Nuevas reflexiones

Cary Grant e Ingrid BergmanEl pavimento. Cierro los ojos. Bombitas golpeando en los bajos del autobús; bombitas -¡qué macabra ironía!-. Similar a los diminutivos de que se valen los cocineros para añadirle calidez, familiaridad, acaso sabor, incluso textura, a los crudos garbanzos que hierven en una olla a presión. A presión, el humo saliendo por la espita, que gira como si intentase tirar de la olla, o desenroscarse. ¿No hablan los animales, las plantas? ¡También los objetos! Con esa inerte capacidad de emitir un lenguaje de humo, acaso hablando, acaso llorando gotitas de vapor de agua -¡gotitas! No, pero mueran aquí las connotaciones-.

Habíamos dejado… otro absurdo: plural mayestático. Hablas por ti, imbécil. “¿Pues con quién estás hablando tú ahora, entonces?”. Blando espejo en el que mutas, apenas visible el cambio de ángulo, el cambio de mentalidad en la propia mente. La voz interior es un mero imaginar, voz potente que, sin embargo, retumba, como ese regustillo a flores y leña que esparce la frase “Ya está el cocidito”. Sabe igual. No ME sabe igual. Mesa. Me sabe.

¡Qué placer! Salir y entrar en los dominios del arte con un traductor, como en un museo, callado, esperándome. Voy aprendiendo poco a poco este complejo idioma -también literalmente, con las versiones originales de Kubrick-. Cu-Brick. ¿Ladrillo? ¿Ladrillo de cobre? Es más una aleación, él y su Full Metal Jacket. Parece significar “lleno hasta el culo de plomo”, refiriéndose a un arma, pero La chaqueta metálica: suena tan bien, pero como si hablara bajo el agua, sobre el agua, agua alrededor de todo el cuerpo, de la mitad supra-cintura, de la cabeza, de la cara, de la boca, de la lengua: decrescendo sutilmente fílmico. Planos cada vez más cercanos, encuadres cada vez más restrictivos, cazando la pompa que sale, flanqueada por dos filas de dientes: Bgul. Tendré que dar más clases: todavía no lo entiendo todo. Ni siquiera comprendo lo que es, a veces, obvio de entender.

¡Qué placer! Entrar en mi hogar con el alma quietamente tensa, tensa como el tambor reluciente, tensa como el músculo sometido a los afanes de la calistenia. No deseo una tensión enfermiza, tóxica; no deseo el músculo del vigoréxico; no deseo el pandero que marca el paso de los remeros (pasos de madera sobre agua), tambor hermano del látigo de siete colas como siete cabezas, mordiendo las espaldas con triángulos de pirañas.

Una suave sensación empieza a invadirme; es mejor decir que me embriaga, ahora que estoy tan tranquilo, día tranquilo, en el banco del Rectorado, dentro, junto a la biblioteca central de Filología, en la pared de enfrente, la puerta abierta, el chico escribiendo con la pierna sobre la rodilla derecha -no hace falta decir qué pierna es, supongo-.

Gregory Peck y Audrey HepburnA veces, de pequeño, diferentes medios de salir del cuerpo; no defendiendo una u otra doctrina, ideología o filosofía. Un pensamiento complejo, una simple cadena de pensamientos complejos nacidos de cuanto de ilusorio o imaginativo puedan tener los mundos posibles, la mente de un niñito. La pregunta -sobre la que creo haber escrito antes-: ¿y si muriera ahora? O la visión periférica: me miro a mí mismo. Sin espejos. Apuesto a que el primer ser humano que pensó así, que se imaginó a sí mismo imaginándose, fue el inventor de los espejos. Aunque… numerosas dudas. Muchas dudas. ¿Un ser humano? Quizás pudo haber sido un mono -instinto, herencia atávica-. ¿Inventor? ¿Acaso puede considerarse como una invención el descubrir la mente de uno mismo? ¿Mente? ¿No pudo ser siquiera el propio agua, el fiel reflejo de su rostro en el agua? ¿Tan egoístas somos que nos vemos inventores? Edison: inventor. ¿Por qué no decir “Edison descubrió la incandescencia eterna”? ¿Quién la inventó? ¿Acaso no estaba ya en el mundo la electricidad? ¿Dónde, sin embargo? ¿Qué extraña chispa guardaba toda la energía potencial, el primer átomo oculto en el tiempo futuro? Quizás me rodee, me acaricie la piel la energía del futuro. ¿O son almas? ¿O son silencios? ¿O soy yo mismo? ¿O no es nada?

Oh, no, es nada… La nada viscosa que ayer me turbaba. El vacío poético que atosigaba mis sienes como el caldero de “cocidito” que hierve y quema, pinchando y llameando en el cálido cénit de un agosto.

Trigales. Grano a grano. No saben a nada. Me recuerdan, sin embargo, días pasados, felices, en mi pueblo. Felices en la memoria -¿acaso no lo fueron?-. Al igual que el autobús que rechina, visto ahora desde fuera no como lamento, sino como melodía, musiquilla del afilador. Ya tienes tu magdalena, Proust. Los recuerdos están ahí, tal electricidad que no vemos. Tal almas, silencios, la nada o yo mismo. ¿Acaso mi lengua no está ahí? ¿Acaso no me cubren el cuerpo un millón de pelos? ¿Qué habrá dentro de un minuto? ¡No importa! ¡Grítalo! ¡No importa! ¡No importa, pues somos viento en el tiempo! ¡Somos la hoja falsamente consciente que navega por el aire! Aún así, quiero saber qué pasará.

Es imposible decepcionarme. ¿Dónde existe el 100% si no es en el metálico mundo de las sumas? Lo sé, las matemáticas tienen magia. Ahí están los teoremas, los desafíos, conviviendo con la electricidad y los recuerdos, subsistiendo entre el pasado y el futuro, nuestro presente, tan volátil como el blanco espacio vacío de esta hoja, que voy destruyendo cual… ¿Rocinante, Babieca, Bucéfalo? ¿Acaso la hierba no volvía a crecer por donde pasabas a lomos de tu brioso corcel, Atila, oh Atila, rey de los Hunos? ¿Cómo, entonces, vence Alonso Quijano a tu cabalgadura? Mente. Simplemente. Tan compleja que excede los litros y litros de masa gris que podamos otorgarle.

Jean Simmons y Kirk DouglasEs tan familiar el olor de las ensaimadas, tan caseras las palmeras (de hojaldre), tan bizcochísimamente perfecta la voluta jónica que se pregunta a sí misma, que observo desde el banco a través de la rendija por la que entra la luz que hace unos siete minutos había salido de la boca del Sol, misma cueva desde la que sale el viento, el joven dios durmiente, ronquidos y discursos nocturnos excluidos de la brisa que acaricia los rostros de Espartacus y Varinia…

I love you, I love you, I love you, I love you… destrozando tanto apático y oficioso afán cuantitativo del alma metálica. ¡Es simple calidad! Tal vez el único I love you repetido con el mismo amor proyectado, la misma ola que expande su rumor secret and healer que sana al corazón seco, una pasa, “pasita”: no, mi dolor inconfeso no se esfuma con diminutivos, sino con el brillo interno de dos cuerpos que se aman, con la mirada de dos enamorados, frente a frente, el resto del mundo arrasado y, sin embargo, más aún que antes, solos él y ella, tú y yo para Pedro Salinas, afortunado de vivir el amor, tan dulce y apetitoso para el abrazo sediento… Ingrid Bergman y Cary Grant; Audrey Hepburn y Gregory Peck. Me quedo con los pequeños detalles que me logran atraer. Una mirada, que es un mundo como clarivió Bécquer. Es un orgullo pensar como usted, como todos ustedes, amable y magnánimo Parnaso que en otro tiempo no muy lejano contemplé desde la antigua esPiral que me abatía, dando vueltas sobre mí mismo. Y ahora, recobrado, ave fénix, desafortunadas cenizas de que alimenté mi regreso, os agradezco y os adoro.

Os adoro ahora que no adoro a ninguna mujer con ese amor, con ese mundo por mirada que llegué a sentir tiempo atrás. Busco nuevas palabras, nuevas obras de arte, nuevos mundos posibles, ampliar las fronteras de mi imaginario, de mi enciclopedia, ahora solitarias hojas. Con sendas fechas impresas sin tinta, sentidas, subsistiendo de la misma manera.

No pienses más allá del próximo segundo si realmente no sabes qué puede pasar. No te preocupes: actúa. Avanza en el tiempo, sobre todo en el espacio. Aunque calles, aunque pares, seguirán avanzando por sí solos.

Viento en el tiempo. Gloria poética que nos hace trascender.

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