La carta

Alfred HitchcockSeñora Márquez, le resultará extraño que le envíe una carta, cuando suelo hablar con usted todos los domingos. Cuando subo las escaleras con la compra, usted me da las gracias, y empezamos una conversación que termina con una partida de cartas en la mesa. No recuerdo ya cuántos años he estado trayéndole las bolsas. La verdad es que nunca he fallado en mis recados. Ningún domingo. Por eso, supongo que le extrañó que no subiera la semana pasada a su casa.

El último día que estuve con usted – hace dos semanas – venía un poco cansado. Usted pudo verlo. Incluso me ofreció llamar al médico, pero ya sabe, a mí todavía no me hace falta esa clase de ayuda. En ese tipo de situaciones, usted no se preocupe por mí. De tantos años que hemos compartido, ya me conoce lo suficiente como para darse cuenta de que soy una persona robusta, en buen estado de forma, y que no tengo ningún mal vicio – comprenderá que algunos vicios no estén mal vistos, usted me entiende -. El último cigarrillo que fumé estará ya descompuesto en una alcantarilla cualquiera. Supongo que en la que está enfrente de la puerta de mi casa. Bebo un vaso de vino en las comidas, pero nunca me he emborrachado. Soy una persona formal, señora Márquez. Puede comprobar que nunca la he tuteado – no por falta de confianza, no crea eso -, sino por respeto hacia su persona. Hemos compartido muy buenos momentos. Nos hemos hecho confidencias que para más de uno nos habríamos guardado. Mire, a mí nunca me ha gustado tener pareja. Pareja sentimental, usted me entiende. Pero la compañía que usted me ha proporcionado todos estos domingos ha sido algo que compensaba el peso de las bolsas que le he subido hasta el ático.

No sólo eso. He sido para usted, además de un confidente, de un compañero, de un amigo – porque yo la considero mi amiga, a pesar de la diferencia de edad que en un principio puede suponer un obstáculo -, he sido también, decía, quien le ha arreglado la casa, quien le ha hecho alguna que otra chapucilla: la pintura de su habitación, el grifo roto del cuarto de baño, la antena de la tele… No quiero decir, ni mucho menos, que yo haya sido imprescindible para usted. Usted sí lo ha sido para mí.

Todos los domingos, cuando nos sentamos a la mesa, me habla un poco de su marido. Su marido, en la mesilla de la ventana, junto al marco con la foto de su boda, con el papel marrón – por el tiempo o la melancolía, quién sabe -, con los bordes arrugados, mostrando una pareja que en cambio no se aja con el paso de los años. No puedo saber la tristeza que siente alguien que ha perdido a un ser amado, pero supongo que es mucha. Supongo que todas las noches se acordará de él. También todas las mañanas. Supongo, la verdad, que se acordará de él todo el día. Que ha sido el hombre de su vida. No quiero entristecerla con esta carta. Usted sabe que yo soy feliz si usted es feliz. Una semana no está completa si no voy a pasar la tarde con usted. Con el paso de los años le he ido cogiendo cariño. La he llegado a querer. La quiero, señora Márquez. En un principio supuse que ese afecto era efecto natural de nuestra compañía mutua. Supuse que, como granos de arena, los segundos que pasa uno junto a alguien se van amontonando hasta formar un cálido lecho. Pero esos granos se escapan por el reloj de arena, y como sabemos que todos tenemos un final, comenzamos a ver con otros ojos aquello que vemos, aquellos con quienes hablamos. Yo la comencé a ver con otros ojos, aún más desde que tuve conocimiento de su enfermedad.

Aunque sé que es imposible, me duele casi tanto como a usted la situación por la que está pasando. Verse, de un día para otro, postrada en una cama, es difícil. No estoy seguro – ya ve que supongo muchas cosas -, pero creo que uno echa en falta todo aquello a lo que no ha prestado atención cuando ya no lo ve en el espejo – en todos los sentidos de la expresión -. De pequeño tuve un problema en un ojo; el médico me puso un parche, y estuve mes y medio viendo sólo por el izquierdo. Cuando me quitaron el parche… sé que es una tontería, usted ya tiene la suficiente experiencia como para saberlo, pero veía las cosas con otra mirada. En todos los sentidos, usted me comprenderá. Me había acostumbrado a ver sólo con el ojo izquierdo. Los primeros días habían sido muy duros para mí. Le hablo desde mi mentalidad de cinco años. Claro está que ahora aceptaría que me taparan el ojo durante un tiempo, porque esas cosas pasan. Pero, por aquel entonces, pensé que me quedaría tuerto de por vida. Poco a poco, me fui adaptando al cambio. Con el paso de los días, el ojo derecho se me fue abotargando. Ahora que ha pasado tanto tiempo, recuerdo esa sensación como la de un miembro fantasma, un brazo que ya no tenemos, una pierna que ya no nos va a servir, una mutilación de mi mirar. Yo no sabía cuánto tiempo llevaría el parche, pero llegó un momento en el que dejé de pensar en él. Me centré en mi ojo sano. Moldeé inconscientemente mi propia imagen mental como una figurilla de plastilina. Y, al mes y medio, me lo quitaron. La luz era distinta, más diáfana. Era como si mi ojo, hambriento, engullera cualquier rayo que llegara a él. La mirada aletargada volvió a despertar con fuerza redoblada.

Usted perdió hace años a su marido. Y le embarga un sentimiento constante de tristeza, puedo verlo en sus ojos, en su expresión. A ello se le suma este mal que la ha dejado de por vida en una cama. Su marido ya no tiene cuerpo. Su alma no está en su casa, señora Márquez. No quiero verla sufrir, no quiero que se engañe con mentiras e ilusiones vanas, con recuerdos que la dejan pasiva, parada, sin aprovechar el tiempo que le queda. Desearía que desbrozara cada uno de los granos de arena que el tiempo le ha reservado en su final. No puedo verla así. Yo la quiero, señora Márquez.

Usted no es tan mayor. Sé que el llevarle las bolsas era una mera excusa para vernos. Lo he visto, es algo que he visto. Me extrañó que buscara a alguien para hacerle los recados. Creo que lo que usted quería era compañía. Y yo se la he ofrecido todos estos años. Todos estos años, todos los domingos, fuera el mes que fuera, y siento que usted no me lo ha agradecido. El cariño que le tengo eclipsa cualquier sentimiento de rencor hacia usted, pero me siento despechado. He estado a su lado en los malos momentos. Los buenos momentos no existen. Son las malas rachas las que se salen de la rutina. Pero convertí su rutina, su futuro de viuda solitaria, en algo mejor. Lo hice desinteresadamente, pero creo que por su parte debería haber habido alguna respuesta. Las confidencias son un buen inicio, pero sé que usted no sentía por mí el aprecio que yo le he profesado. Sus pensamientos, sus suspiros, han sido siempre para un hombre que ya no está. No niego que fuera feliz junto a él, pero ya no está con usted. Existe sólo en su mente, señora Márquez. Eso es algo que no comprendo. Toda persona tiene que vivir con lo que tiene en ese momento. Nadie sabe cuándo nos iremos para siempre, y hay que aprovechar los medios de que dispongamos para ser, si cabe, menos infelices, para escapar del tedio y la apatía. Señora, llevo tiempo sintiendo cómo la desesperación se abría paso en mí, como una llama que me devoraba el estómago. Muchas noches he pensado en usted. Muchas noches he soñado con usted. A veces me habría gustado acercarme a verla entre semana, pero no lo he hecho, por miedo a romper la constancia, la continuidad de nuestros encuentros. Por miedo a tener que dejar de verla.

Hace poco, me dejó la llave de su casa. Usted sabía, señora Márquez, que tarde o temprano no podría abrirme la puerta. Los últimos días llevé la mesa donde jugábamos a su habitación, a esta habitación. Ahí, junto a la cama donde está tumbada, vi la urna. Vi la urna con las cenizas de su marido. La misma urna que, sobre la mesilla con el marco de fotos, servía de testimonio de una presencia del pasado. Una urna llena de polvo. Llena de suciedad, llena de vida muerta. Si la enfermedad la ha dejado quieta, la urna la ha mantenido en un estado patético, que me ha movido muchas veces a la compasión. Tanto tiempo perdido por un recuerdo. Me sorprende cómo una idea ha podido apoderarse de usted para transformarla por completo. No quiero verla así. He tenido la certeza de que haría todo lo que estuviera en mis manos para evitar su dolor. Por eso me llevé la urna. Por eso la destrocé, tiré a la basura el polvo, lancé con ella al olvido todos los recuerdos de quien la ha mantenido retenida todo este tiempo. De quien ha impedido que me correspondiese. Trituré los trocitos de cerámica, los trituré para que no hubiera ningún rastro de su pasado. Para que pudiera volver a empezar de nuevo. Quemé también la foto. Mandé a la nada los objetos que no son nada, que nada representan ya, excepto ideas que anquilosan, ideas que se alimentan del cieno de la pena. Yo soy vida. Yo le he entregado mi vida.

La semana pasada no podía aguantar mi culpa. Lo que hice calmó la desesperación que sentía, pero el día siguiente la llama que atenazaba mi interior se volvió un infierno. Pensar en su dolor, imaginar el momento en que descubriera que no podría volver a ver todo aquello, me hacía sufrir. Nunca le he deseado mal alguno. Todo lo que he hecho ha sido por su bien.

Le he entregado en mano esta carta para que la lea junto a mí, para que sepa lo mucho que la quiero, para que sepa que quiero serle sincero, decirle las cosas como deben ser dichas. Está demasiado débil para golpearme por lo que hice, pero sé, porque lo sé, señora Márquez, lo sé, sé que está enfadada, desesperada, desesperada como yo. Sé que nunca me querrá por todo lo que he hecho. Sé que he cometido un error destrozando su vida de esta manera, destrozando sus recuerdos. Le he hecho mucho daño, inconscientemente. Tal vez, como a mi propia imagen, la he moldeado a imagen y semejanza de mis pensamientos, mi figurilla de plastilina. Tal vez no haya sabido ver cómo se sentía realmente, no haya sabido ser lo suficientemente valiente como para haberle contado esto mucho antes, mucho antes de que comenzara a nacer un infierno en mi interior.

Pero lo hecho, hecho está. Y sólo puedo arreglarlo de una forma. Por su bien y por el mío. Para que, sentado a su lado, su última imagen, mi rostro, sea el recuerdo que guarde por siempre, mientras el cojín le aprieta la nariz hasta que deje de moverse.

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