El Sol de mi noche

Soledad tranquilaCuando la noche llega, y el Sol visita el subsuelo, la memoria hace su entrada triunfal en mi casa. Entra por los huecos de las paredes, por los poros de mi piel, por mis tejidos, por mi carne, y se recuesta sobre mi pecho. Su tacto es áspero, y sus aristas me molestan, me pinchan, me producen heridas. Pero la acojo, como se acoge al hijo pródigo, esperando una redención, una subordinación, la desaparición de cualquier impedimento que nos dificulte olvidar.
Cuando la noche llega, el espacio libre se puebla de fantasmas y hologramas. Sombras me miran de soslayo, rodeándome sin darme cuenta. Aunque a veces las sorprendo, y enfrentamos nuestras miradas: mis ojos miopes y sus rostros opacos, grises, construyen puentes sinápticos, y el baile de imágenes comienza. Los primeros pasos eran vacilantes, siempre fueron ellas las que me guiaron. Las sombras me indicaban qué pie mover, de qué pie cojear, cómo desplazarme, dónde, cuándo… Mi propio cuerpo era mi enemigo, y a lo lejos, donde el horizonte descansa de su eterna huida, observaba mi palacio en el olivar, mi Pabellón Dorado. Las nubes de vinagre y petróleo lanzaban sus gotas contra mi lengua, y las saboreaba como la cera de los oídos.
Pero…
Pero ahora, cuando la noche llega, el Sol se queda en mi habitación. El calor se vuelve íntimo, y no necesito más amigos que mi propia seguridad y un día soleado. Mis amigos son ahora los árboles, el viento, la lluvia, las hojas, mis ojos, los latidos de mi corazón. Son los que me dan la vida, los que me inspiran, los que absorben mis preocupaciones sin importarles lo que yo les dé a cambio. Tal vez no sea humano, y sea algo distinto. Ni inferior ni superior. Distinto. No me siento a veces social. Prefiero la paz, la calma. Tal vez sea porque ya me he tropezado bastantes veces en este baile. Y me he ido a disfrutar de una buena película, a ser protagonista de mi propia vida, a no ir dibujando los perfiles de otras personas, redactando guiones adaptados…
Ahora, cuando la noche llega, y el mundo despierta de su letargo, y la niebla acaricia las hojas de los pinares donde paseé siendo niño, la brisa disipa mi niebla interior. El Sol, dentro de mí, brilla, y disfruto de sus rayos de luz. Si la temperatura aumenta, la sombra apoyada en los muros me sirve de cobijo. No pretendo conseguir nada más. Y es algo que, sin embargo, me inquieta. No me pregunto qué es la vida, para qué sirve o cómo debemos vivirla, porque sé que esa pregunta tiene muchísimas respuestas posibles, y por lo tanto no tiene ninguna. Me inquieta el hecho de que sea ésta la vía, el camino, el sendero, la opción, la elección que me haga más feliz. Dentro de mí, junto al Sol que funde mi estómago, el animal social bebe de mi sangre, se alimenta de mis entrañas. Es un huésped bastante esquivo, y quiero comprenderle, saber cómo actúa, cuáles son sus gustos, a qué dedica su vida. Pero se calla, y me mira desde el otro lado del espejo, con una leve sonrisa que me perturba, que no comprendo. ¿Sonríe porque sabe que me equivoco? ¿Sonríe porque soy distinto? ¿Porque nadie más sigue mi camino?
Ahora, la noche ha llegado. El Sol, con gasas azules, brilla sobre la charca, de orillas despejadas. Me tumbo en la hierba fresca, y escucho a la Tierra respirar. Las ranas nadan en el agua. La hierba mastica la tierra húmeda, seca bajo mi espalda. Es verano. Siempre es verano. Siempre hay un viento perfumado ligeramente de madreselva y lavanda. Es una gran mañana. No necesito más. Y si la noche llega, el hueso de mi nariz no volverá a hincharse e irritarse. Las cuencas de mis ojos no se endurecerán. Mis oídos no zumbarán. Aceptaré mi soledad junto al agua, y beberé si tengo sed. Y si la noche llega, este oasis me permitirá seguir la travesía por el desierto hasta donde me alcance el tiempo.
Ahora, la noche ha llegado, y la luz baña mis costas. Mi oda al Panteísmo se ha vuelto realidad. Soy todo y nada concreto. Así es como mejor me siento.
Y cuando amanezca, sé que el Sol recuperará su trono en el cielo, dejando en su nacimiento la gasa púrpura de mi melancolía, borrándola cuando alcance su cénit. Mi cénit.

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