Paz mora

Torre de las Damas - Alhambra de GranadaEl principal objetivo de mi existencia ha de ser el mismo que la cruzada liderada por Juan Ramón Jiménez contra las palabras inservibles, en busca de la esencia de las cosas. Mi mente, que idea, tiene por cómplice al aliado torpe, la lengua, mi lengua, la que no puede transcribir con exactitud, que no puede expulsar al exterior, intactas, las palabras que resbalan y se deslizan por los toboganes nerviosos de mi cráneo. Ése ha de ser mi principal objetivo.

No me inquieta el nivel creativo de mi mente, ya que ella misma se encarga de crear continuamente imágenes que, o bien beben del exterior, o bien crean su propio exterior, se guían por sus propias reglas. Seguían siendo dos los contrincantes en esta batalla lingüística – mi mente y mi lengua -, y súbitamente la una se impone a la otra, y surge un producto que no es ni el uno que se impone, ni el otro dominado. Es un hijo, un vástago que es uno y es diverso a su vez. En esta danza se mezclan los genes de mi intención y los de mi acción. Mi voluntad y mi sino se entremezclan, se diluyen, se esconden tras el sordo color de una mezcla homogénea, y entonces aparece este texto. Puede haber atajos que, en mi mundo cognitivo, veo brillantes, fosforescentes. Pero los seguiré, con lenguas por piernas, trastabillando, resbalando y encontrando piedras y guijarros donde antes sólo veía llanos senderos y viejos robles y olivos a los lados.

Por el olivar de mi imaginación voy caminando, tranquilo, respirando el aire puro de la mañana perpetua, observando a lo lejos el cortijo blanco, los muros que refulgen bajo la luz del sol, con la calima a lo lejos, lejos de mí y de ti, realidad inventada, lejos de mi burbuja de paz mental. Las noches, que conviertes en día, dan más calor que el propio día, un día fresco, una mañana temprana, con cantos de aves y de almuecines entonando a coro los sonidos de los instintos, de la naturaleza, de entes abstractos, superiores, y por ello dignos de mis sueños, en mi mundo imaginado.

Con un sombrero de paja, con la luz del sol filtrándose por las entretelas de mi pulcra serenidad, recorro el polvoriento sendero, con los ojos guiñados levemente, silbando a veces una melodía templada, observando el blanco susurrar de los pinares. Se van sucediendo realidades eternas y escondidas bajo céspedes de casas raras y estriadas pieles de cochinillas, asociadas como dos desconocidos por los recuerdos de mi infancia. En la cálida piscina, descansa mi cariño, jugando, chapoteando con mi hermano y mi padre, mientras mi madre hace carantoñas al aire y a la cámara, viajando a través de las cintas de vídeo hacia mi melancólica y soñadora alma, hacia mi rica alma de pobre, contenta con poco, dichosa con una vida gratificante, feliz con la quieta calma de un patio andaluz con toldos bicromados, de un parque musulmán, de un quiosco, un pabellón, donde un cuarteto de cuerdas entona dulces cantos mientras el sol va hundiéndose poco a poco entre las hojas de las palmeras.

La mora me observa con ojos negros e hipnóticos. La mora clava en mi corazón sus dos ventanas enmarcadas, y los alarifes de mi cielo comienzan una obra que durará toda la noche, hasta que la última roca quede colocada en la cima de mi Universo, y mi mundo soñado, mi mora y yo, podamos ser uno solo en la quietud velada del cielo.

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