Felices fiestas

El Pensador

Hoy, viajando por un añorado tiempo, por un futuro imaginado, por la gloria reencarnada en simple vuelta, en pasito a paso, en mira aquello y mira esto, he visto cosas. He sentido cosas. El viento, nunca aire, siempre en movimiento, de aquí para allá, de océano en océano, trajo hoy un fresco aroma a polvo de estrellas. Polvo rezumado. Polvo dorado. Gotitas, motitas incansables e incontables de humo amarillo solidificándose en la escultura, en El Pensador de Rodin. Mirándose los zapatos que no tienen cordones, el pulgar hinchado como bota de vino, la columna en torsión, como columna helicoidal, como columna salomónica del templo de su mente. Retumban las palabras cuando vienen al recuerdo y al oído: mente, campo, vida, bóveda, Bombay… tumba. Pensando, dando pie a las neuronas para despertar del sueño activo, de la existencia parabólica del planeta en movimiento, del pellizco en la mejilla que desemboca en nervios que desembocan en un viaje eterno y fugaz, que desemboca en el movimiento inconsciente del autómata latente que somos. Tocamos fuego, hechizo mágico, rojo que quema, azul que quema, amarillo que quema, todo y nada, cuna y ataúd de Heráclito, ahora sí, ahora no, pero siempre fuera de nosotros. El fuego interno nunca quema, porque no es fuego. La pasión del artista no es fuego, es pasión. La pasión del amante no es fuego, es pasión. La pasión, en sí, es algo, pero no es pasión. La pasión se sale de las cuatro baldas fronterizas de la palabra, es amor activo y retroactivo, es el feedback arquetípico, es el dar por recibir y por dar, el chiste de Quo Vadis, la muñeca rusa que añora a su madre, a mamá. El hombre pensativo sigue ahí, con la frente arrugada y los ojos hundidos en la negra oscuridad de la luz no recibida, de la luz que está ahí, que sentimos en cualquier lado excepto donde más la necesitamos. Buscando en su dedo gordo, en su bota de vino, el consuelo de un volátil reflejo, que palpita, desaparece, cambia de sitio, que sólo se percibe como el cambio del Sol, mirando fijamente hasta que te aburres o te quedas ciego.

Es curioso: acude siempre a mí la idea de alguien o algo ciego. Por el momento no me asusta, y sin embargo pienso que algo secreto, profundo, oculto, arcano, se esconde dentro de este enigma de parvulario. Un ciego, que no ve, que desde nacimiento o de forma adquirida no ve, no siente la visión, no observa con la mirada… y siente más que nunca aquello que no ve. Es la idea universal del retorno al pasado, del retorno mental, nunca físico, y esa es la pena, la pena de lo físico. Lo adquirido con la mente se queda en la mente. Una frase cariñosa se queda en la mente, sin apenas molestar, dulce y no amarga, blanda y no dura. Un recuerdo físico es algo más… doloroso. Más humano, más animal, más latente (otra palabra que me viene mucho a la cabeza). Más extenso, más eléctrico, activo. Dueño de la mente es lo físico. Esclavo del destino pueril y vandálico del niño desordenado y enfadado, el recuerdo se convierte en su aliado, en el aliado de esa idea de niño desbocado, de caballo con pataleta, inocente y peligroso, sin avisar, ni para venir ni para irse. Al menos conservo la idea de que lo que escribo procede de mi mente, de donde voy sacando como armario interminable del Internado, como diván secreto bajo llave, como baúl de los recuerdos, los calcetines con código, el Si tú me dices ven. Lo dejo todo al amparo de la carpa de circo de Murnau ajada y protectora.

Junto a las esculturas, había flamencas. Figurillas incas, aztecas, mayas, un templo oculto y abandonado por la raza humana pero poblado de seres de inframundos y ultramundos. Ultraísmo, Creacionismo, Surrealismo: seres de templo inca. Tumbas de Huidobro y Vallejo. Las flamencas son la metamorfosis, cañí y poética, suene lo irrisorio que SE quiera sonar, es una mezcla para nada explosiva, pero sí melancólica, de miel en un tarro abandonado en el campo, del placer potencial. Adquieren vida, en sus envolturas de cobre, plata y oro, con sus trajes de lunares, con la camiseta ínfima de la africana del pelo en ondas de cinco en cinco, con el niño al lado. Abro el cajón de mi mente, buceo en el mar del cerebro, me ahogo y me despierto. Y vuelvo a las quietas miradas perdidas de creaciones fantasmagóricas en la estepa del aire tranquilo, y de ahí a la escultura, y a todas las demás esculturas de la plaza, la de la pesada llave, la de la palomita de maíz, la que se echa las manos a la cabeza en busca de la presa que dé paso a su masa encefálica… pero no la encuentra, ni la encontrará a menos que deje de buscarla. Ahora lo comprendo.

Y Salvador Dalí, y su escultura, siguen mirando desde el suelo de la Plaza del Salvador, buscando una salvación para el arte y la humanidad, con la esperanza puesta en el polvo de estrellas que me rodea en la tarde del día después de Navidad.

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