Ajedrez

Claustro mudéjar del Monasterio de GuadalupeDos avances contrarios en el tablero. Dos pasiones equiparables a sí mismas. Movimientos pendulares de masas de cuerpos con espadas. Defensa de dos sentimientos que chocan y derraman sangre, truenos de nubes. Salmones contra la corriente de la Historia, del tiempo trascendente. Muerte inútil dentro de una estadística mareante. Un final escrito en caracteres ilegibles, en una lengua más antigua que la piedra, del principio del principio, ese tiempo verde, joven, negro y rojo. Dinosaurios recortados contra el cielo cobrizo, en un crepúsculo en gradiente, fijando su imagen junto a la música del agua y los volcanes. Allí nacieron y han desembocado los constantes impulsos de guerrear y matar. De asesinatos escondidos tras muertes de mártires. Alfanjes al viento, alaridos en lenguas romances, ebullición geográfica, montes de musgo y palacios con arcadas. Exaricos y mezquinos. Caballos bayos, corceles negros. Relinchos. Primeras incursiones en terrenos incómodos y desconocidos. Planes de ataque. Fallos en la defensa. Masacre. Regresan los que arrastran su vida en jirones. Recomponen su situación. Y vuelven al ataque. Hasta que no muere el último, la victoria no deja de aparecer en sus sueños, y se crean banderas, revelaciones imaginarias que impulsan la acción, que aumentan la presión de mi probeta, la reverberación de las ondas en mi vida tubular. Ondas que se complementan. La piedra lanzada al agua y el calor de los pies. Diferentes movimientos en el tablero de ajedrez. La forma de la partida no cambia. Su fondo, tan profundo, comprende numerosos movimientos, posibilidades, que van cerrando puertas y abriendo arcos, sombras rígidas sobre el rugoso fragmento de piel y vida que cuantifico al despertar en enumeraciones asombrosas e igualmente estúpidas.

La lucha absurda es la lucha innata. Ésa es la condición impuesta por el tiempo primigenio para avanzar en la vida. Seguir nuestra razón con condiciones generadas por nuestros instintos. Nadie dijo que esto iba a ser fácil. Lo dijeron mis instintos. Equivocados, acaso un error de cálculo visceral. Y en cambio seguiré sintiendo su fétido aliento de bestia, su suave frescor en las noches de verano, su ambigüedad, su paradójico fluir estancado en mi cerebro. Vivir perdiendo piel. Vivir perdiendo vida.

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