El atardecer

Noche estrellada

Día de cabalgata, noche en vela. En vela para mí, en intervalos de media hora de vigilia y dos horas de sueño, quién sabe si por los protagonistas de mis sueños – que aparecen también en intervalos, tanto con los ojos cerrados como en encuentros esporádicos derramados en las calles, como ayer -, quién sabe si por el reducto de ilusión infantil que aún conservo, el anhelo, la sorpresa. Como fin de año, como el día de Nochebuena, se siente un aire distinto en el ambiente. Malo o bueno, pero distinto. Es distinto y se aplica a lo que vivimos y sentimos para que nos parezca un buen o un mal día. Ayer fue bueno, malo y bueno. Un orden impuesto por una situación improbable que chocó como la bala de un cañón en mi frágil e irracional castillo de naipes, en mis castillos en el aire que tienen que bajar poco a poco, como espejo de delfines y ballenas, a acariciar el mundo en el que vivían, el mundo para el que están hechos, y al que deberán volver con las yemas de los dedos y los bordes de los labios ardiendo por un frío ancestral.

Cada día es un metro más en mi deshielo, en mi despertar, en mi despegue de la costra relamida por la nostalgia. Como una costra, como un tumor, reposan en mi cerebro imágenes a las que siempre quise dar forma real, y de las que ahora huyo. Ahora, cuando más las encuentro. El destino es paradójico y circular. Cuanto más nos acercamos a lo que queremos, más nos alejamos de él, en una proporción inversa a la que deseamos. En un mareo de vidas y explosiones mentales van saliendo de mi factoría craneal paquetes envueltos en papel de regalo. Se van quedando en la trastienda, y por la noche, con la tranquilidad del reino de la lechuza, mientras la poción bantú borbotea, gorgotea, soltando burbujas negras con demonios en su interior, preparados para pinchar con sus tridentes inventados los límites de sus prisiones de aire y agua, los paquetes se desenvuelven y se abren crujiendo y soltando petróleo, antítesis del oro, estrellando continuamente analepsis contra mis huesos y mis cuencas vacías, derramando ojos y relojes mientras Dalí me insta a unirme a su realidad de razón irracional, abriendo las puertas que retienen mis días más sublimes, sublimando con chorros de energía las piedras que se clavan en mi frente, dejando pasar la luz, rompiendo los postigos de madera astillada y húmeda que aterra a mis yemas, aún cuando el recuerdo del mundo antes vivido y acariciado en hermandad con delfines y ballenas me llena de pájaros el corazón.

Bajo el vientre de mi primo evolutivo, en la calma de un viaje onírico por un claro océano, converso con Jasones engullidos por barbas maternales en viajes sin retorno al hogar abandonado, reemplazado con el paso de los años por una tranquilidad de trigales al son del viento. Abandoné mi hogar de bebé, mi cuna, mi castillo en el aire, para caer por un torbellino hasta dar con mi espalda en el helado suelo, en una locura de sinestesias y vidas malditas filtradas y unidas por mi tamiz interno e inferno.

Esperando, desesperado, he recibido varias bendiciones: una libreta, una máquina de escribir. Reflejos de los testigos de presas sublimes, de genios, de hombres malditos que, siempre compensados en la Balanza invisible, disfrutaron de una gloria eterna, homérica. Las llaves, las hojas afiladas de puñales que rasgan la carne, convertidos en teclas que, en un traqueteo de tildes y comas, afloran mis cuevas secretas, mis galerías machadianas, en confesiones de fuego y hielo, de polos, de extremos, de infiernos, de espirales, ya no más esVirales, ya no más pensamiento ajeno que no te compensa la Balanza.

No quiero más… como esto. No hay nada que haya vivido que fuera malo de la A a la Z, marcando con mayúsculas los límites de mis circunstancias. Como un queso de Gruyere, son los agujeros, las lagunas, las manchas, los que le dan su identidad entre el rebaño de quesos y personas, cuajadas en el seno materno para que la jungla de asfalto las devore en un banquete para gusanos sepultados. En un Panteísmo de árboles y vientos sepultados por sierras y chimeneas industriales.

Huir del mundo en que vivimos es de cobardes, pero breves viajes de ida y vuelta nos ayudan, me ayudan (y eso es lo importante) a seguir regresando, a seguir respirando y latiendo agua y sangre, glóbulos cristalinos, sonando como cuerdas de arpa en mis caminos, alimentados por mis dedos, sea en pianos, máquinas de escribir, bolígrafos, o sueños. Sobre todo, con fondos de atardeceres dorados, en las hamacas de seda de mis sueños, con una brisa acariciando mi cara. Con amor… brisa… color… y seda…

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