Soliloquio del lector

James JoyceJulio CortázarA veces, sentado, tumbado, de pie, sin importar cómo esté, o incluso cómo me encuentre… tengo que leer. Tengo que escribir. Es una sensación impetuosa, una llama que se abre camino a través de los más densos matorrales, de las más angustiosas cárceles que a veces aprisionan mi alma en momentos de tristeza y melancolía. Aunque volví humo la parte de pena que correspondía a mi voluntad, la pena a la que yo me acercaba, la pena que tocaba y acariciaba con un cariño enfermizo, hay segundos, minutos, horas… en que la oscuridad viene, es ella la que se acerca a ti, y ninguna estrella te ilumina; apenas puedes adivinar la silueta de una ventana, una puerta que se abre al cielo. Lees, escribes… y todo queda, pero las caricias, el cariño, ya no es algo enfermizo. Funciona siempre así. Cuando me encuentro cansado, turbado, apremiado por la necesidad de quererme a mí mismo… tengo que leer. Tengo que escribir.

Y me mueve la vida, la energía que late en mi yo potencial, el caos que quiere arramblar con mi limo y transformarlo en seres de barro cocido, en figuras hermosas, hijas de la inspiración, de las ideas que flotan como polvo, que reposan como humo sobre el suelo, presentes haga frío o calor, haya luz o tinieblas. La misma energía que me impulsó al nacer, al caminar, al hablar, al sonreír, al llorar, al rabiar por la defensa de mis impulsos… (suspiro liberador en su lectura) se acuesta junto a mí sin tocarme, y muchos días su calor apenas se percibe en el frío páramo de mi cuerpo helado por dentro. Y es entonces, en el momento en que más siento mis invenciones de alma pasiva, mi soledad y mi frío, cuando una chispa recorre mi cuerpo, cuando un certero calambre alcanza mi centro y me propulsa con su energía escondida, oculta en las sombras de mis ojos cerrados al viento y la cumbre, hasta el pomo de la puerta, hasta el cubo donde lloro y vomito los remordimientos.

Y abro el mundo de papel, soplo por la trompeta y toco la fanfarria de mi reino, en honor de mi hegemonía, de mi trono, de mi soberanía. Me dejo llevar por los acordes que bailan con pasos libres y sueltos por la vasta superficie de la campiña, recogiendo frutos abandonados, inmarcesibles, que me alimentan y me dan vida. ¿Y qué es la vida? Desde luego, no sé decir si es una ilusión, un sueño, una sombra o una ficción, pero sé que, en el Universo o el estado o el orden de cosas o el grado o el tiempo en que exista, vivo mi vida, vivo este fenómeno tan complejo, esta lucha entre partes discrepantes, estos diálogos entre mí y mi Justicia, estos romances entre el tiempo y la tristeza, la repulsión de las horas para con el placer, los dolores de cabeza y corazón, las balanzas y mesas cojas, los papeles guardados en cajas de fuego y hielo, los patios inhóspitos y las jaulas convertidas en hogar, bandadas de pájaros y bancos de peces con espinas de rosas cosquilleando en mis cúpulas de barro, bestias hambrientas en el desierto, fuentes lujuriosas y fúlgidas, oro blanco, carbón, oro negro, clavos, hierros que marcaron mi piel, hammam, almohadones, un salmer agrietado, un espejo roto junto a mis gafas, unos ojos defectuosos, un corazón de venas negras, una bolsa con huesos, un hueco en el fondo del océano, una cueva, una gruta submarina, un calcetín en la boca, una pinza en la nuez, el sueño profundo que viaja en barcos de vela, en veleros blancos en la bahía Albertiana, el azul, la camisa blanca y holgada, los cabellos al viento, la sonrisa innata, natural, la alegría que sale a pasear por la ciudad, la hoja que crece, el copo que cae en nuestra boca, la gota, la sangre, la curiosidad, las fotos borradas que quieren decir muchas cosas, las cuerdas que partimos, los puertos de los que partimos, las puertas que estampamos contra la nariz, los ojos apretados, los dientes que rechinan, la pulpa, la costilla, la piedra, Adán, Caín, los saltos sin red, dedos en el agua, surcos en los cojines, mis manos como azadas que aran tu cabeza, lo burdo, lo práctico, lo fácil, lo humano, lo fugaz, el temperamento, la presión, la muñeca marcada con bultos sanguíneos, la pereza, el sofá, el trabajo y la maldad, la risa maldita, las cartas marcadas, las marcas pesadas, los vivos retratos de fantasmas, los agujeros en la pared, las agujas y la gravedad, las barcas de ríos y parques y los paseos, las pestañas del Sol, la polisemia de las copas, la magia del flechazo, el dolor del veneno en la flecha, la dolorosa cura al arrancarla, la indiferencia, la boca seca, las palmas abiertas acariciando la nada, los abrazos al viento, las cenizas húmedas, la mano en la turba, los ombligos en cólera, entre retorcimientos y besos robados, las camas de carga ligera, las curvas peligrosas, los muelles empedrados, las calles desiertas entre tanta gente, lo gris, lo neutro, lo muerto, sabor a café, cerveza tibia, agua turbia, cera de oído, primer y único plato, de postre un soliloquio, y tu conciencia parará. Todo eso nunca es, siempre está. Último sentido: evanescente. Fuma el humo que se esfuma, y cambia. Todo eso está en los libros, y en mi vida.

Es el aroma de mi muerte, la señal en el sendero. Todo recto en esPirales.

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