Estrellas

Agujero negro
No temas el velo de la incertidumbre

El cielo, su luz, lo celeste, se han escapado. En medio del rectángulo de cemento, con el índice hinchado de apuntar y golpear, miro arriba, y abro sin querer mi boca. Los puntos blancos, rosas, verdes, bailan en el espacio. Respiro, como si al inspirar lograra recoger el olor de los astros. Me rodea una noche de cristales ahumados. Me sobrepasa. Mis pupilas se dilatan, y se esparcen por mis globos, y vuelo alto hasta trazar con líneas de pupilas en movimiento el lento compás, un arcano armazón de hilos de araña. Busco el carro, la Osa, los bueyes en el carro, la Estrella Polar, la quinta distancia del lado corto de la tela de araña. Más allá, el cisne. La cometa. El dragón escupe fuego desde los portales de Betelgeuse. Coloso. No me mires con esos ojos inyectados en sangre de big bang. Alfa centauri, a las afueras, con la puerta encajada y un seno moldeado por los cimientos de una nueva era. Espera en el marco del futuro, guardando la llave bajo una nueva serendipia.

El punto blanco surge en mis oídos. Pitido. Las voces de mis amigos, pitidos. Las confidencias de aquellos que lo fueron, pitidos. El silencio, un pitido monocorde. El alma abierta, a veces arrancando los botones de sus ojales, rasgando su piel de tela seca, un pitido. Y después, de nuevo las estrellas, de nuevo la vista, de nuevo lo que percibo en mi Tierra, en mi tierra de significados inconexos, inspiraciones difusas, estallidos fatuos de palabras sinápticas. ¿Y si muriera ahora? Cinco segundos después, se me olvida esa pregunta vacía de intención, tal vez retórica, ilusa, carente de materialización, pataleta de mi trascendentalidad frustrada, de mi parte de personalidad metafísica, del lenguaje de las estrellas que ocultan sus rostros cuando la luz llega y el corazón vive sin perturbación.

Las estrellas no ayudan, no dan soluciones, no extienden sus brazos de puntas ni titilan, en su propio código, respuestas de luces y sombras para los problemas del que les muestra su boca. El tiempo y el espacio son esféricos en el Universo. Mareo. Miro al cielo. Punto blanco. Puntos blancos en mi silencio. Convergencia de sentidos. Cinturón de Orión sobre la playa. Tantas otras alimentando esperanzas e historias en tantas otras carnes… Carnes activas, que recogen un sentido de su simple iluminar, dejando que, dentro de su ser, ahogados por plásticos negros, surjan puntos de calor, puntos de luz, puntos de fuga para sus angustias, sus cardúmenes enredados en cuerdas de aluminio.

Y los paisajes… Una vez de día, los paisajes. El mar. Lo miro y lo convierto en la mar. Amor de marinero. El Sol. Bola de grasa, energía, cabeza de faro y de cerilla. Los recuerdos de otros días: los lechos de hojas de agua. La soledad en compañía. La peor de las cárceles. Enterradas en la arena, junto a gemas y huesos de piratas, tengo la suerte de encontrar una ganzúa universal. El amor. Enterrado bajo el fondo del hambre, el deseo. Sepultado bajo horas y hojas perdidas, el nuevo mundo. Pero el amor abre mis puertas. El amor me empuja el latir. El amor me lanza hacia esas estrellas que lucen en la fiesta del firmamento, me eleva, me eleva, me eleva y mis pies pisan la nada mientras mis dedos acarician la Luna.

Mis dedos. Tu piel. Mis yemas se diluyen en gotas que resbalan por tus montes. Mis ojos, taladrados, se quiebran e inclinan, reverentes ante tu mirar. Tu sonrisa, tus puertas blancas tras las que se esconde un pálpito de saliva. Tu Salto del Ángel, diáspora de cabellos hacia tu pecho, resbalando por las rocas de tus hombros. Mis yemas se unen a tu estrella, y el cielo se parte. El fuego nos enfría. Te inclinas a la derecha. Y cierras los ojos cuando dejo caer mis párpados. Por un momento dejas de existir. Pero es tan dulce el entrecerrar, el sentir en mis pupilas tu Universo esférico, tu Universo múltiple, tus formas cambiantes, tú en mí, en mi reino, en mi trono olvidado, desinfectas las heridas de su cuero, ajado por el tiempo y el descuido.

…Y es entonces cuando PITIDO. Silencio de nuevo. Aún no te he visto, y ahora el único consuelo es pensarte, uniendo mis luceros a los tuyos con hilos de seda, con suaves anhelos amantes de la esperanza. Amantes de darle una oportunidad a la intuición, de apostar en la batalla por el latido que alimenta mis piernas, mis pasos, mis ríos salados y mares dulces y tibios, mis bocas de fuego y fuentes de agua fresca.

La vida, batallar entre extremos. Rehogar el pasado es el único paso de la receta de nuestras circunstancias. El único plato que nos sirve la vida es la incertidumbre. Plato llano, plato hondo. Palillos, tenedores, cuchillos hundidos en la carne. En mi carne. Santo y seña: resiste. Con el tiempo comprenderás los titileos de tu voluntad. Comprenderás que el silencio es el peor de los ruidos. Comprenderás que tu estrella se apagará en el fin de tu obra, en el mar de Manrique.

Comprenderás que, aunque tu camino caiga, las estrellas no cambiarán su rumbo. Con los pies en la nada y la mente en un todo celestial. Resiste. Resiste.

Resiste y vencerás.

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