El tren

Sanlúcar de BarramedaConstantemente nuestro mundo cambia. Tanto en su vertiente física como en el ámbito de nuestras emociones, de nuestras circunstancias personales. A veces, uno y otro se funden. Materializados en seres desconocidos, sentimientos que harían las delicias de Carl Jung afloran bajo las pieles de personas, de todas las personas, que guardan vínculos, a veces especiales, aunque la mayoría de las veces ordinarios e incluso imperceptibles para una visión rápida de barrido. Esa visión que estamos acostumbrados a adoptar. Esos sentimientos, de venganza, de pasión, de cólera, de amor, de odio, de cariño, de desprecio…; todos ellos son producto de nuestra innata capacidad para simbolizar y moralizar. Todos ellos parten del punto de salida situado en nuestra balanza mental. Sobre dos platillos colocamos, a veces con mesura, a veces como armario a punto de rebosar, los diferentes objetos o seres que ponderaremos y enjuiciaremos.

Ser juez es muy difícil. Sea sobre litigios ajenos o sobre nuestra propia vida. La verdad es que la noción de justicia justa me parece remota, e incluso en ocasiones asumo que su alma apática se refugia en el horizonte, en esa línea fugaz que contemplamos siempre a la misma distancia… aunque nos movamos  y avancemos. La luna, el Sol… ajenos a nosotros, siempre aparecen en el mismo sitio, y me parece que son lo único justo que existe, lo único que nunca cambia, lo único a lo que nada turba. Sumergidos en una danza aérea y eterna, los astros surcan el éter descalzos e inmunes. Mis pies, protegidos, me proporcionan mucha menos seguridad que las luces del cielo. A veces opto por moverme con ellas, por viajar en el tiempo a través de lunas compartidas y claridades que prometen amaneceres morados en su inicio y de color cian, del azul claro, dulce, ponderado, de los ojos de la reina de los cielos y los sueños, en su cénit.

Mucho más fácil que ser mi propio juez es abandonarme a un recorrido en el que contemplo, pero no me bajo a asentarme. Un camino en el que mis propios pies reposan sobre esteras blancas y firmes, sintiendo el viento que surca mis poros como acaricia las velas de un galeón.

Lo que escribo no vale nada si, al leerlo, piensas en otra cosa. Lo que escribo debe… mejor dicho, sería mejor que fuera madurado, que se dejara reposar, dorarse en las calderas del tiempo y el cerebro. Si se hiciera esto, el texto doblaría su valor, su extraño valor de teclas conectadas directamente con mi propia invención.

En los sueños y los pensamientos dirigidos, madurados como el texto bien leído, las sensaciones son suaves. La brisa es suave. Las sensaciones son ricas y variadas. El color es rico y variado. Las sensaciones son lisas y con múltiples brillos y reflejos. La seda lo es. La esencia de la vida debe ser eso, o al menos de la vida que inventemos.

No somos responsables de nuestras circunstancias, de aquellas parcelas de nuestra vida que no controlamos. Sólo nuestras acciones deben ser juzgadas por nosotros mismos. Del resto debemos desaparecer. Somos el único pasajero que no se bajará de nuestro tren. Los demás son huéspedes de nuestras moradas, aquellos a los que abrimos nuestras puertas; aquellos que, a su vez, construyen habitaciones de sus propias casas, de sus propios trenes, de sus propias nubes, en las nuestras. Cuanto mejor es la compañía, más rápido pasa el tiempo; más rápido transcurre el viaje… y más nos duele la caída de aquel que parte a otras estrellas fugaces, dejándonos en una soledad de trozos de madera y polvo en las vitrinas de la memoria.

Si te tiras en marcha de un tren expreso, a veces las cicatrices de la cabeza y el corazón laten, punzantes, bajo la piel arañada. Otras, en cambio, vas lanzando los recuerdos por la ventanilla.

Pero el viaje sigue. Y mientras Buster Keaton sonríe desde la sala de máquinas, el tren avanza. Aquello que dejo se va perdiendo cada vez más en el horizonte. Algún día no quedará nada de los antiguos inquilinos. Sólo una foto de verano, que me recuerda que hubo calor en aquel tiempo. Y tiempos felices.

Exactamente lo mismo que en la próxima estación.

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