Tempus fugit

La autoconsciencia me da vida y me mata

A medida que pasan los días, a medida que voy dejando atrás metros y metros de lágrimas, arroyos salados que embarran la dura superficie de la tierra firme hasta dejarla impracticable, voy encontrando, dentro de cajas ocultas, dentro de CD’s riéndose de su cautiverio en carátulas polvorientas, nuevas revelaciones, nuevas llaves que abren puertas, y me conducen a salas donde los recuerdos se amontonan, volando como fantasmas en línea oblicua, mareándome si alzo la vista y los miro durante mucho tiempo.

Esta canción de Miles Davis me ha trasladado a un pensamiento trascendental: el tiempo que nos duele queda grabado como un bajorrelieve en los pliegues de nuestro cerebro. Aunque quedáramos ciegos, nuestras manos visionarias podrían seguir palpando, adivinando la silueta rugosa de los años en los que más en duda pusimos nuestra propia existencia. Me sorprende saber que han pasado ya siete años y medio desde que las Torres Gemelas cayeron – por poner como ejemplo un recuerdo que quedó semioculto en mi memoria -. Y, sin embargo, los últimos tres años de mi vida, los más intensos que he llegado a vivir, aquellos en los que ascendí a cotas tan altas que, al caer, abrí las más profundas y horribles fosas, han ido dejando un rastro de arena pegada en el suelo de piedra – en esa imagen mental que tengo del calendario donde le doy un sitio, una luz, un ambiente, a cada uno de los días, meses, años y siglos en que el ser humano lleva orinando sobre las raíces de nuestro planeta – que ha permitido que lo que yo vivía brillara con oscuridad propia ante mi mirada, atrayéndola a mirar atrás.

Por primera vez, veo ese periodo como eso, como un circuito ya cerrado, como un ovillo del que voy enrollando los últimos centímetros de hilo. Como el que se siente satisfecho tras realizar un trabajo, como la sangre, el sudor y las lágrimas de Churchill, como los doce trabajos de Hércules, así mi alma reposa ahora sobre la base construida, renovada, edificada en las ruinas de una vida anterior. La base primigenia, los cimientos, las piedras angulares sobre las que se sostiene mi propia consciencia, no han cambiado. Pero era necesaria una reforma a todos los niveles. Mi palacio parece ahora más acogedor, y me siento a gusto en mi propio hogar.

Y logro ver el origen de algunos males, de algunas actitudes. Mientras la misma canción, que he mandado repetir en un bucle del que yo decidiré el segundo final, sigue sonando, me traslado a un nuevo pensamiento, a una nueva conclusión a la que he llegado. Mi excesiva autoconsciencia. Mi constante visión de mi propio yo. Sé, porque lo he vivido, porque así lo he sentido, que aquellos momentos de mi vida en los que más feliz he sido, aquellas diapositivas que más arrugas de felicidad traen a mi rostro, son aquellos en los que era un mero observador. Nada más. Un observador pasivo, dependiente de los estímulos externos, y no internos. Aquellos momentos en los que vivir para mí consistía en una simple consecución de lo que mi alma me iba dictando, y no mi cerebro. Ahora, cuando escribo, no soy consciente de que voy pulsando las teclas del ordenador, de que a mi lado hay un teléfono y un mando, de que hay una bolsa frente a mí. Apenas percibo, incluso, la pantalla que brilla delante de mis ojos. Soy el caudal y mi inspiración es su cauce. Soy la hoja que sobrevuela el campo mecida por el son pausado y seguro que le dicta el viento. Soy la bocanada de aire que se introduce en mí mismo, que más tarde puede que vuelva a respirar. Soy el árbol que se alimenta desde sus raíces, quieto. Soy el junco que se mece al viento. Soy el baile del oleaje en el trigo. Y siendo todo eso, en este momento no siento que sea nada. No soy yo mismo. Soy el espejo del mundo. Y sé que cuando me encierre en mi autoconsciencia, el Sol se ocultará, y entraré de nuevo en la oscuridad. La diferencia es que ahora sé que hay un interruptor, que puedo iluminar, aunque sea con luz artificial, mis más gélidas y oscuras noches. Lo demás ya no importará. Amo a mi alma, al igual que el árbol ama a la tierra, que la hoja ama al viento, que la nube ama al agua y la cera ama al fuego. Árbol verde, hoja ocre, nube blanca, cera amarilla. Que este color se mantenga en redes invisibles en el centro de mi estancia, de mi vida.

Gracias, Miles. Gracias por Smooch. Seguiré buscando.

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