Historias de Cochibamba

Gabriel García MárquezNo diré el día exacto porque no creo que importe saberlo. Hacía calor. Las gotitas de sudor perlado se agarraban a la ropa como si las camisas y los trapos tuvieran imanes. Parecía que el viento hubiera sido absorbido como el agua que alimenta a una ola en la arena. El sol daba de lleno en la pared enjalbegada que se erguía a unos metros de nosotros, ocultando las dependencias principales del cuartel a todos los que habían acudido, solos o en grupo, a ver el fusilamiento.

Los soldados, con los brazos apoyados en las culatas de sus rifles, entrenaban y practicaban matando el tiempo – salvaje ironía -. Muchos de ellos eran casi soldaditos de plomo; los más serenos – o tal vez más sumisos a la plena autoridad de sus superiores – permanecían como muertos embotellados, de pie, rectos, bebiendo el aire recalentado, respirado por todos nosotros. Sobre la tierra, pegado a la pared, atado a un palo encadenado al suelo, había un títere sin cuerdas, con algún que otro pelo en las orejas – pues los del resto de la cabeza se los habían rasurado -, las piernas temblonas como muelles de carne, la sonrisa, sola en el páramo de su rostro. Se llamó Antonio hasta que se fue.

No estaba tan desmejorado cuando se encontró conmigo años atrás. Por aquel entonces, Antonio era un veinteañero que vi perdido en un lugar en el que nunca había estado. Llegó por la mañana, y pudo encontrarse con cualquier otro, decirle lo mismo que a mí, lo llego a saber y cojo el otro tren, que me habría dejado más cerca del albergue, que me han dicho que está a ocho calles de aquí, y au revoir. Pero yo, que estaba solo, aproveché la ocasión, y entablamos una conversación trivial mientras le guiaba a su destino.

Llevaba una mochila y un maletón en el que había guardado – aparte de lo estrictamente necesario -, libros y una armónica, que no sé tocar, pero es por si aprendo. Era del país de sus padres, no porque yo lo supiera, que él me lo contó todo. Le dije que la silueta de su tierra se parecía a una armónica, pero no le vio la gracia. Sin embargo, a pesar de mi fallido intento de romper el hielo, consideró que le merecía la pena la compañía, que no tenía ningún compromiso hasta el día siguiente, y que nos sentáramos en un bar a seguir charlando, y así puedo dejar de llevar la maleta que tengo el brazo dormido.

Nos sentamos en una terraza y pedimos algo de beber, que las largas conversaciones necesitan largos vasos, y otros dichos que me contó del lugar donde nació. Le habían dado por nombre Antonio, y la ciudad se llamaba Cochibamba, aunque no sería extraño que el nombre fuera otro. Al fin y al cabo debajo de todo letrero está la misma base, la misma tierra sobre la que caminamos y a la que van nuestros restos cuando nos vamos.

Llamaba la atención su colgante: una hidra con dos cabezas que abría y cerraba la boca en función de la hora que fuera, y este otro me lo regaló un chamán, que aunque tenga esta forma no es lo que parece, y me empezó a contar historias de su tierra. Parecía callado, tan cortado como estaba en la estación de tren, y en cambio allí, en la calle, las cuerdas que ataban su lengua se habían desatado con un estallido de látigo, en la esquina en sombra bajo los abedules. Los dos íbamos en mangas cortas. Las tiras de la mochila le habían dejado marcas coloradas en los hombros, y sobre esas pequeñas hendiduras dos filas de hormigas de sudor resbalaban hacia su espalda y su pecho. Hace tiempo de mayo, pero es agosto… perdón, al revés quiero decir. En mi tierra, dice, no hay calor.

Su tierra estaba en la desembocadura de un río, y allí iba a parar el Sol cada atardecer, y en ese enorme lecho el astro se recostaba en un cuenco gigante que le habían hecho con cortezas de sicomoro, como las cajas donde se guardan las momias. Mientras hablaba me miraba a la barbilla, como recordando. Me contó que los más ancianos compartían historias de sus antepasados con los niños pequeños y que las mujeres parían sin dolor. Me pareció demasiado fantasioso; mientras contemplaba cómo la hidra de su colgante bostezaba lentamente, le planteé mis dudas, y le dije que si tan maravilloso era todo allí, por qué se vino aquí. No sé si le pareció impertinente o no la pregunta, pero su respuesta le habría dado calambre a cualquiera que le hubiera dicho lo que yo. Esa tierra ya no existe; el viento se la ha llevado.

Seguimos quedando siempre que podíamos para hablar. Las historias que me contaba distaban mucho de lo que yo pensaba que era la realidad, pero me interesaba saber qué sorpresas podía contarme, qué hechos alucinantes podían salir de la imaginación de un hombre. Era mayo, pero por aquel entonces yo era un estudiante, y aún así tenía un horario más estricto que el suyo, íntegramente impuesto por sus necesidades fisiológicas y su sed de saber. Me habló de una biblioteca creciente en la que cuantos más libros se leían, más libros aparecían en sus estanterías. Cada día surgían más libros, y la gente de allí devoraba hojas y hojas de saber, leyendo a todas horas, turnándose y compartiendo las enseñanzas recogidas. Por lo que me contó Antonio, todos los habitantes eran laboriosos, diligentes. Aquella misteriosa tierra, realmente, no se parecía mucho a lo que yo conocía. Al preguntarme por cómo vivíamos en mi ciudad, le comencé a pintar, sin yo pretenderlo, un cuadro totalmente antagónico al del lugar donde nació. Le horrorizaba oír hablar de la televisión y la política. Atento a su creciente indignación, procuré que conociese los aspectos de mi ciudad que más vi relacionados con su tierra: las zonas verdes, el río, las bibliotecas, los cines… Su estupor se calmó ligeramente, si bien procuró decirme que en su tierra ya habían proyectado hacía miles de años imágenes en movimiento sobre la superficie de los lagos.

Dos semanas después de haberle conocido en la estación pocas cosas le faltaban por contarme sobre su tierra desaparecida entre las fauces de un tornado o un huracán. El tiempo que habíamos compartido había dado para mucho, y Antonio me había hablado – junto con las anécdotas que ya he mencionado – de perros que cantaban a los elementos naturales en las fiestas de verano, de árboles que escribían versos con sus raíces, de hombres con cuatro dedos y tres manos, de piedras que – mojadas con un líquido que fluía en manantiales monstruosamente recónditos – le robaban al cielo las estrellas, de pájaros del tamaño de una montaña o de recolectores de pensamientos que guardaban sus valiosos bienes en botes de cristal tapados con pañuelos, no fuera a ser que alguien se los llevara, que aunque la gente piense mucho es muy difícil guardarlos en un tarro, y el oro es valioso porque es escaso pero los pensamientos son valiosos porque son inabarcables.

Me llevó a la residencia donde estaba alojado, en una ancha calle con vistas a un solar con cimientos de cristal y barro. El tiempo había empeorado un poco, y alguna que otra nube parcheaba el cielo, mientras el viento entraba y salía por el marco y por nuestros cuerpos dejando tras de sí un rastro de humedad. Iba a llover. La piel de gallina es así porque la sangre se cristaliza y se mueve muy lentamente; si pintas la carne de rojo y cortas ahí, la sangre saldrá del mismo color, y me miraba señalándose un corte que tenía en la frente, levántandose el flequillo para enseñármelo. Era de tez morena, del color del café que se había tomado hacía dos días en la terraza. Puro fuego tostado en el mes de mayo.

Más tranquilos, hablamos del motivo de su estancia aquí. No tenía casa propia, e iba de un lado para otro contando historias. Adelantándose a mi siguiente duda, me contó que conseguía comida de carros extraviados, de bolsas olvidadas y de panaderos generosos. Tenía la costumbre de escenificar sus historias con gestos y movimientos secos pero suaves.

Se levantó, cogió su mochila, y sacó una tiza, con la que dibujó en el suelo un pequeño laberinto con fuertes trazos y un círculo en el centro. Se quitó el colgante y dejó a la hidra en el centro del dibujo, que es donde queda protegida de toda maldición que le echen, o así se lo dijo el chamán.

Sentados en sillas, hablamos de todo aquello que no habíamos dicho los días anteriores. Eran conversaciones sin un fin próximo, pues los temas eran buena materia prima y veo que los dos somos buenos mineros, y me reí, y él no. Las cortinas, de color verde, filtraban la luz, y la habitación parecía una jungla monocorde, sin moscas pero con el zumbido de un camión parado en la calle, con el motor encendido, dejando escapar una melodía de gasolina que mareaba a Antonio, me extraña que no os hayan reventado las cabezas por dentro. Cerró la ventana.

Su vello iluminado en contraste con la luz enmarcaba un rostro apacible y sereno. Le dije que parecía un letrero de neón, pero no se rió. El viento soplaba ahora con fuerza. El cristal de la ventana crujía, temblando, y el gris del cielo había contagiado su virus a la luz del cuarto. Antonio se quedó mirando unos segundos al exterior, se levantó, recogió el colgante de la hidra, luego la mochila, sacó la maleta, que ya tenía hecha – quién sabe si ni siquiera la había abierto desde que llegó aquí -, y me invitó a salir con él de la habitación, me tengo que ir ya, es una pena.

Salimos de la residencia, y le seguí sin saber – ni con certeza ni sin ella – dónde íbamos. Aún era de día, pero el vendaval que hacía persuadió a la poca gente que quedaba en la calle para que se resguardara en cualquier sitio cubierto. Antonio se iba apartando el flequillo del pelo, dejando ver la línea ocre, la vieja herida de su frente. Llegamos a la estación, y Antonio compró un billete para el primer autobús que saliera de allí. Me miró, mientras las lámparas de la estación empezaban a balancearse. Cogió un libro de la maleta y me lo dio. No tenía título, no ponía nada en la portada. Me tomó del brazo, no lo abras hasta que no me vuelvas a ver. Sin despedirse, se subió corriendo al autobús, y se fue. El vendaval pasó de largo, y volví andando a casa. No creo en estas cosas, pero cumplí la promesa.

Pasó mucho tiempo hasta que lo volví a ver. Lo imaginé de un lado para otro, siempre moviéndose, como una corriente de aire o las fogatas con las que iluminaban sus noches los habitantes de Cochibamba, o como quiera que se llame. Lo imaginé inventando historias para otros, igual que para mí, envuelto en aquel halo de neón que iluminaba su rostro tranquilo y tostado. A veces creía verlo entre los pilares de la estación, o entre las cortinas de una habitación cualquiera, o en el mismo viento, trayéndome colgantes con hidras bostezando a la sombra de un abedul. Pasó el tiempo, y la arena de los días borró su huella de mi mente.

Tardé en asimilar lo que vi. Por mucho que importara tampoco podría decir el día. Sólo recuerdo esa imagen, el ruido, y lo que pasó poco después. En el cuello llevaba el colgante de la hidra. Un soldado se acercó a él y se lo arrancó de un tirón. Lo tiro al suelo y lo pisó. Las hidras dejaron de moverse.

La frente, despejada, mostraba la línea ocre, aún más oscura que cuando nos vimos, muchos años atrás. Aquel detalle me sirvió para reconocerlo. Yo siempre había llevado conmigo el libro, que era pequeño, por si se daba la ocasión. Y allí me veía, incapaz de abrirlo por la amarga sorpresa.

La gente esperaba la llegada del hombre encargado de ejecutar la orden de fusilamiento. Los soldaditos de plomo goteaban de calor en el sediento suelo. Una multitud conversaba a voz en grito, en una espiral de ruido, para hacerse oír entre la cada vez mayor algarabía. El sitio en el que estaba me proporcionaba una amplia vista de la escena. Antonio no me veía, mirando al suelo. Parecía abatido. No sé si su pose era una máscara, pero confiaba en que sus ojos mostraran la misma serenidad que pude observar años atrás. Alzó la vista y miró hacia donde yo estaba. Estaba distinto. Estaba nervioso. Los labios le temblaban. Las manos, anudadas y unidas al palo, tentaban el aire con movimientos dubitativos, como faltas de aliento. La sombra del campanario se recortaba sobre la plaza, y parecía que con su punta pinchaba sus pies. La tierra del suelo se levantaba por el viento, tintándolo todo de color de pirámide. Algunos de los que esperaban la ejecución comenzaron a impacientarse, tapándose los ojos, no fuera a entrarles una mota de polvo en los ojos, a este paso no vamos a poder ver nada.

Por fin llegó el hombre al mando. El viento soplaba con furia creciente, pero la gente se mantenía pegada al suelo, aferrada a la ilusión de poder ver cómo mataban al criminal. Pregunté la razón de la ejecución. Hablaban de un asesinato. Otros decían que le mataban por ladrón. Algunos, situados en primera fila, decían con tóxica ironía que el pueblo quería divertirse, que si no pasa nada nos morimos de asco.

Los toldos de muchas tiendas empezaron a salir volando. Cada vez se veía menos. El viejo jefe se acercó a los soldados y les dijo unas palabras de las que sólo oí frases inconexas. La cadena del palo al que Antonio estaba atado, hundida en el suelo, comenzó a tintinear. Un murmullo ajeno a la muchedumbre comenzó a inquietar a la gente.

Los soldados se colocaron frente a él, de espaldas a la multitud. Recordé la promesa del libro, y antes de que lo mataran, lo abrí. Estaba hueco. En su interior, dormida, vi la armónica de sicomoro. No pude ver casi nada. Poco antes de que sonaran a lo lejos los disparos, Antonio desapareció entre los remolinos. Las balas chocaron contra el muro, dejando rastros de sangre gris, caliza.

Nadie más salió volando. Solos él y el libro. Volando lejos de la tierra, no sé si sólo cuerpo, espero que allá donde las hidras no tienen cabezas y los perros cantan entre bibliotecas olvidadas y tarros de cristal vacíos.

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