Saturación de vacío

Francis Bacon - AutorretratoCada vez que escribo aquí, me posee la inspiración. Me posee a medias, podría decir, pues soy yo realmente el que escribe, el que aprieta las teclas del ordenador para transformar el vacío, la hoja en blanco, en un baile de letras. En los bailes de personas siempre me tropiezo, así que prefiero ser el titiritero que controle a estas úes descontroladas. Toda persona es única. Toda persona debe encontrar su sitio en el mundo. Por muy raro que pueda parecer. O, mejor dicho: cuanto más raro parezca, más sólido es.

Todavía no he encontrado mi sitio en el mundo. No me siento mal por ello, ni pierdo el sueño. Uno aprende a aceptar lo que tiene. Cayéndose y volviéndose a levantar. Cayéndose y volviéndose a levantar. Tengo las piernas deformadas de tanto resbalarme pero… la costumbre me ha hecho adoptar una mirada estoica ante los problemas. Intento resolverlos, por supuesto, pero no me arranco la piel por no llegar a mi meta, a mi objetivo. A mi. Sin tilde. El posesivo siempre denota subjetividad. ¿Mi objetivo? ¿Cuántos objetivos puede haber ahí fuera? ¿Cuántas personas pueden buscar cosas totalmente opuestas sin saber siquiera que alguien está, inconscientemente, en su contra? Si uno trata de imponerse, no es un egoísta, ni un tirano, ni un intransigente. No lo es siempre y cuando su motivación sea legítima. Y hasta esta pantanosa tierra se hunde la raíz de este problema. Legítimo. Como escrito sobre una cruz de madera. Como escrito en pagodas, palacios, folios con sellos oficiales, espadas, carteles publicitarios… Legítimo. Legítimo. Hundiendo sus ganchos en la misericordia y la buena voluntad de nuestras mentes. En mi tierra, si no eres fiel a tus ideas, eres un intransigente. Si cambias de parecer, eres un indeciso. Muera la masa de personas, esta idea común que nos ata.

Somos únicos. ¿Cuántos otros ni siquiera nacieron? Millones. Contados uno por uno, millones de vidas que no salieron a la luz, simplemente porque su tatarabuelo potencial no cogió el camino de la izquierda y anduvo a la derecha. Simplemente porque el día de su boda a su padre potencial lo mataron en un ajuste de cuentas – no debía haber andado metido en todo aquello -. ¿Quién es mi antepasado? Un mono cualquiera, un hombre cualquiera que dormía todas las noches bajo el cielo de alguna ciudad, de algún pueblo. Las raíces de mi pasado se hunden también en la niebla de esa noche lejana. No alcanzo a verlo, no puedo rozar con la infinita punta de mis dedos la infinita punta de los dedos de mis ancestros. No puedo girar la cabeza para ver mis pasos. Sólo se me permite recordarlos, dejar que el viento vaya borrando poco a poco las huellas de mis actos en el páramo de mi memoria. Si guiño los ojos, puedo ver barrotes en la cuna. Veo barrotes ahora, a mi alrededor, en un mundo que me ofrece tantas cosas que no puedo elegir una de ellas. Estoy saturado. Me chorrean cascadas de planes perdidos por mis narinas; mis orejas tosen hilos de humo verde; mis ojos otean hasta mi interior, dándose la vuelta y tropezándose con sus propios nervios, jugando a carrera de sacos; mis labios humedecen el yermo erial que es mi camino. Bebo agua con tenedores. El sabor metálico a veces apelmaza mi lengua, y lloro negro, lloro palmeras y lloro campos y lloro fuentes de agua y lloro futuros imperfectos pero imaginados, al fin y al cabo imaginados, y lloro elefantes y lloro casas rodeadas de huertas, de mis frutos, y lloro hasta que me vacío de esencia y soy un molde esperando una buena historia.

Expresar lo que siento a veces me cuesta. Escribiendo, no tanto. Me seco las lágrimas con el folio en blanco de mis dedos, con el papel de mis versos y el sol de mi alma, que me eleva con muelles y me pone de pie, y me mueve a vivir esta única vida, única vida, seguir el camino bañado por la luz, dorarme la piel. Y si tengo que esperar, prefiero vivir sin destino hasta que el destino me encuentre a mí, perdido como estoy ahora, mareado y desorientado en mi propia espiral.

Estaba fuera del laberinto. Entré por curiosidad, para ver lo que había, para ver si encontraba algo que no hubiera visto antes. Y la esencia, la esencia del problema, la esencia del conflicto, es que no tuve la suficiente paciencia como para mirar antes a mi espalda, como para ver lo que el mundo me ofrecía antes de introducirme en mi propio interior. Lo mejor, lo sé, es permanecer en el arco de entrada, en el arco de salida, en tierra de nadie, ni de otros ni mía, una mezcla de receta oculta, un péndulo yendo de un lado a otro, yo eje, eje, eje, permaneciendo siempre a lo largo de mi tiempo y mi llanto de aire. Dejar mi alma esperando bajo el dintel de esta encrucijada, en la espera perfecta, en la espera del que espera sin esperar nada, la pura espera de alma, mientras mi cuerpo me lleva en volandas, haciéndome seguir mi destino, moviéndome a transformar todas las pequeñas cosas en futuros potenciales, en realidades no vividas, realidades no vividas, como mis pensamientos, que extienden sus brazos a la vaporosa fragancia de un espejo que refleja mis más felices momentos, cuando era sólo esencia, caminando con pasos cortos y dudosos, dejando a mi alma libre y suelta, amándose a sí misma, saturada de tanto amor que lo rebosaba e iba dejando un rastro de babosa por el terreno.

Demasiado sólido, demasiadas cosas llanas y planas. Necesito ver el océano, el mar, sentirlo bajo mis pies. Sentir una superficie ondulada, adaptada a mis circunstancias y pesares, racheada. No me vendan esas visiones de vidas perfectas. Lo perfecto es lo imperfecto, la comunión de las imperfecciones, las piezas del puzzle encajando en una visión creada por mí para mí.

En la comisura de los labios aún hay tierra del camino. La convierto en masa de galleta. Se repite la misma historia. Me incorporo y vuelvo a caminar.

¡Alguna vez saltaré fuera de este bucle!

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3 comentarios en “Saturación de vacío

  1. Lo que a mí me sorprende es que entiendas todo – la raíz de eso estaría no en tu comprensión, sino en lo críptico que puede llegar a ser lo que escribo -. Tengo suerte de que me leas 🙂

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