El órgano

Tocata y fuga en Re menor, de Johann Sebastian BachDe noche, el órgano
El joven estaba de pie, frente al gran portalón de la iglesia. Era de noche. Desde el interior, el eco de una llama, las sombras marrones y doradas resbalando por el suelo tenso, por el lago de marfil. Una miríada de notas tronaba desde el coro clamando en la oscuridad: “¡Bach, Bach!”. Mucho tiempo había pasado desde que el genio compuso esa Tocata y Fuga. Entró el joven. Derrumbó el aire con su pie derecho, clavando su planta entre las junturas de dos baldosas de mármol. La pila de agua bendita reposaba junto al altar, allá a lo lejos, en la distancia que tanto crece con el silencio de las horas de sueño. Va vestido con harapos. Una vieja dormitaba a la intemperie, convertida en taberna de moscas, en prosaica mímesis de Dafne. Arte en lo patético. Las sombras danzaban al ritmo de los tubos del órgano. Pareciera echar humo. Acaso almas que gritaban como en una subasta, en una lonja de cuerpos muertos y sudarios de manila. El joven, doce años, sube los pequeños peldaños que conducen a la nave central. Los bancos crujen ante la invasión nocturna. Estaban durmiendo, como todo, excepto el órgano, excepto la música y el arte que moldea con sus dedos huesudos el viejo, cloc, cloc, cloc, sobre las blandas teclas crudas.

Recuerda a Bécquer. Maese Pérez. Debe de ser su hijo, su nieto. Podría ser incluso él mismo, o su hermano, por su edad. Sobre el altar, el Cristo en la cruz, las manos y los pies clavados, como su mirar de milenios, uno por cada ojo. El joven avanza. Los bancos, vacíos. Se gira. Alcanza a distinguir la sombra del órgano a la lumbre de tres cirios, creando llamaradas en las partes más umbrías de los muros de piedra.

Sube los escalones. Quiere tocar. La puerta de la iglesia se cierra. El viento, la vieja, las manos heladas de la muerte. El viejo reposa, con la cabeza sobre la dentadura mellada, sobre las docenas de dientes que se hunden y se elevan bajo el impulso de un fantasma, de un ser azul, semitransparente, fúlgido en la rocosa negrura. Se miran. Último movimiento. ¿Es viejo o joven un fantasma? Sus cabellos cuelgan como trapos en una cuerda, movidos por una brisa seca, húmeda en los huesos del joven, que va adelgazando. Comienza a encogerse, los ojos más abiertos, la barriga más cerrada, las caderas más estrechas. Restallan las articulaciones en alaridos de tuétano. Su piel se dora, se alisa, comenzando a brillar con un aura de aguamarina. Cae al suelo el tubo, cubierto de andrajos. La música para. Al reanudarse, el suelo queda vacío. El órgano resuena con nuevas notas, nuevos horizontes, una nueva alma acompañando a sus hermanas de voz velada bajo la sombra de tantos compases; unida a ellas en una sola palabra que sigue rebotando entre los muros de la nave, mientras los dedos huesudos del fantasma cloquean sobre las teclas:

“Bach, Bach”.

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4 comentarios en “El órgano

  1. VOY A COMENTARTE, QUE NUNCA LO HE HECHO!!
    Como te dije una vez, tienes algo muy especial escribiendo. Me resulta increíble que hagas del hecho más trivial algo maravilloso. Además, en tus textos vuelcas un montón de sentimientos y estados de ánimo perfectamente percibibles, lo que les aporta más valor si cabe. Estoy segura de que escribir te ayuda, porque es una manera de reflejarte a tí mismo y conocerte mejor. Aunque tengo mis favoritos, todos en general son muy buenos. Nunca dejes de escribir, porque en serio, vales para esto. Te deseo mucha suerte. Ya no me cabe la menor duda de que conseguirás lo que te propongas y llegarás muy alto.

    1. Muchas gracias por leer mi blog, Marina. No seré yo quien diga si lo que escribo está bien o está mal. Siempre que escribo aquí, como dices, vuelco parte de mis sentimientos. De hecho, creo que la mayoría de los escritores – no puedo demostrar que lo hagan todos – se vuelca a sí mismo en lo que escriben, sea en la elección de palabras, formas literarias o, como hago yo, con imágenes que nos evoquen algo. Aunque te puedo asegurar que, si pensara que lo que escribo está mal, no lo pondría.
      Y sí, me ayuda escribir, porque me desahogo, y puedo al mismo tiempo analizar cómo soy – o mejor dicho, cómo estoy – por dentro. Reconozco, eso sí, que muchas de las entradas pueden llegar a ser crípticas. En principio escribo para mí, por eso me encanta que me lean otros. Otra cosa es que lo entiendan, o decidan definitivamente que lo mío no tiene arreglo ;).
      Un saludo.

  2. Pues claro que tiene arreglo!! Solo tienes que pensar que cada fracaso supone un capitulo más en la historia de tu vida y una lección que te ayuda a crecer. No te desanimes por los fracasos. Aprende de ellos y sigue adelante. Y recuerda que nunca estarás solo!!! Un saludo.

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