Pensamientos cubistas

Picasso - Tres músicosJuan Gris - Guitarra (1914)¿En qué consiste el acto de pensar en alguien? ¿Qué mecanismos intervienen? ¿Cuál es su función? ¿Qué recordamos de esa persona? ¿Qué generamos nosotros mismos?

Cuando pensamos en alguien entrechocamos, como dos nubes antes de una tormenta, lo que recordamos de ella y la  imagen mental que hemos ido formando con dos ingredientes, con dos materiales: nuestra percepción y nuestras circunstancias. Pensar en alguien no encierra bajo su simple superficie un compromiso de permanencia, ni un testimonio de compromiso. Si le quitáramos la cáscara al mero pensar, encontraríamos un cortocircuito, una reacción, provocada quién sabe por qué intrincado mecanismo de relojería, que nos obliga a evocar. A veces pensamos en alguien mientras lo vemos. A veces sabemos que, si miramos a los lados o a nuestra espalda, encontraremos al objetivo de nuestras asociaciones neuronales. Pero el pensamiento más abstracto, más peligroso, más oculto, más misterioso, es aquel que se adueña de nosotros, aunque sólo sea por un instante, cuando la única fuente cognitiva es nuestro recuerdo. Como un collage, como un rompecabezas, generamos un rostro particular. Pintamos un cuadro cubista en el que diversos momentos van surgiendo y esfumándose, encajándose, complementándose, destruyéndose, mientras no vemos más allá de nuestras pupilas. Nos encerramos en una habitación oscura, donde luces nebulosas guían nuestro entendimiento, y crean, como niños jugando con arena, estatuas, imágenes, figuras… No sólo eso. Como lograron los más altos artistas de la cima de la especie humana, generan sentimientos, sensaciones. Como una lluvia, caen en mis pies descalzos y me hacen sentir incómodo, desnudo, violento, más animal que humano, más macho que hombre. Mi parte racional me observa, recluida en una jaula, con los brazos y las piernas unidos por una cuerda que los oprime, mientras los instintos, el sucio subsuelo de mi vida, me atacan, y quieren bajarme de mi trono para volver a caer en él. Pero me mantengo firme, y si me concentro en mi propia vida, en mi propia existencia, en que cada persona ha ido creciendo y no es una escultura de barro colocada en medio del camino, esa rabia se disipa, la cuerda se afloja, y de nuevo mi Razón camina, desentumeciendo sus miembros hasta mi cabeza, que se abre, dejando que Atenea vuelva a su primer hogar, sin hachazos ni golpes; con el natural acercamiento, con la transición y el transigir de mis dos yoes. Unidos por mí, para mí, sobre mí. Destinados a entenderse. Son los dos extremos y yo el centro, yo en el centro, haciendo equilibrios sobre una cuerda, guiándome por una acompasada respiración mientras luces pasan veloces bajo mis pies. Un día la cuerda se convertirá en una plataforma de loza, en tierra firme. Así lo siento: ese día se acerca.

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