En autobús

La destrucción de Leviatán - Gustave Doré (1865)(En autobús). La postcomida, el asueto romano en divanes junto a mesas con fruta y pescado; ahora dos asientos de autobús, el mirar apático, doblando papeles. Gorra de rejilla. Se le escapan las ideas… y el entusiasmo. No le queda nada. Diríase que no es consciente. Acaso mero autómata condenado a la doblez eterna del tiempo y el espacio viajando a no sé dónde. Cualquiera de los puntos cardinales, NOSÉ, atravesando la frontera electromagnética; las pulsaciones de radio comienzan a toser, a extinguirse. Como desde un mundo muerto, desde la sala de un castillo abandonado, las trompetas y los violines, vientos desenfadados me susurran estrepitosamente con voz de vacío, la tremenda sala de brillante suelo; se reflejan en el espejo del aire pálido y quieto impenetrables rostros de ojos como grutas marinas, urnas calcáreas, cadavéricas de fondo opaco. Nadie en el castillo. Ahora ni siquiera palabras, el locutor diciendo letras, fonemas, tónicos… Madrid, pues bien, sinfonía, revisión drástica. Hablando con nadie y el que sea. ¿Cambia el mensaje si la persona que lo recibe es otra? Lo que salga, salió. He atravesado la tormenta de arena, y los oídos chirrían de placer y dolor mientras el vibrato del autobús acompaña mi retumbar craneal, mis tambores de metros y metros de diámetro – fiestas de joyas, techos altos, columnas de catedrales y charanga -; en cuevas con ritos indígenas, ocultos, más cercanos del núcleo, de la madre tierra, de lo primigenio.

Parece que el coche estirado y estilizado quisiera fecundar – con aceites esenciales – la fila de delante. Comprado para reforzar una masculinidad perdida. Hombre desnudo en su plenitud. Fuera gorras de rejilla, zapatillas base pintadas con estrellas, y sigue la apatía; víctima de las modas y convenciones. Parecía que se habían separado pero ya salen, se van quién sabe dónde; al fin y al cabo sonríen, cruzando el polígono: guardería, furgonetas, carteles sin contexto, planicie – tengo esencia de pueblo en mi hogar, y me reconforta; enamorado de Lorca – concreta, concrete, cemento inglés. Descompensada postal, ni dos tercios de coche frente al enorme autobús. En su búsqueda con dulces notas de cantata fílmica, de película de terror, la chica se desmaya: culmen. Panal de abejas: asociación ilícita. De dónde sacas todo eso.

Nihilismo. La abeja laboriosa vence la partida para otras causas; la suya propia, mero peón. Felicidad vacía. Sé zángano y no reina. Fabrica miel. Quédate parado, como el autobús. Buscarle tantas explicaciones al mundo, a los no-mundos, a la metafísica, para luego caerte en un charco de agua sucia y quedarte perdido, manchado de apriorismos y vaguedades. Al menos algo es algo, las vallas pintadas varían la vista.

¿Qué árbol es ése? Primo hermano, naranjo, verde claro, que no salga el sol o me quemarán los ojos sus verdes claridades, su diáfana poesía; pero me está descubriendo; aunque huya en esta cárcel temporal en mar de cemento, en mar helado; construcciones de la Hélade, inspiración robada al tiempo – en una facultad de Odontología a medio erigirse -, un poco más cada día. La inspiración es polar: renovable, inagotable, y a su vez inabarcable, temprano despertar de la conciencia que pronto comienza a deshilachar la hebra dorada que cae desde una gloria celestial.

Mi corazón anhela algo infinito, algo superior, pero necesita algo más que esta fe hueca, que esta cáscara que se me va deshaciendo entre los dientes, de amargo sabor; pero me llegan dulces olores, coincide con la realidad, la cruda realidad, esta vez sin acciones justificadas, el simple y llano actuar por actuar; me mueve mi humanidad, como a tantos otros. Me mueve, ergo, la falibilidad. ¿Ni de esto puedo estar seguro? – Paradoja de Russell -.

Manos dibujando - Escher (1948)Bolas verdes y cabeza azul. Edificio bícromo. Pequeños detalles que eclipsan el resto de su rostro. De puertas afuera, aire, caída. El hueco en el suelo, el ojo quebrado con sonido de cucaracha aplastada – mordiendo galletas – cremallera abotonándose, con leves toquecitos, cri, cra, crac… Progresivo deleite para el dios Cronos, que no deja de alimentar mi carácter saturniano. Diríase que yo mismo alimento mis alientos con el fango de una herida putrefacta, con la manzana podrida; diríase que empleo mis energías en perderlas – en perderla… hace tiempo que no -, una persecución trivial; mezclando negocios con sentimientos, la publicidad sólo tras el mundo de los sueños – último reducto -. Reducto inexpugnable. Metáfora de la temporalidad del que ansía. Para ser feliz, no debemos poseer algunas de las cosas que deseemos, dijo Russell, agnóstico. Agnosticismo como velo blanco, luto o boda, faltaba el voto neutral, el elemento transparente – transparente mejor que blanco -. El gris pertenece al blanco y al negro; doble creencia, doble falacia. Perdonen que sólo confíe en mi mundo de los sentidos – aunque Platón se revuelva en su tumba -. Gastan energías imaginarias con motivaciones convertidas en pretextos – en preconciencias -. No quiero compartir mi manzana con las manzanas podridas que crecen en raíces seculares.

Los colores. ¿Cuál de las combinaciones es la correcta? Hallar placer en la carencia. Carencia de vibrato de motores y tornillos aflojados: placer. No te mal acostumbres a la cama del conformismo. Sé estoico. Acepta el dolor como parte inherente de toda vida; “todavida” es siempre hoy. Pierden todo el sentido y el jugo – las palabras -. Huye del dolor de las palabras en desorden desconcertado, huye del jugo gris que se agarra con piolets a tu garganta – garganta y piolets mexicanos de Trotsky -, y se impulsa hacia lo más profundo de tu poco abisal cerebro, de la cáscara de tu mente, cáscara de la conciencia o [¿misma creadora?]. Cráneo: cáscara de cáscara. Misma causa, cáscara, efecto: asociación puramente fónico-semántica.

Ese hombre huele a tabaco, a palo de nata. ¿Cómo me puede gustar el palo de nata si huele a tabaco? Olor desagradable, dulzón, musgo marino… y cambia por completo mi visión. Ojos verdes como hoja de coca – azulados -, carreteras desiertas, amplios maletones de viaje en una carreta junto a mi cuerpo – recuerdos del rancho de Oregón y el indio enharinado -; hablo desde la conciencia superior inexistente; creo historias que van creando tinta de ca-la-MAR, animal oceánico, ideas – idaeas, héroe homérico – y sensaciones que se escapan como granos de arena sin impurezas por entre los dedos; otras veces son agua – pensamientos indivisibles -. Arena y agua: fango, vida. Ambivalencia del fango. Fangre cuajándose entre mis dientes, grumos rojos sobre mis labios, adheridos al cielo de mi boca, a mi paladar, al dosel de mi celeste interno, ¡imagen que debo fijar! ¡Bella postal, imagen, foto nostálgica! Ya se está transformando…

[Poesía de otra entrada]

Amante del hogar, ¡lánzame tus rayos aturdidores! Dios ufano, ¡duerme mis fatales reconcomios! ¡Húndeme – hasta los cabellos – en una vida de duende! Deja sólo el agridulce sabor de la escritura; la imagen de las almendras amargas, la chica del pelo naranja, como la salsa agridulce. Naranja: escaparate de papel charol, no pinocho, no confundir – y es curioso que justo ahora haya mirado y haya un escaparate naranja -; confundido, sin embargo; y al momento, consciencia de lo absurdo de dicha confusión. Conciencia de conciencia. Absurdo de lo absurdo. Bien me vendría un poco de primitivismo; tanto luchar contra mi propia ignorancia y soy el más ignorante de todos. ¿Sirve de algo mi vida si salgo de la cueva y admiro el celeste escondido tras la roca?

Ya queda poco para completar la vuelta. Ha bastado un leve impulso para convertir este bloqueo en torrente de cristales polícromos. “Jardín privado”, ¡mirad cómo os robo con mis ojos! ¡Mirad cómo elevo mis tentáculos, mis brazos de medusa, y os robo tiempo! Cambio cuánticamente vuestra privacidad, destruyo la exclusividad de la observación de vuestras plantas. Crecen en cualquier lugar y aún teneis valor de considerarlas vuestras… destruirán el cemento de vuestras abigarradas conciencias, anquilosadas, pastosas y políticamente correctas. El hombre de los ojos de hoja de coca se ha ido. Ahora apesta a moralina.

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