La casa de la playa

Alessandro BariccoA la habitación llega el rumor de las olas del mar. Está amaneciendo. Sobre la cama, dos cuerpos. Las sábanas, a los pies del tálamo. Un hombre se levanta. Está en calzoncillos. Se va del cuarto. Entra en la cocina. Coge un vaso de un armario y saca un brick de leche del frigorífico. El frigorífico tiene algunas fotos puestas con imanes. Una mujer y un hombre sonríen en las fotos. En otras, un hombre mayor les acompaña. Se bebe la leche directamente del brick. Llena el vaso de agua. Saca una caja de aspirinas de un cajón. Coge una. Bebe un poco de agua, sin tragarla. Mete la aspirina y espera.

El otro hombre abre los ojos. Se levanta. Retira las cortinas, sube la persiana, abre las dos hojas de la ventana. Ve el mar desde allí. Inspira con fuerza, con los ojos cerrados. Una ligera sonrisa en su rostro. Está en calzoncillos. Deja la habitación, y va a la cocina.

-Buenos días.

El otro hombre está de espaldas. Le escucha y se vuelve, con la aspirina en la boca. Sonríe, y un hilillo de agua le sale de la boca. El otro hombre se ríe. Traga la aspirina.

-Buenos días.

Se acerca a él y le besa en la boca.

Los dos caminan por la playa. Hablan.

-La verdad… me parece que nos estamos equivocando.

-Pedro…

-Sí, llevo pensando mucho en lo que estamos haciendo.

Atardecer. Pedro sigue hablando.

-Míranos. Tú y yo, aquí, tranquilos, en paz. Estamos bien. Yo estoy bien aquí. Pero me duele pensar en Amelia.

-Amelia no está aquí, Pedro. Ahora estamos tú y yo.

-Pablo -le mira a los ojos-. No me parece bien.

Pablo mira a la arena.

-No pienso como tú -se queda callado. Intenta darle la vuelta a una concha con los dedos de los pies-. ¿Cuántas veces hemos estado esperando este momento? -mira a Pedro- ¿Cuánto tiempo hemos estado planificándolo? ¿Amelia, dices? Ella y yo estamos pasando por problemas que, ahora mismo, no hacen sino que me acuerde más de ti cuando estoy con ella. Antes podría ser distinto, pero ahora…

-Ahora debería ser igual. Llevas casado quince años con ella. Es una cuestión de respeto.

-Calla. Nos estamos perdiendo el atardecer.

Pablo calla.

Suenan las olas del mar. Está amaneciendo. Pedro se levanta. Va a la cocina y saca unas naranjas. Se prepara un zumo. Tarda poco en bebérselo. Mira a la habitación. Pablo duerme. Sonríe. Corta unas rebanadas de pan y enchufa un tostador. Se hace unas tostadas. Espera a que salgan y les echa aceite. Se sienta y empieza a comer. Mira a la habitación, inclinándose un poco a la izquierda para poder ver. La cama está vacía. Se escucha la puerta del baño cerrarse. Sigue comiendo en la mesa. Se está terminando las tostadas cuando llega Pablo.

-Buenos días.

-Buenos días-responde Pablo-.

Sonríe, y le besa. Se quedan mirándose. Pedro se levanta y le abraza. Suena el roce de piel con piel.

Bajan por unas escaleras blancas hasta la playa. El cielo está despejado.

-Buen día para tomar el sol -dice Pedro-. A estas horas es cuando mejor tiempo hace.

Llegan a la arena. Pedro coge la sombrilla y la clava en la arena, apretando hasta que apenas se mueve. Hace una ligera y cálida brisa.

Pablo coge la toalla que llevaba sobre el hombro. La extiende en la arena, y se tumba. Los dos están callados. Pedro va al agua. Se moja un poco los pies. Va caminando con pasos de astronauta. El agua le cubre cada vez más. Se detiene cuando está a la altura de su cuello.

Pablo se incorpora y le mira.

-¡Vente! -grita Pedro-.

Pablo se levanta lentamente y va caminando al agua. Se moja los pies un poco. Se da la vuelta.

-¡Está muy fría! -dice-.

-¡Pues métete de golpe!

Pablo sigue andando, y se tumba en la toalla.

Pedro se queda en el agua, quieto, mirando a la orilla.

Pablo se queda bajo la sombrilla. Su piel es muy blanca.

Pedro nada un poco y sale del agua. Llega a donde está Pablo. Coge una toalla de una bolsa y empieza a secarse. Termina, y coge el bronceador.

-Deberías tomar el sol, que hay que aprovecharlo.

Pablo aún está boca abajo.

-¿Por qué no me dejas en paz, aunque sólo sea un minuto?

Pedro se queda callado. Se sienta en la arena y se pone a tomar el sol.

-Hoy me apetece ir a cenar al restaurante del paseo -dice Pablo-.

-¿Longinos?

-Sí.

Están tumbados en el sofá, abrazados. Suena un disco de Norah Jones en la minicadena. Feels Like Home.

-Este disco me encanta. Es tan tranquilo… -dice Pablo-.

-¿Me quieres? -dice Pedro-.

Pablo le mira.

-Más que a mí.

Los dos se besan. Norah Jones sigue cantando. El piano, de fondo.

El oleaje del mar va cayendo por los segundos. La ensenada tiene tonos dorados al amanecer. Pablo se despierta. Se queda mirando a Pedro. Le acaricia el pelo. Pasa un dedo por su espalda y le besa el cuello. Pedro no se despierta. Pablo se va a la cocina. Empieza a desayunar. Se pone unos pantalones blancos y una camisa. La deja desabotonada. Sale, baja por las escaleras y empieza a caminar por la playa. Se ve un velero a lo lejos. El único sonido, el mar y los pies de Pablo hundiéndose en la arena, blanda y mojada.

Pedro se despierta. Mira a la cocina. No se oye nada. Sube la persiana, separa las cortinas y abre la ventana. Ve a Pablo caminando por la playa. Se va al cuarto de baño. Mea. Se lava la cara. Desayuna una manzana y una taza de café. Vuelve al cuarto. Coge un libro de la mesita de noche. Se va al salón. Enciende la minicadena y pone un disco de Satie. Se queda escuchando las Gymnopédies mientras lee. El cielo empieza a nublarse. Poco a poco, la luz se va haciendo más tenue y más azul en el salón. Enciende una lámpara de pie.

Pablo entra en la casa. Está mojado. Tiene el pelo aplastado contra la cabeza. Lleva una bolsa. Se va a la cocina. Saca pan y fruta de la bolsa. Empieza a guardarlos. Suena el móvil de Pedro. “María” sale en la pantalla. Coge el móvil y cuelga la llamada. Escribe un mensaje y lo envía. Pablo sigue leyendo en el salón.

Está atardeciendo. Los dos están en el salón. Pablo hace un crucigrama. Pedro mira por el balcón hacia la playa.

-Me encanta esta vista.

-A mí también -dice Pablo. Sigue haciendo el crucigrama-.

-Ven aquí -dice Pedro. Pablo deja el crucigrama y se levanta. Sale al balcón-. No se puede estar mejor -se da la vuelta y le abraza-.

-Te quiero -dice Pablo-.

-Yo también te quiero -dice Pedro-.

-Te quiero -repite Pablo-.

Es de noche. Pablo mira a través de la ventanilla del coche a Pedro, que saluda con la mano. El coche tuerce en una curva, y Pedro deja de verlo. Pedro empieza a caminar. Hace frío. Sube pronto a la casa. Pasa su mano por las sábanas de la cama. Se desnuda. Se queda dormido. La ventana está abierta. Una brisa ligera y fría mueve las cortinas.

Pedro termina de doblar las sábanas. Cierra las ventanas. Coge el móvil. Tiene dos mensajes nuevos. Coge una manzana. Le da un mordisco. Lee los mensajes. Deja de masticar y tira la manzana a la basura. Coge una botella de whisky.

El reloj marca las cinco y cuatro de la tarde. Está parado. Pedro baja las persianas del salón. Son eléctricas. Cada vez se ve menos playa, encuadrada como está por el marco. Coge algunos discos, cierra la llave de paso, corta la corriente. Sale de la casa. Baja a la playa. Camina descalzo un poco. Luego vuelve a subir por las escaleras, lentamente, apoyándose en la balaustrada. Termina de subir. Va a la calle y abre el maletero del coche. Saca unos zapatos de una maleta. Se los pone. Se monta, y deja las llaves en el contacto. Saca el móvil. Llama a Amelia.

-Amelia.

-…

-¿Cómo está papá?

-…

-Esperemos que sí. Tienes que hablar con Pablo.

-…

-Voy a volver ahora y…

-…

-No, nada, está bien, no le ha pasado nada.

-…

Hace una pausa.

-Se dejó un disco en la casa de la playa, de la última vez que estuvisteis.

-…

-Sí, yo tampoco sé dónde tiene la cabeza.

-…

-No te atormentes por eso, hermanita. Bastante tenemos ya con lo de papá. Cuídate. Llegaré en dos horas.

Cuelga el teléfono. Lo mete en la guantera. Se queda mirándose los zapatos.

Empieza a llover. Estornuda tres veces. Cierra las ventanillas del coche. Arranca. Conecta el parabrisas. Enfila la calle y sale a una rotonda. Ve la playa, a lo lejos. Se rasca la muñeca. Saca un clínex y se suena los mocos. Pone la radio. Información meteorológica. Lluvia. Pisa el acelerador. El coche es ahora un punto. La playa se pierde tras la casa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s