Vacuidad

Otro mundo - Escher (1947)

Celeste, admiro,
pureza de la bóveda
cerúlea.
Claro en el cielo, lluvia
barriendo el aire
con libres pensamientos.
Nubes de violines
ocultos en la bruma,
meandros del camino,
dosel de sauces,
hastío,
viento, tormenta de
relojes moviéndose como acordeones,
impulsados por fuelles
de latidos,
medusas que salpican mi carne de
chispas.
Remolino,
aferro mis húmedos dedos
en mi propio nombre,
y sigo sin ser,
sin esencia
en la bruma gris,
frente al mar celeste vuelto
del revés.
Inmarcesible tiempo
amante del devenir.

En autobús

La destrucción de Leviatán - Gustave Doré (1865)(En autobús). La postcomida, el asueto romano en divanes junto a mesas con fruta y pescado; ahora dos asientos de autobús, el mirar apático, doblando papeles. Gorra de rejilla. Se le escapan las ideas… y el entusiasmo. No le queda nada. Diríase que no es consciente. Acaso mero autómata condenado a la doblez eterna del tiempo y el espacio viajando a no sé dónde. Cualquiera de los puntos cardinales, NOSÉ, atravesando la frontera electromagnética; las pulsaciones de radio comienzan a toser, a extinguirse. Como desde un mundo muerto, desde la sala de un castillo abandonado, las trompetas y los violines, vientos desenfadados me susurran estrepitosamente con voz de vacío, la tremenda sala de brillante suelo; se reflejan en el espejo del aire pálido y quieto impenetrables rostros de ojos como grutas marinas, urnas calcáreas, cadavéricas de fondo opaco. Nadie en el castillo. Ahora ni siquiera palabras, el locutor diciendo letras, fonemas, tónicos… Madrid, pues bien, sinfonía, revisión drástica. Hablando con nadie y el que sea. ¿Cambia el mensaje si la persona que lo recibe es otra? Lo que salga, salió. He atravesado la tormenta de arena, y los oídos chirrían de placer y dolor mientras el vibrato del autobús acompaña mi retumbar craneal, mis tambores de metros y metros de diámetro – fiestas de joyas, techos altos, columnas de catedrales y charanga -; en cuevas con ritos indígenas, ocultos, más cercanos del núcleo, de la madre tierra, de lo primigenio.

Parece que el coche estirado y estilizado quisiera fecundar – con aceites esenciales – la fila de delante. Comprado para reforzar una masculinidad perdida. Hombre desnudo en su plenitud. Fuera gorras de rejilla, zapatillas base pintadas con estrellas, y sigue la apatía; víctima de las modas y convenciones. Parecía que se habían separado pero ya salen, se van quién sabe dónde; al fin y al cabo sonríen, cruzando el polígono: guardería, furgonetas, carteles sin contexto, planicie – tengo esencia de pueblo en mi hogar, y me reconforta; enamorado de Lorca – concreta, concrete, cemento inglés. Descompensada postal, ni dos tercios de coche frente al enorme autobús. En su búsqueda con dulces notas de cantata fílmica, de película de terror, la chica se desmaya: culmen. Panal de abejas: asociación ilícita. De dónde sacas todo eso.

Nihilismo. La abeja laboriosa vence la partida para otras causas; la suya propia, mero peón. Felicidad vacía. Sé zángano y no reina. Fabrica miel. Quédate parado, como el autobús. Buscarle tantas explicaciones al mundo, a los no-mundos, a la metafísica, para luego caerte en un charco de agua sucia y quedarte perdido, manchado de apriorismos y vaguedades. Al menos algo es algo, las vallas pintadas varían la vista.

¿Qué árbol es ése? Primo hermano, naranjo, verde claro, que no salga el sol o me quemarán los ojos sus verdes claridades, su diáfana poesía; pero me está descubriendo; aunque huya en esta cárcel temporal en mar de cemento, en mar helado; construcciones de la Hélade, inspiración robada al tiempo – en una facultad de Odontología a medio erigirse -, un poco más cada día. La inspiración es polar: renovable, inagotable, y a su vez inabarcable, temprano despertar de la conciencia que pronto comienza a deshilachar la hebra dorada que cae desde una gloria celestial.

Mi corazón anhela algo infinito, algo superior, pero necesita algo más que esta fe hueca, que esta cáscara que se me va deshaciendo entre los dientes, de amargo sabor; pero me llegan dulces olores, coincide con la realidad, la cruda realidad, esta vez sin acciones justificadas, el simple y llano actuar por actuar; me mueve mi humanidad, como a tantos otros. Me mueve, ergo, la falibilidad. ¿Ni de esto puedo estar seguro? – Paradoja de Russell -.

Manos dibujando - Escher (1948)Bolas verdes y cabeza azul. Edificio bícromo. Pequeños detalles que eclipsan el resto de su rostro. De puertas afuera, aire, caída. El hueco en el suelo, el ojo quebrado con sonido de cucaracha aplastada – mordiendo galletas – cremallera abotonándose, con leves toquecitos, cri, cra, crac… Progresivo deleite para el dios Cronos, que no deja de alimentar mi carácter saturniano. Diríase que yo mismo alimento mis alientos con el fango de una herida putrefacta, con la manzana podrida; diríase que empleo mis energías en perderlas – en perderla… hace tiempo que no -, una persecución trivial; mezclando negocios con sentimientos, la publicidad sólo tras el mundo de los sueños – último reducto -. Reducto inexpugnable. Metáfora de la temporalidad del que ansía. Para ser feliz, no debemos poseer algunas de las cosas que deseemos, dijo Russell, agnóstico. Agnosticismo como velo blanco, luto o boda, faltaba el voto neutral, el elemento transparente – transparente mejor que blanco -. El gris pertenece al blanco y al negro; doble creencia, doble falacia. Perdonen que sólo confíe en mi mundo de los sentidos – aunque Platón se revuelva en su tumba -. Gastan energías imaginarias con motivaciones convertidas en pretextos – en preconciencias -. No quiero compartir mi manzana con las manzanas podridas que crecen en raíces seculares.

Los colores. ¿Cuál de las combinaciones es la correcta? Hallar placer en la carencia. Carencia de vibrato de motores y tornillos aflojados: placer. No te mal acostumbres a la cama del conformismo. Sé estoico. Acepta el dolor como parte inherente de toda vida; “todavida” es siempre hoy. Pierden todo el sentido y el jugo – las palabras -. Huye del dolor de las palabras en desorden desconcertado, huye del jugo gris que se agarra con piolets a tu garganta – garganta y piolets mexicanos de Trotsky -, y se impulsa hacia lo más profundo de tu poco abisal cerebro, de la cáscara de tu mente, cáscara de la conciencia o [¿misma creadora?]. Cráneo: cáscara de cáscara. Misma causa, cáscara, efecto: asociación puramente fónico-semántica.

Ese hombre huele a tabaco, a palo de nata. ¿Cómo me puede gustar el palo de nata si huele a tabaco? Olor desagradable, dulzón, musgo marino… y cambia por completo mi visión. Ojos verdes como hoja de coca – azulados -, carreteras desiertas, amplios maletones de viaje en una carreta junto a mi cuerpo – recuerdos del rancho de Oregón y el indio enharinado -; hablo desde la conciencia superior inexistente; creo historias que van creando tinta de ca-la-MAR, animal oceánico, ideas – idaeas, héroe homérico – y sensaciones que se escapan como granos de arena sin impurezas por entre los dedos; otras veces son agua – pensamientos indivisibles -. Arena y agua: fango, vida. Ambivalencia del fango. Fangre cuajándose entre mis dientes, grumos rojos sobre mis labios, adheridos al cielo de mi boca, a mi paladar, al dosel de mi celeste interno, ¡imagen que debo fijar! ¡Bella postal, imagen, foto nostálgica! Ya se está transformando…

[Poesía de otra entrada]

Amante del hogar, ¡lánzame tus rayos aturdidores! Dios ufano, ¡duerme mis fatales reconcomios! ¡Húndeme – hasta los cabellos – en una vida de duende! Deja sólo el agridulce sabor de la escritura; la imagen de las almendras amargas, la chica del pelo naranja, como la salsa agridulce. Naranja: escaparate de papel charol, no pinocho, no confundir – y es curioso que justo ahora haya mirado y haya un escaparate naranja -; confundido, sin embargo; y al momento, consciencia de lo absurdo de dicha confusión. Conciencia de conciencia. Absurdo de lo absurdo. Bien me vendría un poco de primitivismo; tanto luchar contra mi propia ignorancia y soy el más ignorante de todos. ¿Sirve de algo mi vida si salgo de la cueva y admiro el celeste escondido tras la roca?

Ya queda poco para completar la vuelta. Ha bastado un leve impulso para convertir este bloqueo en torrente de cristales polícromos. “Jardín privado”, ¡mirad cómo os robo con mis ojos! ¡Mirad cómo elevo mis tentáculos, mis brazos de medusa, y os robo tiempo! Cambio cuánticamente vuestra privacidad, destruyo la exclusividad de la observación de vuestras plantas. Crecen en cualquier lugar y aún teneis valor de considerarlas vuestras… destruirán el cemento de vuestras abigarradas conciencias, anquilosadas, pastosas y políticamente correctas. El hombre de los ojos de hoja de coca se ha ido. Ahora apesta a moralina.

La carta

Alfred HitchcockSeñora Márquez, le resultará extraño que le envíe una carta, cuando suelo hablar con usted todos los domingos. Cuando subo las escaleras con la compra, usted me da las gracias, y empezamos una conversación que termina con una partida de cartas en la mesa. No recuerdo ya cuántos años he estado trayéndole las bolsas. La verdad es que nunca he fallado en mis recados. Ningún domingo. Por eso, supongo que le extrañó que no subiera la semana pasada a su casa.

El último día que estuve con usted – hace dos semanas – venía un poco cansado. Usted pudo verlo. Incluso me ofreció llamar al médico, pero ya sabe, a mí todavía no me hace falta esa clase de ayuda. En ese tipo de situaciones, usted no se preocupe por mí. De tantos años que hemos compartido, ya me conoce lo suficiente como para darse cuenta de que soy una persona robusta, en buen estado de forma, y que no tengo ningún mal vicio – comprenderá que algunos vicios no estén mal vistos, usted me entiende -. El último cigarrillo que fumé estará ya descompuesto en una alcantarilla cualquiera. Supongo que en la que está enfrente de la puerta de mi casa. Bebo un vaso de vino en las comidas, pero nunca me he emborrachado. Soy una persona formal, señora Márquez. Puede comprobar que nunca la he tuteado – no por falta de confianza, no crea eso -, sino por respeto hacia su persona. Hemos compartido muy buenos momentos. Nos hemos hecho confidencias que para más de uno nos habríamos guardado. Mire, a mí nunca me ha gustado tener pareja. Pareja sentimental, usted me entiende. Pero la compañía que usted me ha proporcionado todos estos domingos ha sido algo que compensaba el peso de las bolsas que le he subido hasta el ático.

No sólo eso. He sido para usted, además de un confidente, de un compañero, de un amigo – porque yo la considero mi amiga, a pesar de la diferencia de edad que en un principio puede suponer un obstáculo -, he sido también, decía, quien le ha arreglado la casa, quien le ha hecho alguna que otra chapucilla: la pintura de su habitación, el grifo roto del cuarto de baño, la antena de la tele… No quiero decir, ni mucho menos, que yo haya sido imprescindible para usted. Usted sí lo ha sido para mí.

Todos los domingos, cuando nos sentamos a la mesa, me habla un poco de su marido. Su marido, en la mesilla de la ventana, junto al marco con la foto de su boda, con el papel marrón – por el tiempo o la melancolía, quién sabe -, con los bordes arrugados, mostrando una pareja que en cambio no se aja con el paso de los años. No puedo saber la tristeza que siente alguien que ha perdido a un ser amado, pero supongo que es mucha. Supongo que todas las noches se acordará de él. También todas las mañanas. Supongo, la verdad, que se acordará de él todo el día. Que ha sido el hombre de su vida. No quiero entristecerla con esta carta. Usted sabe que yo soy feliz si usted es feliz. Una semana no está completa si no voy a pasar la tarde con usted. Con el paso de los años le he ido cogiendo cariño. La he llegado a querer. La quiero, señora Márquez. En un principio supuse que ese afecto era efecto natural de nuestra compañía mutua. Supuse que, como granos de arena, los segundos que pasa uno junto a alguien se van amontonando hasta formar un cálido lecho. Pero esos granos se escapan por el reloj de arena, y como sabemos que todos tenemos un final, comenzamos a ver con otros ojos aquello que vemos, aquellos con quienes hablamos. Yo la comencé a ver con otros ojos, aún más desde que tuve conocimiento de su enfermedad.

Aunque sé que es imposible, me duele casi tanto como a usted la situación por la que está pasando. Verse, de un día para otro, postrada en una cama, es difícil. No estoy seguro – ya ve que supongo muchas cosas -, pero creo que uno echa en falta todo aquello a lo que no ha prestado atención cuando ya no lo ve en el espejo – en todos los sentidos de la expresión -. De pequeño tuve un problema en un ojo; el médico me puso un parche, y estuve mes y medio viendo sólo por el izquierdo. Cuando me quitaron el parche… sé que es una tontería, usted ya tiene la suficiente experiencia como para saberlo, pero veía las cosas con otra mirada. En todos los sentidos, usted me comprenderá. Me había acostumbrado a ver sólo con el ojo izquierdo. Los primeros días habían sido muy duros para mí. Le hablo desde mi mentalidad de cinco años. Claro está que ahora aceptaría que me taparan el ojo durante un tiempo, porque esas cosas pasan. Pero, por aquel entonces, pensé que me quedaría tuerto de por vida. Poco a poco, me fui adaptando al cambio. Con el paso de los días, el ojo derecho se me fue abotargando. Ahora que ha pasado tanto tiempo, recuerdo esa sensación como la de un miembro fantasma, un brazo que ya no tenemos, una pierna que ya no nos va a servir, una mutilación de mi mirar. Yo no sabía cuánto tiempo llevaría el parche, pero llegó un momento en el que dejé de pensar en él. Me centré en mi ojo sano. Moldeé inconscientemente mi propia imagen mental como una figurilla de plastilina. Y, al mes y medio, me lo quitaron. La luz era distinta, más diáfana. Era como si mi ojo, hambriento, engullera cualquier rayo que llegara a él. La mirada aletargada volvió a despertar con fuerza redoblada.

Usted perdió hace años a su marido. Y le embarga un sentimiento constante de tristeza, puedo verlo en sus ojos, en su expresión. A ello se le suma este mal que la ha dejado de por vida en una cama. Su marido ya no tiene cuerpo. Su alma no está en su casa, señora Márquez. No quiero verla sufrir, no quiero que se engañe con mentiras e ilusiones vanas, con recuerdos que la dejan pasiva, parada, sin aprovechar el tiempo que le queda. Desearía que desbrozara cada uno de los granos de arena que el tiempo le ha reservado en su final. No puedo verla así. Yo la quiero, señora Márquez.

Usted no es tan mayor. Sé que el llevarle las bolsas era una mera excusa para vernos. Lo he visto, es algo que he visto. Me extrañó que buscara a alguien para hacerle los recados. Creo que lo que usted quería era compañía. Y yo se la he ofrecido todos estos años. Todos estos años, todos los domingos, fuera el mes que fuera, y siento que usted no me lo ha agradecido. El cariño que le tengo eclipsa cualquier sentimiento de rencor hacia usted, pero me siento despechado. He estado a su lado en los malos momentos. Los buenos momentos no existen. Son las malas rachas las que se salen de la rutina. Pero convertí su rutina, su futuro de viuda solitaria, en algo mejor. Lo hice desinteresadamente, pero creo que por su parte debería haber habido alguna respuesta. Las confidencias son un buen inicio, pero sé que usted no sentía por mí el aprecio que yo le he profesado. Sus pensamientos, sus suspiros, han sido siempre para un hombre que ya no está. No niego que fuera feliz junto a él, pero ya no está con usted. Existe sólo en su mente, señora Márquez. Eso es algo que no comprendo. Toda persona tiene que vivir con lo que tiene en ese momento. Nadie sabe cuándo nos iremos para siempre, y hay que aprovechar los medios de que dispongamos para ser, si cabe, menos infelices, para escapar del tedio y la apatía. Señora, llevo tiempo sintiendo cómo la desesperación se abría paso en mí, como una llama que me devoraba el estómago. Muchas noches he pensado en usted. Muchas noches he soñado con usted. A veces me habría gustado acercarme a verla entre semana, pero no lo he hecho, por miedo a romper la constancia, la continuidad de nuestros encuentros. Por miedo a tener que dejar de verla.

Hace poco, me dejó la llave de su casa. Usted sabía, señora Márquez, que tarde o temprano no podría abrirme la puerta. Los últimos días llevé la mesa donde jugábamos a su habitación, a esta habitación. Ahí, junto a la cama donde está tumbada, vi la urna. Vi la urna con las cenizas de su marido. La misma urna que, sobre la mesilla con el marco de fotos, servía de testimonio de una presencia del pasado. Una urna llena de polvo. Llena de suciedad, llena de vida muerta. Si la enfermedad la ha dejado quieta, la urna la ha mantenido en un estado patético, que me ha movido muchas veces a la compasión. Tanto tiempo perdido por un recuerdo. Me sorprende cómo una idea ha podido apoderarse de usted para transformarla por completo. No quiero verla así. He tenido la certeza de que haría todo lo que estuviera en mis manos para evitar su dolor. Por eso me llevé la urna. Por eso la destrocé, tiré a la basura el polvo, lancé con ella al olvido todos los recuerdos de quien la ha mantenido retenida todo este tiempo. De quien ha impedido que me correspondiese. Trituré los trocitos de cerámica, los trituré para que no hubiera ningún rastro de su pasado. Para que pudiera volver a empezar de nuevo. Quemé también la foto. Mandé a la nada los objetos que no son nada, que nada representan ya, excepto ideas que anquilosan, ideas que se alimentan del cieno de la pena. Yo soy vida. Yo le he entregado mi vida.

La semana pasada no podía aguantar mi culpa. Lo que hice calmó la desesperación que sentía, pero el día siguiente la llama que atenazaba mi interior se volvió un infierno. Pensar en su dolor, imaginar el momento en que descubriera que no podría volver a ver todo aquello, me hacía sufrir. Nunca le he deseado mal alguno. Todo lo que he hecho ha sido por su bien.

Le he entregado en mano esta carta para que la lea junto a mí, para que sepa lo mucho que la quiero, para que sepa que quiero serle sincero, decirle las cosas como deben ser dichas. Está demasiado débil para golpearme por lo que hice, pero sé, porque lo sé, señora Márquez, lo sé, sé que está enfadada, desesperada, desesperada como yo. Sé que nunca me querrá por todo lo que he hecho. Sé que he cometido un error destrozando su vida de esta manera, destrozando sus recuerdos. Le he hecho mucho daño, inconscientemente. Tal vez, como a mi propia imagen, la he moldeado a imagen y semejanza de mis pensamientos, mi figurilla de plastilina. Tal vez no haya sabido ver cómo se sentía realmente, no haya sabido ser lo suficientemente valiente como para haberle contado esto mucho antes, mucho antes de que comenzara a nacer un infierno en mi interior.

Pero lo hecho, hecho está. Y sólo puedo arreglarlo de una forma. Por su bien y por el mío. Para que, sentado a su lado, su última imagen, mi rostro, sea el recuerdo que guarde por siempre, mientras el cojín le aprieta la nariz hasta que deje de moverse.

Ajedrez

Claustro mudéjar del Monasterio de GuadalupeDos avances contrarios en el tablero. Dos pasiones equiparables a sí mismas. Movimientos pendulares de masas de cuerpos con espadas. Defensa de dos sentimientos que chocan y derraman sangre, truenos de nubes. Salmones contra la corriente de la Historia, del tiempo trascendente. Muerte inútil dentro de una estadística mareante. Un final escrito en caracteres ilegibles, en una lengua más antigua que la piedra, del principio del principio, ese tiempo verde, joven, negro y rojo. Dinosaurios recortados contra el cielo cobrizo, en un crepúsculo en gradiente, fijando su imagen junto a la música del agua y los volcanes. Allí nacieron y han desembocado los constantes impulsos de guerrear y matar. De asesinatos escondidos tras muertes de mártires. Alfanjes al viento, alaridos en lenguas romances, ebullición geográfica, montes de musgo y palacios con arcadas. Exaricos y mezquinos. Caballos bayos, corceles negros. Relinchos. Primeras incursiones en terrenos incómodos y desconocidos. Planes de ataque. Fallos en la defensa. Masacre. Regresan los que arrastran su vida en jirones. Recomponen su situación. Y vuelven al ataque. Hasta que no muere el último, la victoria no deja de aparecer en sus sueños, y se crean banderas, revelaciones imaginarias que impulsan la acción, que aumentan la presión de mi probeta, la reverberación de las ondas en mi vida tubular. Ondas que se complementan. La piedra lanzada al agua y el calor de los pies. Diferentes movimientos en el tablero de ajedrez. La forma de la partida no cambia. Su fondo, tan profundo, comprende numerosos movimientos, posibilidades, que van cerrando puertas y abriendo arcos, sombras rígidas sobre el rugoso fragmento de piel y vida que cuantifico al despertar en enumeraciones asombrosas e igualmente estúpidas.

La lucha absurda es la lucha innata. Ésa es la condición impuesta por el tiempo primigenio para avanzar en la vida. Seguir nuestra razón con condiciones generadas por nuestros instintos. Nadie dijo que esto iba a ser fácil. Lo dijeron mis instintos. Equivocados, acaso un error de cálculo visceral. Y en cambio seguiré sintiendo su fétido aliento de bestia, su suave frescor en las noches de verano, su ambigüedad, su paradójico fluir estancado en mi cerebro. Vivir perdiendo piel. Vivir perdiendo vida.

El sereno

Plaza de nocheCae la noche, bostezan las ventanas, el viento se acelera, los aleros gotean. Salgo a la calle. Tranquilidad.

El pavimento brilla después de la lluvia. Las grietas del suelo lloran agua, felices por descansar de tanto pisoteo. Salen con un plap y dejan sus rostros graníticos al aire. La luz del farol se balancea, repeliendo las sombras, encalando la piedra, convirtiéndola en muro de un cortijo, de una casa blanca con rizos de flores, con limpias enredaderas, bebiendo sol, acompañando en su tiempo ganado a campos interminables de naranjos.

Dormito entre almuerzos tempranos y despertares soñolientos. Mejillas húmedas por la saliva, el dedo que las seca, el cuerpo que se acomoda mientras el campo se va extendiendo por las horas y los metros. Un baño de fotones. Ha llegado de nuevo la noche.

La plaza desierta, los bancos, los pinchos en la cabeza de la estatua, las palomas desterradas al suelo, donde beben charcos de orina, el frío, las caladas de vaho: la intransigencia y la ortodoxia.

Me late la cabeza, y abro los ojos a la ventana del tren que resbala por colores rústicos. Sabores familiares, meriendas entre los fresales, sombrillas en Mazagón, bancos blancos, bocas chorreando sandías. Una cara que mira a cámara. Un niño. Y ríe. Sin inspirar miedo. Cuidando mi claridad. Y cae un asteroide y grito. Se apagan las luces.

Recuerda. Suspense. El ciprés estirándose. El pequeño lago en la lápida. La hoja mojada. Un viejo buceando entre pirañas. No ocurre nada porque no sangra. Arriba hay una cueva de bits, de mis horas infantiles frente a videojuegos y libros de tapa blanca leídos en mañanas preescolares. Cueva protectora. Cueva amenazante. Cueva serena.

Me siento en el banco. El sereno se aleja, dejando sus huellas en mi memoria. El suelo sigue llorando lágrimas de lluvia. Nubes pasajeras. Camino a ninguna parte en la esférica boca del lobo, en la ventisca, aliento de la negrura.

Soliloquio del lector

James JoyceJulio CortázarA veces, sentado, tumbado, de pie, sin importar cómo esté, o incluso cómo me encuentre… tengo que leer. Tengo que escribir. Es una sensación impetuosa, una llama que se abre camino a través de los más densos matorrales, de las más angustiosas cárceles que a veces aprisionan mi alma en momentos de tristeza y melancolía. Aunque volví humo la parte de pena que correspondía a mi voluntad, la pena a la que yo me acercaba, la pena que tocaba y acariciaba con un cariño enfermizo, hay segundos, minutos, horas… en que la oscuridad viene, es ella la que se acerca a ti, y ninguna estrella te ilumina; apenas puedes adivinar la silueta de una ventana, una puerta que se abre al cielo. Lees, escribes… y todo queda, pero las caricias, el cariño, ya no es algo enfermizo. Funciona siempre así. Cuando me encuentro cansado, turbado, apremiado por la necesidad de quererme a mí mismo… tengo que leer. Tengo que escribir.

Y me mueve la vida, la energía que late en mi yo potencial, el caos que quiere arramblar con mi limo y transformarlo en seres de barro cocido, en figuras hermosas, hijas de la inspiración, de las ideas que flotan como polvo, que reposan como humo sobre el suelo, presentes haga frío o calor, haya luz o tinieblas. La misma energía que me impulsó al nacer, al caminar, al hablar, al sonreír, al llorar, al rabiar por la defensa de mis impulsos… (suspiro liberador en su lectura) se acuesta junto a mí sin tocarme, y muchos días su calor apenas se percibe en el frío páramo de mi cuerpo helado por dentro. Y es entonces, en el momento en que más siento mis invenciones de alma pasiva, mi soledad y mi frío, cuando una chispa recorre mi cuerpo, cuando un certero calambre alcanza mi centro y me propulsa con su energía escondida, oculta en las sombras de mis ojos cerrados al viento y la cumbre, hasta el pomo de la puerta, hasta el cubo donde lloro y vomito los remordimientos.

Y abro el mundo de papel, soplo por la trompeta y toco la fanfarria de mi reino, en honor de mi hegemonía, de mi trono, de mi soberanía. Me dejo llevar por los acordes que bailan con pasos libres y sueltos por la vasta superficie de la campiña, recogiendo frutos abandonados, inmarcesibles, que me alimentan y me dan vida. ¿Y qué es la vida? Desde luego, no sé decir si es una ilusión, un sueño, una sombra o una ficción, pero sé que, en el Universo o el estado o el orden de cosas o el grado o el tiempo en que exista, vivo mi vida, vivo este fenómeno tan complejo, esta lucha entre partes discrepantes, estos diálogos entre mí y mi Justicia, estos romances entre el tiempo y la tristeza, la repulsión de las horas para con el placer, los dolores de cabeza y corazón, las balanzas y mesas cojas, los papeles guardados en cajas de fuego y hielo, los patios inhóspitos y las jaulas convertidas en hogar, bandadas de pájaros y bancos de peces con espinas de rosas cosquilleando en mis cúpulas de barro, bestias hambrientas en el desierto, fuentes lujuriosas y fúlgidas, oro blanco, carbón, oro negro, clavos, hierros que marcaron mi piel, hammam, almohadones, un salmer agrietado, un espejo roto junto a mis gafas, unos ojos defectuosos, un corazón de venas negras, una bolsa con huesos, un hueco en el fondo del océano, una cueva, una gruta submarina, un calcetín en la boca, una pinza en la nuez, el sueño profundo que viaja en barcos de vela, en veleros blancos en la bahía Albertiana, el azul, la camisa blanca y holgada, los cabellos al viento, la sonrisa innata, natural, la alegría que sale a pasear por la ciudad, la hoja que crece, el copo que cae en nuestra boca, la gota, la sangre, la curiosidad, las fotos borradas que quieren decir muchas cosas, las cuerdas que partimos, los puertos de los que partimos, las puertas que estampamos contra la nariz, los ojos apretados, los dientes que rechinan, la pulpa, la costilla, la piedra, Adán, Caín, los saltos sin red, dedos en el agua, surcos en los cojines, mis manos como azadas que aran tu cabeza, lo burdo, lo práctico, lo fácil, lo humano, lo fugaz, el temperamento, la presión, la muñeca marcada con bultos sanguíneos, la pereza, el sofá, el trabajo y la maldad, la risa maldita, las cartas marcadas, las marcas pesadas, los vivos retratos de fantasmas, los agujeros en la pared, las agujas y la gravedad, las barcas de ríos y parques y los paseos, las pestañas del Sol, la polisemia de las copas, la magia del flechazo, el dolor del veneno en la flecha, la dolorosa cura al arrancarla, la indiferencia, la boca seca, las palmas abiertas acariciando la nada, los abrazos al viento, las cenizas húmedas, la mano en la turba, los ombligos en cólera, entre retorcimientos y besos robados, las camas de carga ligera, las curvas peligrosas, los muelles empedrados, las calles desiertas entre tanta gente, lo gris, lo neutro, lo muerto, sabor a café, cerveza tibia, agua turbia, cera de oído, primer y único plato, de postre un soliloquio, y tu conciencia parará. Todo eso nunca es, siempre está. Último sentido: evanescente. Fuma el humo que se esfuma, y cambia. Todo eso está en los libros, y en mi vida.

Es el aroma de mi muerte, la señal en el sendero. Todo recto en esPirales.

Estrellas

Agujero negro
No temas el velo de la incertidumbre

El cielo, su luz, lo celeste, se han escapado. En medio del rectángulo de cemento, con el índice hinchado de apuntar y golpear, miro arriba, y abro sin querer mi boca. Los puntos blancos, rosas, verdes, bailan en el espacio. Respiro, como si al inspirar lograra recoger el olor de los astros. Me rodea una noche de cristales ahumados. Me sobrepasa. Mis pupilas se dilatan, y se esparcen por mis globos, y vuelo alto hasta trazar con líneas de pupilas en movimiento el lento compás, un arcano armazón de hilos de araña. Busco el carro, la Osa, los bueyes en el carro, la Estrella Polar, la quinta distancia del lado corto de la tela de araña. Más allá, el cisne. La cometa. El dragón escupe fuego desde los portales de Betelgeuse. Coloso. No me mires con esos ojos inyectados en sangre de big bang. Alfa centauri, a las afueras, con la puerta encajada y un seno moldeado por los cimientos de una nueva era. Espera en el marco del futuro, guardando la llave bajo una nueva serendipia.

El punto blanco surge en mis oídos. Pitido. Las voces de mis amigos, pitidos. Las confidencias de aquellos que lo fueron, pitidos. El silencio, un pitido monocorde. El alma abierta, a veces arrancando los botones de sus ojales, rasgando su piel de tela seca, un pitido. Y después, de nuevo las estrellas, de nuevo la vista, de nuevo lo que percibo en mi Tierra, en mi tierra de significados inconexos, inspiraciones difusas, estallidos fatuos de palabras sinápticas. ¿Y si muriera ahora? Cinco segundos después, se me olvida esa pregunta vacía de intención, tal vez retórica, ilusa, carente de materialización, pataleta de mi trascendentalidad frustrada, de mi parte de personalidad metafísica, del lenguaje de las estrellas que ocultan sus rostros cuando la luz llega y el corazón vive sin perturbación.

Las estrellas no ayudan, no dan soluciones, no extienden sus brazos de puntas ni titilan, en su propio código, respuestas de luces y sombras para los problemas del que les muestra su boca. El tiempo y el espacio son esféricos en el Universo. Mareo. Miro al cielo. Punto blanco. Puntos blancos en mi silencio. Convergencia de sentidos. Cinturón de Orión sobre la playa. Tantas otras alimentando esperanzas e historias en tantas otras carnes… Carnes activas, que recogen un sentido de su simple iluminar, dejando que, dentro de su ser, ahogados por plásticos negros, surjan puntos de calor, puntos de luz, puntos de fuga para sus angustias, sus cardúmenes enredados en cuerdas de aluminio.

Y los paisajes… Una vez de día, los paisajes. El mar. Lo miro y lo convierto en la mar. Amor de marinero. El Sol. Bola de grasa, energía, cabeza de faro y de cerilla. Los recuerdos de otros días: los lechos de hojas de agua. La soledad en compañía. La peor de las cárceles. Enterradas en la arena, junto a gemas y huesos de piratas, tengo la suerte de encontrar una ganzúa universal. El amor. Enterrado bajo el fondo del hambre, el deseo. Sepultado bajo horas y hojas perdidas, el nuevo mundo. Pero el amor abre mis puertas. El amor me empuja el latir. El amor me lanza hacia esas estrellas que lucen en la fiesta del firmamento, me eleva, me eleva, me eleva y mis pies pisan la nada mientras mis dedos acarician la Luna.

Mis dedos. Tu piel. Mis yemas se diluyen en gotas que resbalan por tus montes. Mis ojos, taladrados, se quiebran e inclinan, reverentes ante tu mirar. Tu sonrisa, tus puertas blancas tras las que se esconde un pálpito de saliva. Tu Salto del Ángel, diáspora de cabellos hacia tu pecho, resbalando por las rocas de tus hombros. Mis yemas se unen a tu estrella, y el cielo se parte. El fuego nos enfría. Te inclinas a la derecha. Y cierras los ojos cuando dejo caer mis párpados. Por un momento dejas de existir. Pero es tan dulce el entrecerrar, el sentir en mis pupilas tu Universo esférico, tu Universo múltiple, tus formas cambiantes, tú en mí, en mi reino, en mi trono olvidado, desinfectas las heridas de su cuero, ajado por el tiempo y el descuido.

…Y es entonces cuando PITIDO. Silencio de nuevo. Aún no te he visto, y ahora el único consuelo es pensarte, uniendo mis luceros a los tuyos con hilos de seda, con suaves anhelos amantes de la esperanza. Amantes de darle una oportunidad a la intuición, de apostar en la batalla por el latido que alimenta mis piernas, mis pasos, mis ríos salados y mares dulces y tibios, mis bocas de fuego y fuentes de agua fresca.

La vida, batallar entre extremos. Rehogar el pasado es el único paso de la receta de nuestras circunstancias. El único plato que nos sirve la vida es la incertidumbre. Plato llano, plato hondo. Palillos, tenedores, cuchillos hundidos en la carne. En mi carne. Santo y seña: resiste. Con el tiempo comprenderás los titileos de tu voluntad. Comprenderás que el silencio es el peor de los ruidos. Comprenderás que tu estrella se apagará en el fin de tu obra, en el mar de Manrique.

Comprenderás que, aunque tu camino caiga, las estrellas no cambiarán su rumbo. Con los pies en la nada y la mente en un todo celestial. Resiste. Resiste.

Resiste y vencerás.