Lluvia y vendas

No escuches maldades. No veas maldades. No digas maldades.
No escuches maldades. No digas maldades. No veas maldades. Sólo así serás sabio. - Leyenda china

Es de noche. Hacía mucho que no llovía… fuera. Ha sido un invierno de cartones mojados y goteras en el estómago, pero las heladas llegaron y congelaron cualquier pasión visceral. Ahora la lluvia me lava, me limpia, me sana. Es de noche y estoy solo… en mi casa. Las gotas de agua repiquetean contra el suelo, remarcando los segundos que pasan en el reloj sin sonido, en las agujas que ahora oigo, como si telepáticamente hubiera activado las ondas sonoras que recorren el aire hasta mis oídos. Las gotas de agua salpican el suelo mojado. Son los ríos que van a parar a las alcantarillas, al subsuelo, al ello de Freud, a los instintos cubiertos por el manto húmedo de un bosque escarchado.

La lluvia es otra cosa con doble significado. Tanta vida para unos y tanta destrucción para otros. Don divino o castigo del cielo. La lluvia de mi interior, que antes engullía, montada a lomos de veloces ramblas, todo lo que pasaba bajo ella, ahora ha fertilizado el suelo de mi alma, y deja que los árboles, que las plantas, que los animales… deja, en fin, que mi mundo crezca en mí; que mi cuerpo no sea un mero cementerio, una naturaleza muerta. En el lago donde aún guardo las estatuas del cementerio de Zorrilla – algo que ya señalé en otra entrada – se han ido encendiendo luces procedentes de estrellas. El techo de la cueva, del pozo donde el lago se hundía, se ha ido abriendo, dando paso al Sol, al Sol con letra mayúscula, al padre de mi calor y mi dicha.

Ahora, desde arriba, contemplo la balanza de la justicia divina, de esa justicia injusta que inventé para demostrar que mis actos debían conducir a una buena meta, a un final digno del sufrimiento que sentía. Pero, ¿de qué sirve repensar la culpa propia, desarrollar disculpas, si aquellos, si aquella a quien van dirigidas no pueden leernos la mente? A veces hay que dar por perdido algo para recuperarlo. Di por perdida la felicidad, los colores claros, la luz derramándose por mis ojos y mi cuello. Y fue entonces cuando di el primer paso para mover la pesada roca de la apatía y la desesperanza. La esperanza fue haciéndose cada día más fuerte, una esperanza que no deseaba la misma situación; una esperanza cuyas raíces se nutrían de los alimentos que yo mismo producía. Comprendí entonces que había confundido términos y tiempos: cuando no tenía que hablar tanto de mí, lo hacía. Y después, cuando más tenía que vivir para mí… Ahí estaba la balanza de fuego, la norma no escrita, la ley subyugante, la cárcel del ave que es mi alma, deseando romper los barrotes con el pico para volar a tierras lejanas. La jaula, indestructible para mí, fue poco a poco convirtiéndose en hileras de musgo y hierro oxidado, y ya no es más que cenizas dejadas por el tiempo y la memoria. Cenizas de las que, recuperado, surjo de nuevo.

Con un alma limpia, que cierra los ojos para mirar a otro lado, que deja que la cabeza vigile al corazón, que reconoce que lo que consideramos malo puede ser bueno para otros, que se asegura de no volver a caer en el egocentrismo ni la candidez, que busca el término medio, meta vital, ínfimo punto entre infinitas líneas de acción, tan imposible como posible es cometer errores; tan frágil como el pensamiento: aunque ahora sólo os veo en algunos sueños… y ya no sufro. Eso es lo más importante: ya no sufro, ya no concentro mis fuerzas en debilitarme, en llevar a buen puerto una misión paradójica de autodestrucción. Ni el odio ni el rencor hacia vosotros me dominan. Sólo queda un poso de dulzura, cubierto por una agria capa de indiferencia adquirida, de desconocimiento voluntario. Dije:  “No os quiero ver ni en pintura“: no por vuestro mal.

Por mi bien. Por mi escaso y preciado bien.

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