Cuerdas deshilachadas

El ColosoMi mente me lleva hoy en su alfombra voladora a la loma junto al Parque del Alamillo donde lloré mis penas y mis amarguras junto a los coches que pasaban a dos metros de mí. Mi mente me lleva ahora a los sueños turbados y a los días pasados como un mal sueño, con la lengua seca y amarga por los duros golpes de un bastón rugoso. Y mis ojos me encuentran ahora, mirándome al espejo, mirándome a mí mismo, al que fui y al que seré, que también me mira a mí, en un estado de máxima compenetración, viéndome como sólo yo mismo me veo. Oyéndome como sólo yo mismo me oigo. Escuchando mis latidos y mi voz interior como sólo yo la escucho. Y me veo más tranquilo, más sereno, aunque con un barniz de pena y amargura que a veces hace brillar las partes más oscuras de mi día a día. Otras veces, con las duras hebras de la escoba de mi voluntad, voy recogiendo la suciedad acumulada en mi vientre y mis pulmones, y la guardo bajo la alfombra, o la lanzo a la calle, dejando un rastro de polvo al caminar.

En la loma donde mi corazón quebró en seis partes, comencé un sendero de hambre de alma, de hambre de amor. Llegué a los más profundos niveles de la apatía, del infausto andar, moviendo los pies como piernas dormidas, como partes de máquinas, como pedazos de metal candente que quemaban mi piel bajo el agua helada del tiempo dormido. El reloj ya no marcaba las horas como horas, sino como años. Dentro de mi propio mundo, con sus propias leyes físicas y morales, comprendía mis actos y mis costumbres, alejado de las diferentes visiones del caleidoscopio de mis circunstancias. Trocito a trocito iba descomponiendo el puzzle de la realidad, para hacer encajar las piezas con esfuerzos y sudores. Y horas después, tras finalizar la tarea, observaba que el obstinado trabajo había dado lugar a algo peor que al principio. Y volvía a descomponer el puzzle de piezas ahora descompuestas, y trataba de encajarlas de nuevo, con tal pasión que se me iba la vida en ello.

En mis pensamientos encontré un refugio que me protegiera del bombardeo de figuras mentales y de recuerdos que me asediaba por el activo día y por la inconsciente noche. Encontré mares, una brisa suave, una dulce sonrisa imaginaria, me encontré a mí mismo buceando bajo el océano de la incertidumbre, temeroso de hallar la espada de Damocles pendiendo de un hilo sobre mi delicada, henchida y abombada cabeza pensante. Encontré también el poder de la mente, el poder de la imaginación, la evocación, la magia que escondían las palabras, las asociaciones de ideas contrapuestas o paradójicas, que en la isla de mi autárquica y anárquica mente hallaban descanso y sentido. Tras la puerta de la tristeza encontré un tesoro de versos, de poemas, de letrillas, de música, de oro blanco y rosas espinadas. Un muro de frío hielo se erguía entre el tesoro y yo. Solos él y yo. Yo ansiando buscar la inspiración, tomar la senda del Parnaso, encontrar los más celestiales órdenes y estados bajo las trompetas de la Jerusalén bíblica. En minutos que ahora se me antojan lejanos y deliciosos, lograba atravesar el hielo, después de muchas horas de vahear, rascando con las uñas ensangrentadas de mis ojos, apretando contra mi pecho las rosas espinadas.

Y, junto al tesoro, el refugio, la cueva, poco a poco fue desapareciendo, dando paso a la plena expresión de mi propio ser, sin miedo a las bombas, sin miedo a perder el cuerpo por ganar el alma. Sí, varias bombas, varias estalactitas chocaron, crujieron, se clavaron en mis ojos y en mi rostro. Enrojecidos, mis globos oculares palpitaban lágrimas y dolor, pero mi calor interno acababa por sanarme…

…Hoy el hielo se extiende de nuevo ante mí. Pero ahora sé que ese no es el único camino. Sé que debo adoptar el espíritu de lo complejo, de lo complementario, del contraste, de los diversos pareceres, del que siempre está dispuesto a bajarse del trono para recibir a un emisario, pero siempre volverá cuando éste parta.

Forjé con el fuego de mil ángeles la espada de fuego de mi liberación. Aún al rojo vivo, sufro al manejarla. Pero la hoja, con el fulgor del sueño milenario de un volcán dormido, espera su momento para rasgar la cuerda que me tiene atado y bloqueado. Pronto llegará el día en que la vida me vuelva a sonreír plenamente. El día en que ponga boca abajo su cara triste para formar una sonrisa. El día en que los mares de vinagre y las nubes de petróleo den paso a un cielo limpio, puro, de nubes algodonosas, de castillos blancos e imágenes oníricas, de extractos de mi propia mente convertidos en millares de gotitas suspendidas sobre mi cabeza. Esas nubes son la nueva espada de Damocles. Llegará el día en que sólo penderán sobre mi cabeza las sabias e inmortales estrellas que acompañen la oscuridad de mi noche y mi destino. Llegará el día en que la espada de Damocles baje dócil a mi mano de hierro, convertida en Espada de fuego de mi ángel de la guarda. Llegará el día en que la justicia divina desaparezca de mi balanza mental, y actúe, me mueva, ría de ira y llore de alegría.

¡Convertíos, náufragos de mi mar! ¡Explotad, neuronas arrugadas! ¡Adelante, cólera impetuosa! Que tus fines sean siempre nobles, que tu carro sea bien conducido, que tus párpados no prueben la arena del desierto… Que en tus jardines no haya frutos prohibidos.

¡Esviral, imagen de mi mente, desaparece! ¡Esfúmate! ¡He arrancado tus raíces y tu trono! ¡He destruido tu reino!

Te sustituiré por una hierba nueva y fresca, verde como la loma donde, ahora, contemplo el soleado cielo bajo el brillo de la estrella de mi propio destino. Cambiaré tu nombre, pero no tu esencia, que guardo en un frasco de vidrio en el arcón del desván de mi mente.

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