…Desde el futuro… …Hacia el pasado…

Torre de HanoiAyer, abrí el correo. Abrí el sobre magnético, el cable pelado, temiendo un calambre mortal. La esViral volvió a mí. Yo la había llamado, tal vez deseando sentir la extraña melancolía que me calma y me hace daño como un cigarrillo, como el humo del tabaco. Abrí, temeroso de dar el primer paso del que se tira al precipicio, al abismo, desde plataforma o desde tobogán, cogiendo impulso o dejándose caer… Pero siempre acabará en el suelo, en el fondo. Si al menos hubiera agua… Y la había. Vaya que si la había. No me lo esperaba. No me esperaba la coma, la mayúscula, la cara sonriente, la pena y la amargura convertidos en… no sé decir en qué estaban convertidas. Es verdad que lo deseaba desde lo más profundo, que llevaba deseando desde lo más hondo del tiempo y de la miseria espacial una señal, como el Maná venido del disco, como la onda de agua que indique desde el fondo del lago algo, una presencia anónima llegada al borde, donde espero yo, con los tobillos en el limo fangoso. Recogí las ondas con la boca, agachándome, y me caí por la sorpresa. Una grata sorpresa, como el primer trozo de queso, como el ser y estar convertido en to be para simplificar la situación pero… restando a la vez belleza, variabilidad, Harmonía, domeñando la esperanza… o no. Era tal el torbellino, la sucesión de ideas enfrentadas, la simpleza y la complejidad, la luz y la oscuridad, la agonía y el placer, y después la agonía y luego el placer, sobrellevándose unos a otros, sobrellevándolos yo sobre mi espalda inclinada, inclinada la columna salomónica que El Pensador me transmitió. Desde su pedestal, recuerda la maravilla y disgusto del pensamiento, del rico acto de pensar, tesoro humano, razón del antropocentrismo convertida más tarde en su propio asesino escéptico.

Tan simple y tan complejo como una Torre de Hanoi. Bloques sólidos de neuronas plastificadas con pompas azules de jabón y ensoñación. El zigurat en miniatura que construí el día que observé la angustia de la estatua que buscaba, anhelante, su masa encefálica –  si quiere buscarla, habita en la anterior entrada -, se iba abriendo y cerrando, en una sístole y diástole de madera dirigida por mis manos de marionetista divino. Aquí, no, sí, calla, de nuevo lo mismo, no, sí, no, tal vez… una y otra vez, otra y una vez… parpadeo y otra cosa delante, delante de mí otra cosa, como el discurso retroactivo de Hernández y Fernández… hasta que traslado la torre en la batalla final entre cuerpo y Física, entre mente y Matemáticas, entre minúscula y mayúscula, entre mongol y Muralla China… Sé que algún día mi Torre de Hanoi, mi Gran Muralla, me protegerán de cualquier peligro, alimentando su energía maternal en advertencias pasadas reconvertidas en éxitos futuros. De la batalla sale un guerrero muerto o victorioso, y no quiero ni puedo ni debo ni voy a morir. Jajaja, es la risa bendita, la risa malvada, la risa del que se agita entre estertores, la risa del que nada tiene que perder excepto la vida, y se agarra a su humor cínico y negro como la pus que recorre su cuerpo, como pasta gelatinosa por las venas negras, como la manzana y la naranja podridas en comunidad con sus congéneres… El negro puro y pálido, el blanco oscuro, el calor en verano y el frío en invierno que siempre buscamos cuando no debemos, y siempre encontramos cuando no queremos… Y encima les echamos a ellos la culpa, no, dijo el Sabio, debemos echarnos la culpa a nosotros, los que podemos cambiar el cetro de nuestro trono, cambiar la esfera de Poder, cambiar la zona muerta en zona fértil; la leche y miel no son buenas si no las convertimos en colores y sabores. El frío y el calor los convertimos en bueno o malo, en nuestra estructura mental y moral maniqueísta… Y los recuerdos, con música de guitarra y piano, de balada, de violín de fondo, nos convierten en dadores de vida o en asesinos en serie, nos convierten en lo que no somos o en lo que no somos… Somos una nebulosa, un fractal, lo mismo y lo diferente, lo que a veces es una cosa y a veces otra… No sabría decir ni si somos nosotros mismos un segundo después de pensar que un segundo después seremos los mismos, ni aunque lo juremos ante un Dios que a veces creemos presente y a veces tan lejano que el frío inexistente de la nada existente nos convierte en témpanos calientes, en éxodo de gotitas cristalinas y luminosas cayendo en la oscuridad del fondo de la Gruta de las Maravillas mirándome desde el pasado, desde una entrada anterior escrita desde el fondo del alma que tal vez hoy no comprenda… y que en cambio sé que escribí yo… u otro, quién sabe, tal vez la vida sea cíclica, dijo el Aprendiz de Sabio, tal vez volveré a dudar. Y el Sabio le respondió, Mata el tal vez peyorativo, la decisión de lo que no será ni uno ni otro. Ama la decisión valiente, el paso adelante aunque bajo nosotros se abra o se cierre, según desde dónde se mire, un abismo, un pasadizo con cactus en las espadas de la pared, espinas de rosa frágil que recuerda un crepúsculo, una luna, un mal recuerdo y un buen momento ajeno que debería ser…

Otra cosa que nos mata: el condicional. El qué pasará en un supuesto, en una hipótesis, la división del futuro en f-u-t-u-r-o, en diferentes uros y futus, en variadas consecuencias de la misma acción a veces mental, a veces física, a veces extracorporal, venida del futuro o del pasado… El tiempo presente también nos mata. El quizás es la deuda de la relación entre pasado y futuro, y la llave a lo que es seguro, a lo que sabemos que debe pasar porque nosotros lo decidimos. Si echamos de menos, que seamos de más. Que el título de mi obra viva no sea ninguno, que sea, durante un instante, un fogonazo, el Rafavivir de Nietzsche, que me habla desde el futuro de un pensamiento más complejo, que me augura un regreso hacia el pasado para ordenar la habitación cerrada, la casa abandonada del jugador alado, del vagón de El golpe, de la canción de Bunbury que regresa siempre, Las palabras no sirven para nada, en el destino creado por nosotros o no, en la decisión que creemos nuestra pero… Cuando estamos en la parada del autobús, y esperamos su llegada, y esperamos, y esperamos… y una llama crece en nuestro rostro, y no sabemos si ir o no… Andamos, y viene. El sexto sentido que nos juega malas pasadas a veces. Esas malas jugadas pasadas hacen bellas las buenas, o las normales, pues tal vez sólo haya malo o normal, y lo normal no sea bueno sin malo. Es el Ying y el Yang convertidos en uno y otro con el paso de la vida, del reloj, de las pulsaciones, de los latidos, del discurso del glóbulo rojo, del diálogo entre células, de la cadena humana entre neuronas… La nebulosa de mi vida chispea, pega un fogonazo, hace un flash intermitente que me convierte en robot, y me vuelve a convertir en ser humano. Me hace feliz escribir… porque convierto, por un instante, durante ese fogonazo, esa vida normal en testigo de un desahogo, en la apertura de la presa soleada que alimenta de vida y agua una tierra yerma. Gracias… a lo que quiera que deba darlas.

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