Brisa de otros mundos

El nacimiento de VenusEl mundo de los sueños posee propiedades totalmente distintas a las del resto de sueños, a las de eso que llamamos “vida”. En los sueños, como un papel continuo, comienzan a aparecer imágenes, olores, sabores, formas… cientos de perlas nos golpean, y algunas de ellas nos hacen daño. Rebuscan en los archivadores de nuestro desordenado cerebro, entrechocan sus pareceres entre las n paredes de nuestra mente, y sin embargo consiguen siempre dar a luz a un vástago, descendiente del recuerdo y el futuro, antesala de mares en calma y tempestades de marinero. Luchas entre el viejo de Hemingway y los tiburones por salvar a su propia presa… para comérsela él después. El principio siempre es el mismo. De un frágil hilo que vamos poco a poco disgregando, expandiendo y estrechando, llegamos a una minúscula cerradura a través de la que pasamos para caer en un reloj de arena donde damos vueltas y tragamos tierra antes de caer sobre el puerto donde arriban todos nuestros pensamientos, anhelos, grutas internas, lágrimas conservadas en vasos de vidrio que se rompen tan fácilmente como la felicidad. Admiramos, sin saber ya de dónde venimos, los cuentos, los juegos, los misterios y enigmas que se muestran a nuestros ojos, embobados y encantados, pues entendemos a la perfección cada uno de ellos. En una feria, en una exposición, en un concurso, en un festival, en una mezcla homogénea y variada de todo ello, conservamos nuestro aspecto interior mientras que vamos convirtiéndonos consciente e involuntariamente en objetos, animales, plantas… mientras vamos, en fin, reencarnándonos en símbolos de nuestras más queridas y escondidas metas. Volando por mares de papel, protegidos por un techo blanco, rodeados de amigos, vemos pasar junto a nosotros a onironautas, maestros del arte de soñar, directores y guionistas de sueños lúcidos donde pesadillas y malestares se van por el desagüe; donde el valle acogedor y el balcón con vistas al mar son señas de identidad puras, hermosas y blancas. Vemos cómo un muro se acerca a nosotros, y lo atravesamos sin tocar ni un solo ladrillo ocre y compacto. Vemos cómo un mar de olas se abate contra nosotros, y respiramos entre espejos de azul transparente, entre frías láminas de metal que llaman con su canto de roca y fuego a fuerzas desconocidas. Vemos cómo la nada, cómo un abismo, se abre a nuestros pies, y volamos. Volamos tan alto que el mismo cielo nos parece pequeño, que las propias estrellas nos dan calor en nuestro viaje por lunas y supernovas, por cuadros de incomparable soledad y belleza silenciosa, con su movimiento pausado, con su latido de miríadas de planetas flotando en el éter ondulado, como la piedra que lanzo al lago para luego hundirse y no volver a subir… nunca más. Como el cuervo de Poe, portavoz de intranquilos pensamientos. Pero también como Emil Sinclair, portador del estigma de Caín, portador del orgullo del que evita seguir al rebaño, del que sustituye llantos por violines, esclavos por artistas, petróleo por soles, mares, corrientes de aire que engloban los pulmones y espiran como un poema de amor de hondas raíces, como el soplo divino de Céfiro, como la cálida desnudez de la hija de Flora, como el bello pulsar de las teclas de un Steinway, como la barnizada madera de un Stradivarius riendo, exhalando flores de su boca, de sus labios, de sus formas redondeadas de espalda de mujer.

Los sueños son como el paradójico sentido de la presencia de Neruda, como la física cuántica, como Borges: “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”. Los sueños son portales temporales. Ponemos un pie en su rueda de madera, y entramos en una noria que nos descalabra y nos retuerce para dar con nuestros huesos en situaciones ya vividas o en situaciones por morir, por gastar, por sentir… Los sueños son cantos susurrados, historias a la luz de una chimenea, bossanovas junto al soleado y solitario olear del mar en calma, en un palacio donde notas escalan por las desnudas paredes de mármol de nuestras más ocultas cámaras para llegar a nuestro ser, a nuestro centro, y volver o explotar, soltando millares de esporas, creando una Nebulosa del Cangrejo en la materia oscura y escondida de nuestra alma. Los sueños son fotografías del mismo alma que ama a las estrellas, son gotas del perfume de una inmortalidad fugaz, fatua, vana al fin y al cabo, trivial pero inmensa, minúscula pero crucial en nuestro mar en calma de papel y dudas.

Hasta que el muro de ladrillo se convierte en sonido o luz fulgurantes, intensos, chirriantes y a veces enfermizos, mortíferas flechas que clavan sus puntas envenenadas en la dulce y atrayente piel de Morfeo, que debe marchar a sanar, que más tarde volverá para conversar con nosotros, para entendernos, hasta el último exhalar, donde nuestro reloj marque las doce y podamos irnos en paz a descansar del sueño vivido.

Tic, tac. Y todo en un susurro…

Tic, tac. Y todo en un suspiro…

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