El dinosaurio todavía estaba allí

Mujer de DaliDe nuevo, hoy, en el centro de todo. En el centro. En el centro de las tiendas, de los sentimientos, de los recuerdos, que vuelven siempre, que siempre se dejan algo en mi hogar con cenizas. Algo más debería ocurrir en el mundo inventado en el que vivo, en la existencia paralela de la mente activa, que complementa lo que algo nos ofrece (porque no sé si ese algo es el mundo, la realidad, lo material…). Si traspasáramos la puerta anterior, veríamos que afirmé que no hay nada bueno ni malo si nosotros no lo encajamos en nuestra estructura mental y moral. Pasa igual con los sitios, con los lugares. Viajando a un colegio, cuando somos niños, vemos una cárcel escolar, una compañía de niños solidarios entre sí, víctimas de la misma injusticia magistral. Años después, lo observamos con cariño, como si nos separara de él un escaparate, como si hubiésemos limpiado las lentes de la mente y viéramos con otra claridad y otra definición la vida pasada. El cuerpo cae ahora como esclavo de la mente. Las vi. A las dos. A las cuatro y media de la tarde, en la decadencia del día otoñal, en la tarde diáfana de un claro paseo, comprando y recordando, como siempre y como nunca, en una extrapolación del axioma futbolístico de Di Stéfano. Y no me vieron. Y seguí andando, sin mirar atrás, con miedo a hacer una locura, a seguirlas, a ver dónde iban, a hablarles, a pedir perdón soltando mil demonios de mi cuerpo cansado para volverlo ceniciento y puro, para volverlo en cuerpo y no en cárcel no ya magistral sino metafísica. Seguí andando, pasito a pasito, para delante, adelante, alante, sea como fuere y fuera como sea, sin importar la definición o la palabra, andando, huyendo como el que en un duelo a muerte se aleja de su final para, segundos después, dar un giro de 180 grados a su cuerpo y a su vida y enfrentarse con el cañón de la pistola, con la boca que escupe sangre y fuego en forma de bala amistosa que quiere estar con nosotros. Sentí una bala en el pecho, donde más duele, donde Saviano nos enseña que es más doloroso un disparo, y más agónico. Bien. En una miríada de esporas en banco de peces me llegaron los recuerdos divididos en segundos y minutos, en pequeños instantes que me mataban y me torturaban. Pero ayer dije, y hoy me reafirmo: de una batalla puede salir un guerrero muerto… o un guerrero victorioso. Y encarando mi destino, paradójicamente dándole la espalda a aquellos dos pares de piernas que cargaban mis dos vidas paralelas, seguí, hacia ninguna parte, con prisa, con pena, con amargura, todo en un instante, el fogonazo que retorna a estas páginas inexistentes que fluyen por cables de fibra óptica y que me sirven para pegarle un calambrazo, para darle un chispazo a mi tristeza, para quitarle polvo al gabán de mi culpa, que estamos en invierno pero no hace tanto frío, aconsejó la abuela a su nieto. Pensando como un viejo puedo pensar mejor, con la voz de la experiencia y las cuerdas vocales de un cuerpo aún joven, que no debe ser desperdiciado por un momentáneo dominio del perro de presa de mi alma tripartita, siguiendo a Platón, haciendo una analogía en igualdad con el podio de mi ser, oro plata y bronce, todo junto, unido, sin comas, sin separaciones artificiales impuestas por mi código artificial de valores para nada naturales. Ya me entenderé yo aunque no escriba bien, que lo hago, si a escribir bien se le llama que se entienda lo que dices no por lo que dices sino por cómo lo dices. De aquí, tal vez, ese tal vez que no debo usar, que me debe estar vetado pero recupero a veces para aplicarlo al a veces, al a menudo, a lo que no es ni cero ni CIEN, ni cien ni CERO. Mismas letras, mismo valor para mí en mi existencia cíclica. Si pasamos la mayor parte del tiempo en la duda, acostumbrémonos a ella, impongámosle, a la fuerza, un trono dorado en el cielo de nuestro cuerpo, que esté vigilando y controlando todo, pero con un nuevo vestido, sin harapos, con una túnica transparente que oculta todo y lo enseña a su vez, en una simbiosis, en una relación recíproca de todo y nada, que no existen pues nunca tenemos algo por siempre y nunca tenemos todo, nunca contamos hasta infinito, nunca saltamos una mitad más para llegar hasta el final, como el acertijo cuyo origen no recuerdo. La duda, aquí, el desconocimiento del origen, me lleva a usar cuyo, palabra artificial, que nadie usa si no es con lenguas de tinta y grafito sobre esteras azuladas de fondo blanco. Cuyo, que descansa en las mentes nunca para salir por la boca, y es tan fácil decirlo pero no lo decimos. En el cementerio de las palabras descansan junto a ésta otras muchas. ¿Para qué recordarlas si ya no están con nosotros? Las palabras, digo. Nunca olvidaré a mis dos vidas paralelas. Recibí noticias por parte de una parte de mi alma de que podría recuperar mis dos almas perdidas, de que podría volver al pasado feliz. Prefiero un futuro, la versión 2.0., la misma vida, los mismos sueños, la misma compañía… todo ello mejorado. Si hago daño volviendo, si hago daño quedándome quieto, si hago daño… Si hago daño. Tan fácil de decir como cuyo y tan difícil de decirlo, tapado por el orgullo. Pero el orgullo que dice si hago daño miente, porque se basa en un instante, y debe basarse en lo eterno. Basarse en una palabra iracunda, en una expresión malsonante, tragarse con arcadas sapos y culebras y echarlos por la boca con fuerza y desmayos, y despertarse y ver con tus propios ojos, ver la semilla de una redundancia futura, de un pensamiento recursivo, de la fantasía del elefante en la esquina de la clase, que nunca dejaré de ver, y casi he perdido ya de vista afortunadamente, hasta que deje de pensar en él para siempre. Porque un elefante es difícil de guardar. Y no quiero que le pase como al dinosaurio que todavía estaba allí, no quiero que me pase como al pobre protagonista de la dulce, amarga, salada perla de Augusto Monterroso, mago por un potente y solitario hechizo que convierte en el crisol de la mente pocas palabras en ríos de lava pensante.

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