Derrame

Mundo flotando

Quiero escribir como Joyce. Quiero alcanzar el corazón de la palabra, deshacer el túmulo bajo el que la dormida sombra de una idea respira pausadamente barro y humedad.

La mañana. La radio. El autobús. El gusano me engulle. Dos gusanos, orgánico y artificial, el crujido en las curvas, la muerte con un palo, el palo que clavas en el gusano, en la mitad, allí donde permanezco de pie, quieto a toda velocidad, en el barco fantasma de un día fantasma, con nubes bajas, sueño alto, ojos pétreos, de topo, de corteza de árbol, de mármol, de estatua sedente, tranquila, reposando en su sordo mirar de siglos. Y los ojos de la estatua, rotos, rotos ya, fino polvo en el suelo en el que seguimos orinando, en el que seguimos abriendo agujeros para vomitar y soltar desperdicios, palos, astillas, huesos, cartílagos, dientes sacados de cuajo, y luego taparlo todo con un velo de seda natural, con una máscara de sobrada felicidad, de sabia decisión.

Los rostros son estatuas. El autobús, el gusano, nos devora a todos. Nos teletransporta. Un dos tres ya. Ahora estás aquí. Ascensor que carga, que descarga los diferentes niveles, pisos. Sube y baja. Sube y baja y sube. El niño atrapado. El hombre con horas por delante y una baraja de cartas y un metro cuadrado, un espejo, una trampilla y una soga imaginaria. Quiero irme pero a dónde. A dónde. Adónde. Adonde. En el abismo de la muerte, me inclino a mirar y me caigo. Y aún así pienso en las tildes. La amante de los gramáticos. El mono gramático de Octavio Paz que no tiene nada que ver con ascensores. Allí no había ascensores. Sólo había hierba, charcos, suciedad de piel y limpieza de espíritu. El alma, ¿dónde está? No la veo en los autobuses. No la veo sobre estas cuatro ruedas de petróleo, de goma, de caucho quemado y procesado, que explota y me impulsa para atrás, me choco contra el muro, contra el escaparate, sin cristal de pega ni balas de fogueo. La cruda realidad. Ni siquiera precocinada, soltando entre nuestras muelas y huecos dentales cartílagos que masticar, gomas orgánicas que no se rompen, que son inmortales y viven en los cubos inertes de basuras, quién sabe si junto a la cáscara de plátano están las cenizas de mis antepasados, nadie lo sabe, La respuesta está en el viento, Blowing in the wind, un globo volando y guardando cenizas que veo al trasluz del resplandor de un relámpago. El trueno lo corta en dos mitades, la goma y el aire, y las cenizas buuuuuuuf, saltan al vacío, no mires arriba no vaya a ser que una te entre en el ojo y te tengas que echar unas gotas de agua sucia. Es lo mismo el agua del váter que el suero contra mi conjuntivitis, no es agua sino agua sucia. Ya te lo he dicho, las cosas no son lo que aparentan. Cuando lo viste todo tan claro y creías que la culpa no había visitado tu reino te equivocaste. Y ahora te confundes al pensar que es habitante exclusivo de tu tierra. Hay para todos, como la nada. Nada hay para todos. Sólo la nada. Ni siquiera es algo la tilde que pongo sobre ese “solo”, que ahora me deja solo junto a mí mismo, junto a mi sombra que me observa sin ojos, con su silueta difusa desde el pavimento que imagino mientras a mi lado la madera falsa sostiene por siempre sillas que nunca sentirá en sus nervios de loza.

Un mundo en una miradaLa chica me mira y se vuelve. La chica escucha y decide girarse. El joven arma jaleo, monta un escándalo; puedo sentir el agravio, un agravio comparativo, que o todos moros o todos cristianos, pues es usted un absolutista. ¡Viva el escepticismo! ¡Viva el relativismo! God save the queen! Soltemos las amarras, vayamos a la aventura, allí donde el remolino espera dando vueltas, impaciente, para tragarse nuestra moral universal y nuestra propia humanidad. ¡Rápido, huyamos! ¡Despojémonos de aquello que más pese! Yo me quedaré en mi camarote guardando todos los pseudos en el cofre, y al cofre me ataré y dejaré que la corriente me lleve a la costa de la muerte, a la otra costa de la muerte, no a la que dicen que es bella e inmortal, no a la que esconde tesoros que sonrojan a las playas de cocoteros y series de televisión. La otra costa de la muerte, la otra costa, la otra, lo separado, allí donde el diablo malvive entre bolas de petróleo y come gomas de borrar con tizas, polvo de estrellas quemadas, polvo de estrellas que explotan y salen como un grano, polvo volcánico que te ahoga y te acostumbra a no respirar, a no-vivir, pues siempre vives hasta que dejas de hacerlo, como dijo Perogrullo, gran sabio de nuestro tiempo. De profesión, bombero-torero. Con o sin guión me vas a entender igual. No pasará lo mismo en unos años. No computable. Bombero [hyphen] torero. No computable. Y explotas. Los robots destrozando la lápida de Asimov, limpiándose los circuitos con sus tres leyes. Las guerras con robots. Las bicicletas rotas. Los sueños robados, escondidos, ocultos tras paredes de hojalata que dan calambre. El autobús ya ha llegado. Me bajo. Me arrastro hasta el suelo con cuidado de no colarme por la alcantarilla. De no escurrirme como queso gratinado, demasiado calentado, como un sandwich de moho, ¿qué hay de comer hoy?, “Moho”, mo-ho, no computable, pues te lo vas a comer igual, así que chitón. Y comes lo que te echen. Suerte que hoy no me he tropezado con el escalón. Ahí está un conocido. ¿Qué clase de conocido? Conocido para hablar, conocido para ver, para besar, para abrazar, para acariciar con las manos, para acariciar con los ojos, para lanzarle una piedra, para doblar la realidad. Y yo desconocido.

Entras donde no te toca. Cuando no te toca. Y las puertas se van cerrando. Te encierras en una celda de cristal, y ves lo que hay afuera. Prohibido dar de comer al animal. Al animal que llevo dentro. Reprímete, guarro. No te dejes llevar por los instintos, mantente al margen, haz lo que debes hacer, sí, he cambiado la letra, odio el subjuntivo, te odio a ti, yo mismo. Me odio a ti, mirándote en el espejo como si fueras una modelo, un modelo, un modelo de algo  que ni tú mismo sabes, un cánon cambiante y subjetivo. ¿Qué cánon es ése? ¿Qué haces? A callar. Te odio. Me mueve el amor al odio. Me encanta odiar. ¿Eso dices? ¿Te encanta odiar, carcelero? ¿Amas odiar, carcelero? ¿Carcelero? Inerte en el suelo, muerto por su propia sangre coagulada en el esófago. Un agujero en la tráquea con un bolígrafo, y la tinta se corre, y le fecunda los poros, lo vuelve morado, y lo mata. Le robo las llaves y salgo, desnudo, a la calle, donde todos me miran y salen corriendo al centro de las carreteras, donde el humo de los coches que han pasado sofoca los gritos de los perros que han abandonado en el desierto. En México hay desiertos, supongo. En mi tierra también. Da igual México que mi tierra, ¿dónde están esos perros? ¿Dónde jugarán los niños, los pobres nenes? Maná, déjame escribir como yo quiera.

El Triunfo de Baco (Los borrachos) - Velázquez (1628-1629)El hombre bajo y gordo, su rostro, me recuerda a alguien que no recuerdo, el rebote existe, pero no cojo el balón, que se queda suspendido en el aire. Tendré que ir a por una escalera o el coche que está pitando ahora me va a matar del disgusto. Pero no sé dónde la guardé. Quizá en la celda… tendré que prescindir de ella. Auuuu, la cancela se abre y chirria, pero un hombre con martillo la destruye y abre una puerta mucho más amplia, por donde pasa la luz, autopista lumínica, autopista láctea, leche sagrada, bañarme en leche con Cleopatra sobre un anillo de Saturno con el cielo iluminado, el Universo con luz. ¿Qué nos esconden las sombras del Universo? Noticia de última hora. La mesita de noche ha chocado con un satélite. No importa cuál. Por eso nunca tuve ninguna. No pude tocar la luna con los dedos, ni alcanzar la mesita, y en mis pesadillas el chorro de luz la rompía, y yo observaba con esa angustia que ahora quiere salir por mis poros morados de miedo, blancos de un dolor divino, intenso y palpitante, que se esconde bajo el manto de mi realidad. El manto, el mantillo, no el mantón de manila, cosas muy distintas; de todo hay en la viña del señor, sin mayúscula, que hay muchos señores. Y muchos borrachos. La viña. Un libro de… Coetzee, Lambrusco, Alberti, Eco, Eco, Drexler… ¡Noah Gordon! ¿Noah Gordon? Sí. Lo leyó mi padre. A saber. No le he tocado un pelo a ese libro. Son tantos y tan pocos mis tiempos y mis manos… Me exaspera el vasto conocimiento, mi potencial conocimiento pleno que siempre se derramará como maceta que abona, como agua que corre por la maceta y abona al platillo, maceta y platillo muertos, muertos no como las hojas de plástico, muertas vivientes, bodegones siniestros, respirando oxígeno de plástico con savia de plástico y hombres de plástico haciendo el falso amor con mujeres de plástico y bocas hinchadas. Vientres hinchados por el hambre en África. La niña que se reía de eso. Ojalá se le hinche a ella el corazón, desinflado. La conocía, comía muchas galletas, y yo, chivato, siempre lo fui, a la profesora. Anónimo en la consciencia colectiva. Ajeno al conflicto de valores e ideas que mis actos producían. Desde la infancia. ¿Y qué? ¿Acaso me debería influir? Le influye al pasivo. Y el profesor lleva hablando varios minutos en mi cerebro y no he escuchado palabra de lo que ha dicho. Espero que no me pregunte. El que espera que preguntemos es él, pero yo no debo sentirme culpable, no tengo por qué sentirme culpable puesto que aquello que quise preguntar ya lo pregunté en su momento, y ahora los asuntos que queden pendientes son parte de las competencias de otros, de otras comunidades autónomas de células, no de mí, de mí, de mí, de mí. Sujeto que soy sujeto a las cuerdas que me balancean, pero quedan sólo unos pelillos, y la nueva liana me espera. Me han dado un nuevo cuchillo, y debajo ya hay colchones: he pasado el abismo. Y el profesor otra vez perdido, como yo. El proyector le alumbra, al general preparando el plan de ataque, sí señor, ahora mismo, señor, mataré a alguien si ese es su deseo, señor. Cogeré la ametralladora y escupiré algunas balas en su cara para que aprenda, señor. Que como mejor se aprende es bien muerto, bien enterrado en fosas comunes para escarmiento de los que viven como hojas de plástico, enterrados en vida en una podrida celda de morales y hojalata, de banderas pintadas con la sangre de sus padres.

La hora termina. Me he planteado escribir como Joyce. Búsqueda de la escritura perfecta para mí, de la escritura que refleje lo que pienso. Un día en casi mil páginas. No pasa nada y ya ha sido bastante intenso. Tantas ideas son las que esconden los objetos. Tantos recuerdos traen los olores. Tantas personas. Como ayer. Don Algodón. Bueno, es un buen recuerdo, no hay nada malo en recordarlo. Olor a electricidad. Cambia un poco la cosa, las horas muertas delante de los juegos, con colchones fríos, aromas agrios e intensos, respiraderos altos e inalcanzables en una celda cuyo suelo desciende poco a poco hasta darse la vuelta a sí misma y devorarme con colmillos afilados. Dándome la vuelta, poniéndome del derecho o del revés, pues como no hay etiquetas no sé nada, no sé ni a dónde voy ni de dónde vengo, trabado en el presente, en la rueda parada por un palo perpendicular no no, paralelo sí eso es, paralelo al eje que es un simple tocón, un palito corto, un pinchito, una brocheta, un clavo, y estoy en medio de la tuerca con una rata gigante detrás que corre para hacerme cosquillas escalofriantes con su cola gris y dura. Áspera. Cof, cof, cooooof. Nadie tose así, pero sabes que me refería a eso. Eso es lo que esconden estas palabras. Busca en ellas. El día sigue. Y vuelvo al gusano, porque el día amenaza lluvia y no quiero sentir las gotas resbalando por mi piel, haciéndome cosquillas, haciéndome sentir vivo, añorando estar seco por fuera, sentir que sólo hay agua dentro, tanto de mí que es agua y pienso en desiertos, cómo puede ser posible… Pregunta retórica. No es que no vaya a dormir por esa tontería. Todos sabemos en qué pensamos cuando pensamos en lo que pensamos, y no te vas a preocupar por qué sentido guardaban esas relaciones entre códigos, mensajes, espacios, tiempos, personas, objetos, con otros de igual calado. Calado hasta los huesos qué ocurrencias las mías, calado hasta los huesos habría llegado a mi casa, y tan feliz, más feliz que unas castañuelas, más fresco que una lechuga, como la música y el alimento que aligeran mi alma, no con castañuelas, es una figura, es lo que sugiere, lo que me hace recordar, como los perfumes, como los geles que huelen igual, como las colonias que me he ido poniendo, como las pieles que he ido tejiendo con trocitos recogidos del suelo polvoriento de barro y humedad del túmulo de la celda del gusano de hojalata. Sigue pasando, adelante, al otro lado, en otro sentido, para atrás no, que pita, que molesta, como los del agravio, como los jóvenes salvajes vestidos de marcas caras, con peinados puntillosos o relamidos, a ver si sus cabezas chocan contra el suelo en uno de los baches de la vida, que se den cuenta de que tienen que ampliar miras. Que lean un poco, que así sabrán qué es lo que tienen que hacer y qué es lo que no tienen que hacer. Eso, viejo cabreado, viejo antipático, enfadado, imagen universal, sigue afirmando tópicos, sigue reforzándolos. Ellos tienen que los otros tienen que yo tengo que ¡bam!, cierro la ventana de un portazo – no, de un cristalazo, no, pero… no computable – y el joven muy alto con un techo mucho más alto, al menos eso creo a primera vista, dice que no se había enterado, no ya pero este hombre se estaba mojando, y todos mirando, yo mirando, mascullando para mí mismo, escondiendo en el vertedero los cartílagos que no he podido masticar ni digerir por la mañana, escupiéndolos en la cara del anciano y así lo único que consigo es darme más razones para escupir. Neurosis. Neurosis. Neurosis. Volvemos otra vez. Neurosis. Neurosis. Neurosis. Y otra vez. Más veces. Más rápido. Más madera, más sangre, más dolor, más lágrimas, ¡explota de una vez! ¡Cuélgate con el cable del calentador, del radiador, en el cuarto de baño, mira tus ojos rojos, inyectados, las inyecciones, las agujas que te clavas en los ojos y rompen tus capilares y tus sacos lacrimales, tus glándulas, no me importa, sigue sin importarme el nombre! ¿Recuerdas que estabas mejor, que estuviste mejor? Pues para de contar y vuelve atrás, que un segundo antes de acabar el año te has despistado y te has vuelto a equivocar. Empezamos de cero. Prevenidos… ¡acción! Pero mientras me guste hacerlo no tendré problemas en volver a empezar. Como los buenos libros. Por favor, que no llegue el final, estoy disfrutando tanto, estoy aprendiendo tanto… Lo siento mucho. Pues yo más. Fuera. Hola, no me miras, yo a ti sí. Venga, no contestes. Aunque ya no implique otra cosa que no sea educación, una ligera muestra de educación, decir “Gracias por avisar” o lo que sea. Bueno, cada cual a lo suyo. Son competencias que ya no me incumben. Son otras comunidades autónomas, autóoonomas, has perdido fuelle y te las he tenido que repetir, ¿dónde están las demás tildes?

La niña y FrankensteinEl cielo permanece con nubes moradas, oscuras, y el castillo de las brujas vuelve a su sitio en el puzle de mi infancia, en el puzle que me regaló mi madre y que tanto quiero porque la representa a ella y a mi padre. No he encontrado el rompecabezas, no he logrado encajar las piezas que faltaban, las piezas perdidas, la lentilla en el terreno de juego, la mantequilla y el chorizo que escapan por el lado que no aprietas del bocata, el tornillo que busca Frankenstein mientras sus sesos se derraman por el agujero, aunque con tal de volver a recomponerlo no pasa nada, nuevas piezas, nueva vida, misma persona, ¿no? ¿Acaso vas a cambiar? Mi esencia va a seguir siendo la misma, ¿no crees? ¿Voy a cambiarla por completo? Nunca, soy así. No, no, no eres así. Estás así. Y luego no estarás. Y serás inmortal en el recuerdo. Te sentirán otros. Pero tú ya no tienes vela en este entierro. Tienes vela en el tuyo, y no la sostienes, puedes sentir la cera caliente derramada en tu rostro blanco, pálido, virginal, rostro pálido de vestal pura y dura de corazón, con córneas como cáscaras de nuez, como las estatuas que siguen teletransportándose en gusanos de hojalata chirriantes como viejas, como viajes de viejas, como una vieja vestida de joven, chirriantes como mezclas de colores aberrantes, de notas inarmónicas, acordes del diablo, que sigue ahogándose en la otra costa, bebiendo petróleo, contemplando los mares de vinagre que yo mismo le he dejado como tortura. Deja ya tanta coma. Él los observa con rostro callado, con rostro de calculadora, artificial, y busca solución pero me he encargado de que no la tenga. ¡Diablo, esconde tu rostro bajo la negra arena y deja que los cangrejos te arranquen las orejas! Escucha con tus sentidos más tuyos, ve con los ojos del ciego, del torturado, y comprende ¡que no vivirás más de mí! Así es el veredicto, esa es la pena de mi juicio, y he cumplido mi pena en prisión durante estos meses de ¡olvida los meses perdidos! Deja que los gusanos sigan devorando a los muertos, transformándolos, teletransportándolos.

Los rostros de aquellos que recuerdo quedan ahora amarillos. Los ojos lisos, ocres, los cabellos verdes flotando, tirando hacia arriba inútilmente, buscando aire que respirar. Bajo el agua de mi mar descansan ellos. Y sobre el agua, mi tierra. Con pozos. Con oasis. Manantiales. ¡Descanso! Recuerda todo lo bueno que has ido dejando por el camino, las medicinas que te has ido proporcionando. Y respira tranquilo. Desahógate.

Ya lo he hecho. Aire.

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