Reflexiones

Calma en Santorini¿Por qué, si todo ha pasado ya, aún me entristezco a veces? No debería importarme, y es poca, de hecho, la importancia que le doy pero… me preocupa el hecho de que esta enfermedad no remita, de que a veces las cuerdas se aten alrededor de mi cuerpo de Gulliver mientras duermo y sueño con ellos o ella.

Así es todo; no dependo ya de mí en cuanto a este aspecto. Todo lo que puedo hacer lo hago, y cuando llego a los límites de mi voluntad, veo cómo a cinco metros, donde no alcanza mi mano, hay una espina clavada en la piel. Si no hago movimientos bruscos no duele, pero… ay de mí si comienzo a entrar en parada mental.

Es curioso y triste comprobar el grado de implicación que tuvimos en la vida de otros. El grado de preocupación, de cariño, que tuvimos hacia otras personas. Y es que, cuanto más has querido a alguien, más deseas olvidarlo cuando la espina se clava. Y, sin embargo, son más las situaciones, los objetos, las personas – incluso nosotros mismos – que relacionamos con ellos. Siempre están ahí. Ellos como el arco bajo el que paso cada vez que entro a mi castillo de naipes.

Si llueve, es que es un día triste. Si hace sol, no puedo disfrutarlo con quien querría. Es un bucle negativo, un círculo sin comienzo del que, en ocasiones, encuentro un cabo suelto de no se sabe dónde, y tiro de él… y lo deshago. Es entonces cuando desbrozo la memoria, y contemplo lo simple, los hechos tal y como fueron, sin pretender negarlos o huir de ellos. Lo hecho, hecho está. No hay vuelta de hoja.

Y es verdad que estoy mejor que antes. Salta a la vista. Veo menos círculos, aunque cuando cierro los ojos, aún siento en mi piel la espina, la chica que observo desde una lejana ventana sin que ella me pueda ver. Y cuando abro los ojos, queda un leve recuerdo de fase REM, como el poso amargo del café, como la cerveza que pruebo y sigue sin gustarme.

Cada momento es una prueba para desvincularme de una etapa de mi vida. Una etapa que comienza con un encuentro, con una confesión, y termina con otra. En este intermedio, en este periodo de entreguerras entre mi voluntad y mi alma, busco objetivos nuevos y relucientes.

Vivir no es más que compartir. Compartir tiempo, más que posesiones. El tiempo es la posesión más valiosa que tenemos. Es lo único que siempre está ahí, que nos duele al desperdiciarlo. El tiempo tiene un error de programación: y es que no nos damos cuenta de que lo hemos tirado por la borda hasta que el barco ha llegado al puerto, esté el mar en calma o arreciando la tormenta que nos cala hasta los huesos del corazón.

Soy un animal social expulsado del paraíso. Busco en el desierto compañía, y aunque la encuentro, no entiendo su idioma. Soy yo, el desarraigado, el que posee la clave, el abono del que se alimenta la raíz de mi aislamiento en su sentido más abierto – paradójicamente -. Y es que, al observar alrededor, me doy cuenta de que muchas personas disfrutan con la compañía de otras. Pero cuando uno está solo aprende a quererse. Cuando uno vive para otros, no se quiere, y no puede dar lo mejor que tiene a esos por los que se preocupa y a los que, al contrario, perjudica.

Porque cuando uno está solo, aprende muchas cosas. El efecto es el mismo que el sufrido por alguien que cambia la ciudad por el campo. Cambia el tumulto, la diversión, la actividad frenética, el ruido de los coches, por la calma, la paz, los distintos sonidos de la naturaleza, las conversaciones entre los árboles, el mar sonoro oculto en los pinares donde se esconden los lobos. Cuando uno está solo, siente que la soledad echa su aliento húmedo sobre su rostro, y aprende a resistir con los ojos abiertos. El egoísmo bien entendido, la fortaleza ante la adversidad, la fuerza de voluntad… Todos ellos son lecciones que nos enseña la Soledad, tan temida por algunos como amada por aquellos que buscan un oasis azul donde poder descansar durante uno o dos minutos.

La soledad, como la vida misma, puede ser buena o mala, pero eso depende de nosotros mismos. No depende nunca de aquellos que provocan que estés solo. Porque aquellos que te dejan solo deben tener en cuenta que tú decidiste compartir con ellos parte de ti. Y es por ello que tú siempre tendrás la sartén por el mango. La justicia divina es un gran enemigo en este tipo de situaciones. Crea dudas existenciales que nada tienen que ver con nuestra existencia, sino con una existencia platónica, abstracta, colectiva, que muy difícilmente constituye un nexo de unión entre los mundos que cada persona posee en su interior.

Uno debe vivir de dentro hacia fuera. Y una vez hecho eso, de fuera hacia dentro, sabiendo qué es lo que nos conviene, lo que queremos hacer, y desechando aquello que sepamos que nos dolerá, que no hará sino criticarnos destructivamente.

Porque a veces las críticas pueden ser constructivas. Y estoy seguro de que aquel que más ha sufrido es aquel que mejor afrontará los golpes que le dará la vida, materializada en nuestra propia concepción de las cosas. Es duro y pesado ordenar nuestro cerebro, darle a cada neurona su lugar, comprender que no todo depende de nosotros en su totalidad. La clave está en centrar nuestros esfuerzos en nuestro país, dentro de esos límites que, aunque estén rodeados de espinas que a veces visitan de incógnito nuestra tierra, disponen de agua y brisa suficientes como para hacernos recordar sin dolor lo pasado, más aún, como enseñanza para el futuro, en una simbiosis temporal que nos transporta como una ola en el mar.

Y las palabras pueden ser una buena medicina contra este dolor. Llevo tiempo sintiéndolo en mi pecho y en mi vientre. El fin de todo esto tal vez nunca llegue. Dejémoslo, por tanto, estar. Dejemos que suavice sus bordes para que, al golpearnos, no nos duela tanto. Para que sepamos que esos asteroides que colisionan contra nosotros lo hacen por nuestra propia voluntad, porque los tiramos y ahora rebotan. Dediquémonos, pues, a estar, a existir, a vivir activos y serenos en nuestra nación, protegidos por las fronteras porosas de las emociones controladas y la sabia filosofía del vivir.

Me siento orgulloso de haber aprendido todo esto.

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4 comentarios en “Reflexiones

  1. La soledad en cierta manera nos enseña muchas cosas. Un día soleado puede ser triste como tu dices, pero puede ser maravilloso, pasear por el parque en soledad, sin ninguna compañía, saborear las cosas maravillosas que te encuentras día a día en tu camino. Yo detesto escuchar música cuando paseo por la ciudad o por un parque, me gusta escuchar el reir de la gente, el aire soplar, el llanto de un niño, los pájaros… y es que después de muchas historias que vienen y van te das cuenta de que de todos los golpes se aprende, y se sale mas fuerte. Hay gente que decepciona, que hace daño, que se olvida de que existes pero también hay gente que sorpende muy positivamente. Hace poco leí una frase que me gustó muchísimo:” No te preocupes por la gente de tu pasado, hay una razón por la que no estarán en tu futuro” Y lo que importa es el presente y el futuro, el pasado pasado está.

    Un besico.

    1. Antes que nada, gracias por leer mi blog :). Uno cree que la soledad es exclusivamente mala hasta que la vive. No niego que se pase mal cuando uno está acostumbrado a no estar solo, pero realmente uno puede alcanzar estados de ánimo, verdades, pensamientos y actitudes que nunca habría pensado que podría experimentar y sentir. Cuando te sientes solo, hay muchos remedios para apagar la pena; y, curiosamente, todas esas medicinas las encontramos donde antes no veíamos nada: un poema, una melodía, un sonido, el viento o incluso la cadencia de nuestros propios pasos. Es bueno, en esos momentos, abandonarse a uno mismo, y mirar siempre hacia delante. Ya nos agarraremos si tropezamos, ya nos levantaremos si caemos… Pero siempre con nuestras propias manos. Al fin y al cabo, vamos a vivir nuestro propio final en primera persona. El resto del reparto siempre debe tener menos protagonismo.
      Hoy he leído una frase en un libro de J.M.Coetzee, “Esperando a los bárbaros”, que dice: “La nieve cubre la tierra de blanco de un horizonte a otro. Cae de un cielo en el que la fuente de luz es difusa pero está presente en todos lados, como si el sol se hubiese descompuesto en neblina, o convertido en aura”. Debemos ser ese aura que se expande, que se descompone y lo inunda todo, volviendo opaco el mundo para, después, dejar huella en todas partes. Las huellas en la nieve siempre son borradas por el tiempo. Y la nieve y la luz permanecen, vuelven. Nosotros permaneceremos en nuestra vida. En el futuro. Siempre en el futuro.
      Un beso.

  2. Jamás me ha pasado, pero al leer tus reflexiones, sentí como si escribieras mis propios pensamientos. Parece que los humanos tenemos más cosas en común de las que creemos.

    Gracias

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