Preámbulo del sueño

Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertarHay dos tipos de entradas, de textos, de espejos de mi propia mente que dejo caer en este blog. Unas, son aquellas entradas que nacen de una tempestad interior, inmanente, inherente a mi propio ser, absoluta, que no necesita de nada que la despierte, aunque a veces sea más fácil sacarlas de su encierro con pequeñas dosis de inspiración escondida en los más insólitos lugares de la naturaleza humana o no tan humana. Otras, en cambio, son vástagos de imágenes, de canciones, de poemas… En ese caso, mis pensamientos son auxiliares, son perros falderos que siguen a la Idea principal, a la Idea cumbre, a una Idea un tanto artificial, que nace en el exterior, en ese exterior donde tal vez no sólo naciera sino existiera desde tiempos inmemoriales, esperando a que alguien formara con sus neuronas una caña de pescar musas, y no musarañas.

La imagen del fuego es una imagen evocadora, inspiradora, arrebatadora, incluso cálida por momentos, digna de un día de nieve junto a la hoguera. Y lo curioso es que ni en Sevilla nieva, ni jamás he estado junto a una hoguera encendida – al menos, que yo recuerde -. ¿De dónde proceden esas ideas, esos sentimientos, esas sensaciones? ¿De dónde proceden, pues mi cuerpo jamás las ha registrado? Si mi egoísta cuerpo no sintiera como suyas las muertes de niños hambrientos, el calvario de mujeres maltratadas, la pena de personas sin ganas de vivir… Si mi egoísta cuerpo se encerrara en sí mismo, acabaría por aborrecerlo, y aborrecerme. Aborrecer esta cabeza, este alma que en la mayoría de las ocasiones prefiere la soledad a cualquier compañía, buena o mala. Aborrecer esta cabeza doliente que me encierra en un estado de inspiración, cerca de las dos de la noche, para escribir textos que yo mismo leeré, y de los que desconocidos lectores extraerán las pocas conclusiones que de mi lenguaje personal y críptico podrán sacar.

De ese lenguaje críptico y personal también están hechas las razones, las reglas con las que funciona mi consciencia, que a veces rechaza la idea de que soy un animal social, de que mi felicidad está en vivir con más de uno, con alguien que no sea yo mismo, hablando en un monólogo de sinapsis y dendritas, tan impersonal como mi reflejo en el cristal del espejo. El espejo sin cristal no es nada. Y yo no sería nada sin la conciencia de lo otro, del prójimo, de la compañía que vendrá, de las horas pasadas sin mirar una sola vez al reloj, como hacen los infelices, vigilantes obsesos de las agujas que, ahora, en el silencio de mi salón, escucho, como si de repente mis oídos despertaran, acostumbrados a mi reloj biológico, y se torcieran para captar las ondas que proceden de los doce puntos en que dividimos la mitad de un día, división a su vez artificial, creada por nosotros, del año que también creamos. El tiempo es un simple fluir, una simple rueda a la que colocamos ejes para darnos cuenta de que está girando. El espacio también. Tanto el físico como el espacio inventado que crea el espacio físico de mi cerebro. Tal vez mi obsesión por mi cerebro esté fundada en mi obsesión por los misterios de mi mente, por los enigmas de mi muchas veces contradictoria mente, que viaja a contracorriente, salmón del río de mi voluntad, de caudal irregular y enorme cauce, al que a veces uno afluentes que van a parar a lugares que sólo yo desconozco, y que reposan por siempre entre los ejes inventados de la rueda del tiempo.

Tanta subordinación agota los ojos del cansado lector al que Morfeo ya susurra sus canciones de amor. Bajo el claro de la luna que Debussy contempló, de la misma luna que, esté donde esté, me recuerda que el mundo es el mismo, el techo me protege, y la almohada, nostálgica, espera que mi cabeza repose entre sus brazos, entre sus algodonosas nubes de cielo azul; feliz, con ojos guiñados, como en la foto en la que, con pocos años, mi hermano y yo sonreímos; feliz, como en el reloj de pinzas y el cuadro de legumbres que dedico a mi madre; feliz, como la poblada barba de mi padre, joven y sonriente, con la vida que a mí también me espera a cada paso que doy.

Si son los sueños los que me motivan en esta entrada, bienvenidos sean a mi reino, a mi república… a mi tierra. Bienvenidos sean, y que se queden, que salgan por la noche a cazar estrellas y a beber vientos. Que descansen bajo el crepitar de una hoguera, sin miedo a bestias ni tempestades, bajo una suave brisa. ¡La brisa…! El suave tacto de la seda. El color, último miembro de este triunvirato que domina mis conductos internos.

Es hora de dormir. Salid, sueños. Vuestra hora ha llegado. Espero despertar mañana con dulces vientos en mis pulmones. Y con estrellas en mi pecho.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s