Paz japonesa

Paz del PabellónEl Pabellón Dorado

La nieve sobre el Pabellón DoradoEl Pabellón Dorado, refugio alejado de la guerra, retiro del que descansa de una vida de penurias. Sobre las cuatro paredes, sus pestañas, sus tejados superpuestos, fluyen y se deslizan dejando un rastro de polvo dorado de estrellas. Los árboles suspiran a su alrededor, testigos de su belleza, y verdean sus hojas, mostrando sus mejores galas, inclinando sus troncos para beber del estanque sobre el que el Templo recoge sus cimientos de madera y roca. El tacto de su madera es suave. El sol besa sus bordes, acariciándolos como los labios de su amada, erizando como vello sus rayos en la claridad del día inundado de luz.

Es por la mañana. Los pájaros se bañan en el agua, que recorre dulcemente el lecho de cantos rodados. Un jardín zen se baña del sol filtrado por finas nubes blancas, apenas gasas de un cielo sin dolor ni lamentos. El emperador mira el bosque, y delante de él, la floresta regala olores ocultos, leyendo en un calmo susurro las líneas de su frente y su alma. Su corazón respira por su boca, y disfruta del tenue viento.

Sus recuerdos de parques infantiles con toboganes de madera, de viajes bajo toldos, de estancias en pabellones alrededor de fuentes y estatuas, le complementan, y ocultan cualquier pena, cualquier momento que ahora parece tan lejano… Respira hondo, respira sintiendo que su cuerpo es mero canal, recordando la historia del hombre fundido con la arena y las olas del mar, bajo la miríada de estrellas que, ocultas, le observan tímidas, esperando el momento en que la oscuridad les deje enseñar sus rostros, de belleza blanca y pura. Es tan bello su soñar como su vivir.

Y la tarde llega, y lejos de convertirse en sede de la nostalgia, una cálida sensación de recogimiento y protección recorre sus venas, que llevan sangre renovada por la paz que le rodea. Al atardecer, un shamisen y un shakuhachi dialogan sobre abstracciones y emociones derramadas en cascadas sobre pequeños lagos, en cortas paredes de roca sobre arces de hojas rojas.

Su alma japonesa disfruta, mientras, en medio del bosque, un árbol se cae. ¿Produce algún sonido? . Eso parece decir la brisa de un puerto cercano. No importa la respuesta. Así que descansa, siente cómo el reposo llega al centro de tu cuerpo, y expándelo a través de él, a través de otros que serán tus propios canales. Esa es la dicha. La calma. Esa es la felicidad. Porque olvidando es como se encuentra. Y si Zhaozhou o San Francisco de Asís coinciden en algo, es en afirmarlo, en defender la iluminación frente al discurso lógico.

Ahora toca dormir. La luna y la nieve han llegado al templo, y en mi alma un hogar desprende el calor de la leña y del sol acostado entre las piedras y las puertas del estanque. La paz ha llegado a mi Alma.

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