Fuego

FuegoEl fuego: metáfora de lo cambiante y lo inmutable. De lo eterno y de lo fugaz. Una explosión flamígera, una danza de miles de grados bajo la sorda letanía del compás marcado por el corazón del Sol. Como buen maestro, nos enseña a valorar el término medio: si estamos demasiado lejos de él, nos helamos. Si nos acercamos demasiado, nos quemamos.

A veces quemamos nuestras almas con el fuego del pasado. Como agujas, entre los resquicios de nuestro cerebro, un mal momento se queda latiendo con llamaradas, pinchando con punzadas palpitantes, en las sienes y en la nuca, sacando de su reino a las hormigas y pequeñas arañas que duermen en nuestros oídos y pasean por nuestro cuello. Y caemos de rodillas bajo el sol vertical de un desierto, viendo relojes en los ojos de Luis Cernuda, mostrándonos, abiertos en canal, como un cuadro de Francis Bacon.

Otras veces el fuego es nuestro aliado. Disipa la escarcha del pasivo, del que estuvo quieto demasiado tiempo, y ayuda a evitarnos problemas. Rodea con capas de pequeñas antorchas las cárceles de nuestros recuerdos, para que no podamos abrir sus celdas hasta la hora de dormir. El fuego nos da luz en la oscuridad, en la niebla y las sombras de lugares en los que caemos cuando desaparecen nuestras sillas y nuestro sustento. El fuego puede hacer salir todos nuestros males, purgar de bestias todas nuestras selvas de azules venas enredadas entre cemento y polvo. El fuego puede volvernos cenizas de ave fénix; puede hacernos renacer.

El fuego crea fronteras imaginarias, separadas por colores claros del resto de nubes rojas que el indio expulsa por la Sublime Puerta de su imperio. Extrae con ellas parte de su alma, y en el filo superior de la llama, el dragón, el guardián de sus pensamientos y de su esencia, otea el horizonte en busca de intrusos no deseados.

El indio grita, echa pestes por la boca, y se purga. Su cuerpo ahora descansa, cálido, bajo la carpa de su tienda, donde bebe tranquilamente té y juega al ajedrez. La tea descansa junto a su lecho, y el suelo, repleto de cojines, queda oculto bajo esta suave marea, que protege a su cuerpo de la dura roca convertida en mármol. Mármol o cojines: cualquier opción es buena.

Antes o ahora; amarillo o rojo. Abro ahora las puertas de mi alma para recoger nuevas llamas. Mi corazón y mis pulmones, hombres primitivos y mudos, lo esperan con los brazos y los ojos abiertos. Y la antorcha en sus manos.

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