Oda al Panteísmo

Cielo y marEl hombre espera, mirando al mar. Es una espera metafísica, abstracta, sin un fin concreto. Es la pura espera. Sus ojos se preguntan y preguntan al mar, espejo del cielo. La respuesta la dan las olas, que rectifican y vuelven a hablar con su lenguaje eterno y fugaz, complejo y sencillo, suave y enorme.

El cielo, cubierto por una tela de nubes grises y por montañas de gotitas de agua salada en constante ascenso, le posee a veces, y su corazón descansa por unos minutos, dejando de latir, haciéndose uno con el ciclo de la vida, reposando su cabeza torcida en la blanda almohada del que despierta sin agobios.

Respira hondo, y el viento perfumado con poéticos olores de tierras lejanas le llena los pulmones de paz y le da la vuelta a la amargura, que muestra su otra cara repleta de dulces inspiraciones.

En esos momentos de meditación, el hombre descubre los rostros que las cosas materiales o intangibles esconden tras máscaras pasivas de palabras sencillas y pensamientos veloces. Observa las asperezas, las irregularidades de sus pieles transparentes, y las ve bellas, aún más bellas que un terso rostro. Y disfruta con su variada hermosura, con sus contrastes fusionados en un juego de luces y colores mutados en… en algo muy dentro de su ser, en la plena esencia de su propio ser fundido en la armonía de la naturaleza.

Siente cómo los granitos de arena van atravesando sin dolor, en fila india, los poros de su piel. Su cuerpo se integra en el mundo y el tiempo cada vez más, acompañado por el bajo continuo de las olas del mar, complemento de una sinfonía de sentidos sin leyes ni normas adquiridas e inventadas. Con el simple pestañear de los ojos de su mente.

El tiempo, ya convertido en algo superior a la concepción de segundos, minutos y horas, transformado en un simple devenir constante y homogéneo, pacífico, se une en un abrazo protector con el cielo y el mar, de un azul cada vez más oscuro, más marino, bajo un manto cuajado de estrellas esponjosas y lejanas, cálidas y luminosas, con cuyos rayos de luz galáctica besan con suaves labios la frente del hombre, no hundido, sino elevado en la arena, en un nivel superior de existencia, en un vals lento y acompasado, sin mareos, con el simple latir de dos corazones fundidos en uno solo, que llora de alegría con saladas perlas deslizándose por sus montes de piel etérea, haciendo cosquillas, en una amarga alegría, en la feliz sabiduría del inconsciente, del que ya no vive en sí, sino en el propio mundo, en la propia naturaleza…

Relajado, el mar ahora oscuro y misterioso observa a su nuevo compañero, que se desliza por lugares antes inaccesibles, disfrutando, sonriendo, con una sonrisa siempre suave y rítmica, paladeando cada pequeñita explosión de células convertidas en brisa, color y seda, la seda del cielo que, suave y sabia, cierra sus párpados de plata mientras el cálido Sol la observa desde abajo, en una calma ansiosa, en una espiral de amor, en una anhelante espera silenciosa del que arde en deseos de fundirse con su amada y convertirse en algo superior, en todo, en el todo de la visión cosmológica, en el Aleph de Borges, en el lento atardecer de Manuel Machado, sentado en una roca, mientras el imponente faro gira como una minúscula cerilla en la lejanía del tiempo y el espacio sobre un lecho de hojas de agua.

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