Noche en el paseo fluvial

La luna hunde su cola de blancos latidos en el húmedo cielo sin fondo. Ojos de estatuas gritando con labios de musgo y algas, pálidos resplandores perdidos, color de alma, ocultos a mi sombra, que salta y se desliza por la blanca y fría baranda del paseo. Momento eterno, noche tras noche, recordando que, tras tanta miseria de espíritu y tantos corazones vacuos, un latido ignoto recorre mis oídos, llamándome tras las rejas de la noche: “Vulcano, Vulcano”, susurrando el nombre de la luna, que acaricia el cielo de mi boca, tal Lolita de Nabokov: “Lu-na”. Paseo en paz. Alma recostada en el lecho de plata, luz que escinde el denso índigo.

En el fondo, una húmeda jaula de piedras, de cuyo fin se mofan los peces que la atraviesan, acariciando sarcásticamente sus barrotes con sus colas de cristal, opaco ahora sin sol que adivinar, sin luz que tentar, tan sólo agua y hueco y caos homogéneo, sin latitud ni caminar, flotando sobre quietas capas de olvido y libertad inconsciente.

Me llaman y salgo del agua, tan seco como mi alma árida y ávida de una pasión perenne. Mi mente embebe la calma, mi cuerpo infunde calor a mi espíritu, hambriento durante tantos años de inminente y crítico poniente, en un falso cénit de fuego y picos de lava, arena que humea en verano bajo un azul rotundo.

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