia, no merece que se le preste atención. Así que decidí hacer un relato serio, intentando que no se me escapara ninguna situación graciosa. Pero resultaba que ahora parecía demasiado seco, demasiado… No sé la palabra, profesor, pero no me gustaba”. Me dijo: “Que emplees el humor en un relato no significa que no tenga importancia. Normalmente las mayores críticas se esconden en relatos humorísticos”. Yo no entendí aquello, pero le hice llegar a la conclusión de que tampoco el tono había sido un aspecto fácil para mí.

-Personajes, lugar, tono… ¿Tuviste muchos problemas con el tiempo? -pregunta Paco. Tiene apoyados los codos en la mesa-.

-Si yo te contara… Eso también me planteó muchas dudas. Porque, a ver (esto ya se lo dije al profesor): “¿Cuándo debe ocurrir una historia? Al principio creía que la mejor opción sería que ocurriera en el pasado, porque a mí me parece que cuanto más lejana es una historia podemos valorar mejor lo que hacen. No sé si me explico… más fríamente, si se puede decir así. Pero luego pensé que, realmente, no conozco el pasado. Además, luego me di cuenta de que no se puede escribir del pasado, porque yo no estaba allí y no lo conozco. Y aunque lo lea en los libros… es que los libros se saltan tantas cosas…”. El profesor parecía no comprenderme, porque me miraba atento, con la boca un poco abierta y las gafas asomándose a la punta de su nariz. Yo seguí: “Por eso preferí situar la historia en el presente. Era mejor así, porque así podía saber representar mejor lo que iban haciendo los personajes. Si no sabía qué escribir, siempre podía ver a mi padres o a mi hermana, y fijarme en cómo reaccionaban, qué decían, qué caras ponían… Pero no me convencía. No, porque si sólo ocurre en el presente, la historia no tiene… fondo, no es algo sobre lo que se pueda contar mucho. Y creía muy aburrido empezar a hablar de una historia pasada sin poner ni un solo diálogo. Así que tampoco me decidí por el tiempo”. El profesor me dijo: “A veces el tiempo es un mero pretexto, una excusa para darle forma al relato. Puede ser una historia universal”. Yo tampoco entendí eso, aunque fui memorizando las palabras para luego contártelas.

-Un favor que te agradezco, aunque no sé si queda algo… ¡El argumento!

-Eso fue lo peor. Lo dejé para el final, porque no sabía cómo iba a reaccionar el profesor.

-Creo que estaba tan callado porque se había quedado extasiado con tu perorata -dice Paco, irónicamente-.

Jose bebe café, y pone los brazos sobre la silla.

-Yo le dije que ya faltaba poco, que sólo me quedaba hablarle del argumento: “Verá, profesor, después de pensar sobre todo eso, quise creer que al menos lograría escoger una historia de la que hablar. Pero ni por esas. Es que hay muchos temas: una tragedia, una comedia, una mezcla… Y dentro de cada cual, pues…”. Él, desde la mitad de la conversación…

-Querrás decir “monólogo”.

-Bueno, pues a mitad del monólogo, empezó a mirar el reloj, muchas veces. Me pareció que miraba más al reloj que a mí.

-Me extraña -dice Paco-.

-Bueno, que como supuse que se tenía que ir a algún lado, le dije que tampoco había elegido un argumento. Él me preguntó: “¿Y aún así, has acabado escribiendo el relato?”. Yo me quedé mirando el papel arrugado, muy nervioso y muy avergonzado, aunque más tranquilo, ahora que le había dicho todo aquello. Se lo di, lo repasó con la mirada, y luego volvió a mirarme. ¡Por eso me castigó! No creo que sea para tanto. Lo veo injusto. Otros le entregaron los relatos, pero yo me lo pensé mucho, quise que fuera perfecto, quise que no le faltara nada. Él me dijo que con esos cuentos a mi abuelo. No es que te lo haya contado porque él me lo dijera, pero creo que tú lo entenderías.

-Verás, Jose. No se puede tenerlo todo, como te dije. Hay que elegir. El profesor tenía su parte de razón. Las dudas son normales.

-¡Las dudas no son normales!

-Bueno. De todas formas -mira el papel que había dejado sobre la mesa-, que sólo escribas un punto final… -Se queda callado, pensando. Al final, dice-: creo que es el mejor relato que podrías haber escrito.

Los dos apuran sus bebidas.

-Lo dudo -replica Jose-.

-Es normal.

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