La luz azul

El discreto encanto de la burguesía (Luis Buñuel)Miguel se sienta a esperar a los invitados. Lleva preparando el banquete desde días atrás. Le ha costado conseguir la comida. Quiere ofrecérsela a sus amigos. Ha conservado la carne en el frigorífico, envuelta en papel de aluminio en diferentes sitios. Los bultos son considerablemente grandes. Se ha asegurado de que haya suficiente para todos. No quiere ser un mal anfitrión, y ha preparado también la casa. La ha limpiado a conciencia. Tiene las manos blancas. Le huelen a amoniaco. Pero eso no tiene importancia. Recuerda que, cuando era más pequeño y ayudaba a limpiar en su casa, restregaba sus dedos contra una yuca. Tiene una guardada en el frigorífico. La separa de uno de los bultos de carne, la cabeza. Le ha afeitado todos los pelos. No quiere que sus invitados se lleven un disgusto, con lo que molesta un pelo en la comida. Coge la yuca y la aprieta contra sus dedos. Le entran ganas de rascarse la roncha.

Se sienta en un sillón a contemplar todo su trabajo. Un trabajo bien hecho. Cuando va a la casa de algún pariente, odia la suciedad, el desorden. No entiende cómo alguien puede vivir así.

Recuerda el día que entró en la casa de la abuela María.

Miguel se mueve en el sillón, buscando una posición más cómoda. Escalofrío. Jugando a las cartas, la abuela habla con algunas de sus amigas. Miguel no escucha nada. Sus ojos han ocupado toda su mente, y observa las habitaciones, el polvo que se levanta entre las cortinas, flotando en el aire bañado en luz, una luz azul, pálida, mientras su abuela coge una galleta de un plato. Es repulsiva la manera de masticar, con la boca abierta, dejando escapar migas, rodando por la ladera de sus pechos caídos como rocas en un barranco. Dos de ellas fuman. Tragan y expulsan, como tubos de escape.

La saludan sus padres. Les abraza, y Miguel quiere correr hacia ellos, no dejar que les abrace con sus jamones peludos. Cuando vuelven a casa, huelen a rancio, a agrio.

Miguel se levanta del sofá. Recorre el salón. Faltan seis horas para que lleguen los invitados. Va a la cocina. Saca la carne del frigorífico, y comienza a quitarle el papel de aluminio. Mete las piezas más grandes en el horno y deja las pequeñas fuera. Es hora de preparar la mesa. Saca un mantel del cajón de la cómoda. Lo desdobla, lo palpa, vuelca sus sentidos en la yema de sus dedos. Se recrea en el momento. Ese trozo de seda va a estar bajo toda la carne, las verduras, las salsas y las bebidas que forman parte de su menú. La carne sola es muy basta, muy sosa. A nadie le gusta comer un filete sin nada. Sin patatas ni salsa, sin pan. Algo tiene que acompañarlo. Coloca el mantel sobre la mesa. Es como la vida, piensa ahora. La gente vive a veces sin vivir, caminando, moviéndose guiados por los mandatos, los deberes, narcotizados, dóciles. Necesitan una llama, necesitan abrirse el pecho y gritar como los cavernícolas. Necesitan romper los cristales de sus jaulas y guiarse por su instinto. Necesitan despertar. Si no, es muy sosa. Presiona el mantel para quitarle las arrugas. Tres, siete, diez, trece sillas. La última cena. Le pica la roncha, pero sabe que si rasca le picará más. La última cena de la señora Grau.

Saca los finos paños de lino. Son crudos. La carne también está cruda, pero se está calentando. Los ha comprado para esa cena. Tienen un tacto cálido. Dobla cada uno de ellos, los deja bajo sendos servilleteros.

Saca los cubiertos. Los ha limpiado durante una hora, frotando la plata, radiante, ahora que la contempla a la luz de la tarde. Desde la calle se oye un lento murmurar, el sol durmiendo la siesta. Hace grupos de tenedor, cuchillo y cuchara. Trece de cada uno, delante de las trece sillas. Esa noche no ha dormido. No le parece una obsesión. Es una preocupación más, sin tremendismos ni exageraciones. Le encanta quedar bien. Ellos lo saben, saben que se preocupa por ellos, por que disfruten esa noche. Luego se sentarán, pondrán sus culos envueltos sobre las firmes sillas almohadilladas, separarán los servilleteros de los paños de lino crudo, los cubiertos unos de otros, probarán un bocado, les gustará, pero preferirán acompañarlo de un buen vino, un Cabernet Sauvignon. Él irá a la mesita auxiliar, donde la botella espera abierta, y llenará sus copas. Masticarán la carne, en un festival de papilas, crujiendo dentro de sus bocas. Patatas rebozadas. Cebolla frita. Ajo picado. Se le hace la boca agua de sólo pensarlo. Será una gran cena.

Se mueve lentamente. Respira profundamente. Los ojos un tanto cerrados, termina de situar los cubiertos en sus lugares. Va a coger las velas. El aire huele ahora a quemado. Abre las ventanas. Las cortinas empiezan a bailar lentamente. Prefiere esperar un poco, hasta que el salón se airee. Se queda en la mancha de luz que moja el suelo. Luz dorada, luz del atardecer. Le encanta ese color. En momentos como ese recuerda la imagen de la luz azul, desteñida, entrando en la sucia casa de su abuela María. El abuelo mira desde la foto enmarcada, junto a la mesa de las cartas. Su rostro se pierde entre el humo y el polvo. “Fallece hombre acaudalado de Sierra Quemada”, dice el periódico local. Pobre hombre. Una noticia breve, una esquela. El rastro de tinta y papel que deja su vida. La abuela María lo mató. Siempre ha sospechado de ella. Una herencia. Él no la querría para su disfrute, pero ella sí. Puede así atar a sus padres, dinero a cambio de cariño. No necesita más cariño que el suyo propio, bañada en penumbra sobre las cartas.

Se pasa la punta de la lengua por los labios. Humedece sus dedos y los frota ligeramente por el enrojecido bulto que le late bajo la piel. Malditos mosquitos. Pica como un demonio. Enciende las velas y las deja en puntos apartados de la sala. Lo prefiere a los ambientadores de enchufe. Una vez se derramó sin querer un ambientador sobre las manos. Le olieron durante tres días. Tres días oliendo a madreselva de fábrica.

La llama quema poco a poco las mechas. Vuelve a la cocina a coger los platos. Aprovecha para mirar la carne. Al patio interior llega el trinar de algunos pájaros. Qué tarde más tranquila. Es la parte que más le gusta de su casa. El patio tiene un toldo que extiende cuando se pone a leer. Suele dormir la siesta en su cuarto. Hoy prefiere estar atento a cualquier hecho imprevisto. Todos los días hay cosas que no prevemos. Sin embargo, hoy importan más que otros días. Tiene que salir todo a pedir de boca.

Coloca los platos al lado de los cubiertos. Quedan todavía unas horas para que lleguen los invitados. Piensa en regar las plantas, pero se acuerda de los mosquitos. Putos mosquitos, cómo estropean el patio. La roncha le vuelve a picar. Lleva una camiseta de manga larga. Se descubre el brazo. Decide observar la roncha, intentar mitigar el picor pensando que es otra cosa. Ocurre el efecto contrario. Empieza a pensar inconscientemente en volcanes, en hormigas. Una hormiga saliendo de un volcán, de un agujero de la piel. La carne se sigue calentando en el horno. Patitas taconeando en su antebrazo. No quiere ponerse nervioso. Va al cuarto de baño, se echa agua en la roncha y se lava la cara. Se mira en el espejo. Se atusa el pelo. Se lo está dejando largo. Su madre decía que los hombres formales llevan el pelo alisado, pegado al cráneo, engominado.

Se seca las manos y la cara y se vuelve a cubrir el brazo. Antes de volver a pensar en hormigas, decide cortar las verduras.

Los trozos de carne siguen sudando grasa. La bandeja del horno tiene un ligero brillo. Un zumbido delata el calor que hace dentro de ese infierno. Lava las lechugas, las corta en juliana. Llaman al teléfono.

Se lava las manos y descuelga:

    ­¿Diga?

    ­Miguel, soy Carlos.

    ­Sí, qué pasa, Carlos – se coloca el auricular en la otra oreja. Se roza la roncha con la camisa.

    ­Miguel, voy a llegar antes de lo previsto. Estaré ahí en media hora. Lo siento pero es que me viene fatal estar ahí cuando quedamos porque tendría que dar una vuelta tonta para ir a mi casa, dejar las cosas del trabajo y volver. No me puedo arreglar, pero supongo que tendrás una camisa o algo así.

    ­Sí… No, no sé si te podré dar ropa… quiero decir, que no es que no quiera, sino que… – Carlos le interrumpe -.

    ­Ya, ya, entiendo. Entonces sin problemas, ¿no?

    ­Eh… sí, sin problemas.

    ­Hasta ahora, pues.

    ­Hasta ahora.

No ha podido concentrarse en la conversación. Le debería haber dicho que no podía, que le daba tiempo a ir a su casa, que tenía tiempo de sobra, que no le importaba esperar. No quiere que vean todo eso sin preparar. Pero ha estado pensando más en hormigas que en la llamada.

Con más prisa que antes, vuelve a la cocina. Cuando llegue Carlos, le verá sin estar arreglado, con la comida a medio hacer. Decide eliminar las salsas del menú. No quiere dar mala imagen. Además, nadie sabe que iba a incluir salsas. Pueden pensar que sería lo recomendable, pero no las echarán de menos mientras que la carne esté jugosa. Corta unos tomates y patatas. Echa los tomates, cortados en pequeños dados, encima de la lechuga, y fríe las patatas en una sartén. Quedan quince minutos para que venga Carlos. Mientras se fríen las patatas, corta una cebolla. Saca las patatas y echa los trozos de cebolla en la sartén. Las escucha crujir. Como el concierto de una pastilla efervescente en un vaso de agua. Su abuela tomaba muchas pastillas.

Saca la carne del horno. En cinco minutos llamará Carlos. Llaman a la puerta. La madre que le parió.

­¡Ahora abro! – corre a su habitación y escoge sin rodeos una camisa y un pantalón sin planchar.

Llaman de nuevo al timbre.

    ­¡Ya abro, ya abro! – se pone unos zapatos sin embetunar y va a abrir –. Qué tal, Carlos. Pasa, pasa – muestra una sonrisa forzada -. Como si estuvieras en tu casa.

Si él hiciera eso no sabe qué pensarían de él. Por si acaso tiene la decencia de cumplir con sus horarios. Mientras taladra con la mirada la nuca de Carlos, éste deja en uno de los sillones su chaqueta.

    ­A ver, ¿en qué te ayudo?

    ­En nada, en nada, si ya está casi todo terminado – anda mientras habla, y saca bandejas para colocar la carne, la ensalada y las patatas con cebolla. Abre el frigorífico y busca atún y anchoas. Ve la botella del vino. La coge mientras masculla -. Su puta madre – se gira y habla en dirección al salón, mirando arriba, oteando con los ojos -. ¡Carlos! ¿Puedes sacar una mesita que hay al lado del armario de la tele?

    ­Sí – se escuchan los listones de madera extenderse, golpearse unos contra otros -.

Queda una hora para que los demás invitados vengan. No pasa nada. Ellos no saben cómo pensaba preparar toda esa comida. La cabeza le mira desde el centro de la bandeja. Le encanta comer cerdo. Habría estado bien asar también un poco de cerdo. Viendo la carne, se acuerda del cerdo que comieron unos años atrás, en Navidad. Jamones peludos como plato principal.

Carlos observa una colección de libros de poesía.

    ­Aleixandre… prefiero a Jorge Guillén – tiene las manos cruzadas a la altura de la rabadilla -. Aquí está.

Miguel lleva la ensalada a la mesa. Carlos le ve.

    ­Espera, que te ayudo.

    ­No, no, déjalo, si no es tanto lo que hay que llevar.

Miguel va dando viajes a la cocina. Ha dejado el horno abierto para que se enfríe un poco. Hace mucho calor en la cocina. Le arde la roncha. Lleva la carne a la mesa. Tuvo que cortar las partes más grandes para que cupiesen en la bandeja. Algunas partes de la piel están quemadas.

Lleva también las patatas y el vino. Deja la botella en la mesita auxiliar.

Carlos comienza a hablar de literatura. Miguel le sigue la corriente, dejando que se explaye. Vuelve a pensar en lo que le pica el antebrazo.

El resto de invitados comienza a llegar. Ahí están Lucía, Alicia y Eduardo, Joaquín, Adriana, Álvaro, Francisco, Maribel y Rubén, Ignacio, Isabel. Se sientan pronto para que la carne no se enfríe.

Todos comen la crujiente carne. Nadie se da cuenta de que se están comiendo a la abuela María. Jamones peludos. Y se ríe.

Para cuando se den cuenta, ya se habrán ido. Recogerá la mesa. Doblará el mantel, limpiará los crudos paños de lino. Limpiará la cocina. Se irá a dormir. Se hará el desayuno con lo que quede de carne. Un buen final. Se podrá rascar la roncha mientras come en su patio interior, escuchando a los pájaros. Se tumbará, respirando hondo, haciendo la digestión, limpiando sus recuerdos. Se echará una siesta. Pasará la tarde leyendo poesía. Se relajará en su sillón favorito. Se quedará dormido y para cuando despierte, habrán echado abajo la puerta de la calle.

    ¡Policía!

Se levanta y le esposan los brazos por la espalda. La roncha le duele. Pero no puede rascarse.

Anuncios

2 comentarios en “La luz azul

  1. Me ha encantado el relato, mi tocayo ha sido un pelin bestia jajaja, la verdad era lo último que me esperaba, como debe ser la literatura, no trivial.
    Por cierto faltabas tu en esa cena.
    Un saludo, y te invito cenar a mi abuela, digo… con mi abuela.

    1. Gracias por leer mi blog. La verdad es que a este relato le faltan varias cosas que me habría gustado añadirle después de haberlo leído varias veces -quizás lo modifique-; no obstante, me alegro de que te haya gustado leerlo. Creo que rechazaré la cena a la que me estás invitando; no sé, hay algo que me huele a chamusquina -será lo que tienes en el horno-. En la cena no faltaba yo, porque soy el narrador, y al haberlo sabido todo me habría tirado por una ventana de la tensión -es muy malo meterse en el relato de uno mismo-. Un saludo 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s